Las edades del toreo

Dos aficionados a las corridas de toros de diferente edad reviven el origen de su gran afición

Cincuenta años. Cinco décadas. Casi media Historia de la España más reciente por el camino. Crisol de imágenes en un espectro que van de lo vivido en primera persona a lo estudiado en un libro de texto. De los 66 años de Mateo, a los 16 de Verónica. De las abrasadoras comarcas que custodian la Ciudad Imperial a las dehesas del campo charro. En medio, dos puntos de encuentro. Madrid y el toreo. Ambos fundidos en Las Ventas. Pasado, presente y futuro, que lo hay y bien grande, para una Fiesta que cada tarde de mayo y parte de junio conforma una serpiente multicolor que abraza, enroscada, la primera plaza del mundo. Año tras año. Perenne al tiempo y embate de antitaurinos o nacionalistas enmascarados. Sin fecha de caducidad.

Y es que por mucho que se intente proyectar una fachada anquilosada, denostada en el tiempo como símbolo de otra España de la que inconscientemente se reniega. La realidad es bien distinta. La verde savia nueva de los jóvenes sigue arrimándose a la plaza, entretejiendo la madeja que asegure el futuro de los toros. Así, cada tarde, en el Cónclave, se dan casos como el de Verónica Herráez. A sus 16 años, vivió el pasado jueves «un día muy especial». Su primer paseíllo en Las Ventas: «Desde hace un montón de años he ido a ver corridas de toros a Toledo, tenía muchas ganas de venir a Madrid, conocer la primera plaza del mundo y vivir aquí una tarde», comenta paternalmente escoltada por su madre y su abuela. Precisamente, de casta familiar le viene su afición. Sus primeros contactos con un mundo que le «fascina». «Mi abuelo es el ganadero Julián de los Reyes y he ido muchas veces a la finca en Los Navalmorales a ver al toro en su hábitat natural, en la libertad de la dehesa, me encanta verlo en el campo», explica. Contemplando esa belleza «comprendes que si no hubiera corridas de toros, no existiría el toro de lidia».

Mateo Moro también guarda una estrecha relación con una región ganadera. En su caso, con esa Tierra de Toros que es Salamanca. Allí, en su Villavieja de Yeltes, donde los toros se crían a la misma velocidad que el verde en el que pastan, cuando tenía la edad aproximada de Verónica, comenzó a recorrerse toda la provincia de pueblo en pueblo. Capea, encierro, festival, corrida de toros... Cualquier excusa era buena para que aflorara una afición que se traduce hoy en 28 años de abonado tanto en La Glorieta de su añorado Julio Robles como en Las Ventas. En esta última ha pasado del «7» de los primeros años a la grada del «6» que ahora ocupa cada tarde y que sólo abandona los domingos de verano para cobijarse a la sombra de los rigores de la canícula. «No faltó ningún domingo de la temporada», asegura al tiempo que se define «un aficionado torista», se define.

«Los antitaurinos protestan por todo, sin pararse a pensar o a razonar, desconocen la verdadera dimensión de este espectáculo, además, aquí no se obliga a venir a nadie, lo único que pedimos es que nos dejen la libertad para elegir ir o no ir tranquilamente, su derecho frente al nuestro», justifica antes de comparar el modelo de vida que lleva una res brava frente al de un toro charolés. «El astado de lidia vive durante cuatro años a cuerpo de rey en las dehesas, mimado con esmero, hasta que alcanza el peso necesario para ir a la plaza, mientras que el de carne es atiborrado para cebarlo y que en un año esté en su peso, de ahí, directo al matadero: si eso es lo que entienden por respeto a los animales...Es la necedad de la incultura», reflexiona en voz alta. «Es curioso cuando veo cada fin de semana como Las Ventas se llena de extranjeros que vienen deseosos de conocer más sobre la Fiesta, que se interesan por aprender el por qué de cada lidia... Vienen a verlo de sus países y aquí, en su propia cuna, no entiendo que renieguen de ello», comenta Mateo. Lo mismo le sucede a menudo en su corrillo de amigos a Verónica. «El debate taurino surge con frecuencia y yo siempre les digo lo mismo: no creo que estén pasados de moda, ni que sea algo obsoleto. Es un retrato vivo, pura alegría, que, además, atrae a muchos turistas y deja dinero en España, que con la situación actual es una gran noticia», concluye minutos después del esperado debut en Las Ventas. Como ella cientos de jóvenes seguirán sus pasos en los próximos días. Ése camino que también Mateo recorrió hace varios lustros. Eslabones para una cadena infinita. Interminable. Como el mejor de los naturales.


MATEO MORO
El experto

Casi treinta años lleva Mateo recorriendo medio Madrid y otro tanto de Salamanca, tierra taurina por excelencia, para ver corridas de toros.Presume orgulloso de sus abonos de Las Ventas y La Glorieta. Es un aficionado de toda la vida, de los que cada tarde de mayo ocupan su localidad para presenciar la mejor feria del mundo.

VERÓNICA HERRÁEZ
La joven

A pesar de tener 16 años, Verónica ya ha visitado un buen puñado de plazas de toros de la provincia de Toledo, sin que haya sufrido ningún tipo de trauma. Todo lo contrario, este San Isidro ha querido ir más allá. El pasado jueves viajó hasta Madrid para vivir su primera tarde en la plaza de toros de Las Ventas. Y piensa repetir. Su afición sigue creciendo.