Doña Rosita la estupenda por Pedro Narváez

La Razón
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Nada hay de personal en la mirada salvaje de este jueves. Hubo un día en que incluso pensé que era positivo que existieran pensamientos como el de Rosa Díez, tan modernos, tan deconstruidos a veces, tan transversales que es lo que se lleva, como dice de sí mismo el 15-M. Sólo si eres transversal existes, si llegas a los ricos y a los pobres, a los jóvenes y a los viejos. Cuánta falacia. Rosa Díez podría ser una instalación de Arco: cotiza al alza y tiene un discurso tan largo como ligero, tanto que cuando llega al estrado del Congreso ya está vacío y ella suena como un dibujo animado en la madrugada, cuando los niños duermen y ensordecen los insomnes. En esta época de quebranto estamos dispuestos a creer que se puede estar con las víctimas del terrorismo, reunirse con los sindicatos, oponerse a los recortes, entrar de perfil en el aborto, pedir responsabilidades por Bankia, por el «engaño masivo», en fin, escribir una carta a los Reyes Magos hasta llegar a ser la política más valorada. Cuánta falacia. Tanto flequillo ideológico para que al final pacte en Asturias y el PSOE e IU vuelvan para dejar 300 millones bajo la alfombra. Sólo que ahora no hay 300 millones y la propia Díez tendrá que explicar un día qué fue de la alfombra. A Doña Rosita la estupenda, el apodo que circulaba el martes por entre las filas del hemiciclo, aún le llegarán cartas de amor pero como en el drama lorquiano un día no habrá cartas y la novia de España podría verse en el espejo, no lo quieran los astros, como la solterona con la que nadie quiere bailar y masculle el rencor y la rabia. Qué estupenda.