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Asghar Farhadi eleva el nivel de la Berlinale con el drama social «Nader and Simin: A Separation»

Irán una mirada desde muy dentro

Parecía que había tocado fondo, pero ayer la Berlinale recuperó las pulsaciones que se le suponen a un festival de categoría A. La iraní «Nader and Simin: A Separation», de Asghar Farhadi (que ganó el premio al mejor director por «A propósito de Elly» hace dos años), y la húngara «The Turin Horse», de Béla Tarr, pusieron el listón muy alto a sus competidoras, aunque pueden provocar divisiones en el jurado. Son como el milagro de los peces y los panes: a quien le gusta el pan puede no gustarle el pez. Y viceversa.  

  • La actriz iraní Sareh Bayat, protagonista del filme
    La actriz iraní Sareh Bayat, protagonista del filme
Berlín.

Tiempo de lectura 4 min.

15 de febrero de 2011. 22:39h

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Berlín. 16/2/2011

Todos los personajes del filme de Farhadi mienten. Son mentiras minúsculas, accidentes silenciados, una palabra que contradice a otra. Una mentira provoca una reacción en cadena de consecuencias catastróficas: lo que había empezado con una separación, un enfermo de Alzheimer y un empujón, termina con un aborto y en los tribunales. Farhadi ha escrito un guión que funciona a ritmo de metrónomo: un dibujo, un número de teléfono, un dinero que no está en su sitio y un embarazo no confesado son algunos de los ingredientes que, durante el primer tercio de la película, se reparten por la trama como pistas que podrían ser falsas. No lo son: todas cumplen una función muy concreta, la que quita la máscara de los ciudadanos respetables y los padres solícitos para revelar su civilizada debilidad.

Imperativos sociales

Farhadi comprende más que juzga: todos son personas dignas y decentes, todos mienten para proteger y protegerse. «Nader and Simin» habla de la condición de la mujer en la sociedad iraní pero también del papel que le ha tocado en suerte a un hombre obligado a reaccionar con rigidez y terquedad casi por imperativos sociales. Es un excelente estudio de personajes, por no hablar de la lucidez que muestra al poner a la condición humana contra las cuerdas.

    Lo de Béla Tarr es harina de otro costal. El cineasta húngaro, escandalosamente inédito en las salas españolas, parte de una anécdota que protagonizó Nietzsche –el filósofo alemán que se abrazó a un caballo que su dueño maltrataba para después permanecer inmóvil en su cama durante dos días y dejar de escribir para siempre– para crear una fábula opaca y fascinante sobre la mortalidad. Tarr imagina lo que le ocurrió a ese caballo y contempla la vida de su dueño y de la hija de éste durante seis días en una granja aislada en plena tormenta de viento. Tarr parece haber inventado las tomas largas y los planos secuencia –y si no que se lo digan a Gus Van Sant, que lo utilizó como inspiración de «Gerry»–: el arranque de «The Turin Horse» es un hipnótico y prolongado plano en que amo y caballo recorren un camino en lucha contra los elementos. Decimos «hipnótico», y en verdad lo que sigue es una sesión de hipnosis donde predominan la repetición ritual de actos cotidianos –quebrada en cada uno de los capítulos del filme– y el riguroso respeto por el tiempo real. Imposible apartar los ojos de la pantalla durante dos horas y media: no sólo por la belleza de la puesta en escena, en un sombrío blanco y negro, sino por lo siniestro de su tono y por el modo en que Tarr abandona a sus personajes en la oscuridad definitiva. Es una película exigente, pero contiene más cine que todo el resto de la sección oficial.


Un gato enfermo
Es una pena que la videoartista Miranda July, que ganó la Cámara de Oro en Cannes con «Tú, yo y los demás», esté tan pendiente de sus excentricidades. En «The Future», que presentó a concurso en la Berlinale, desaprovecha la posibilidad de analizar la crisis de una pareja, por primera vez dispuesta a comprometerse con algo (aunque sea con un gato enfermo, que verbaliza sus metafísicos pensamientos de vez en cuando), mientras pierde energías haciéndose gracia a sí misma. La presencia en pantalla de July puede resultar enervante, lo que llega a empañar los discretos logros de una película que abusa de esa ingenuidad impostada tan típica de ciertos productos «indie». La delicadeza de su tramo final sugiere que July debería preocuparse menos de la imagen que proyecta para llegar a hacer una buena película. Otra vez será.

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