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Cien años de qué

Tiempo de lectura 4 min.

14 de junio de 2010. 03:41h

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14/6/2010

Anda celebrando estos días el PSOE el centenario del grupo parlamentario socialista. Resulta un tanto pretencioso denominar así a un solo diputado –Pablo Iglesias– que además llegó a las Cortes gracias a la existencia de una conjunción republicano-socialista, sobre todo si se recuerda que, por esas fechas, el SDP alemán tenía más de un centenar de diputados en el Reichstag.  Recordemos, por ejemplo, lo que pasó el 7 de julio de 1910, una jornada sobre la que se ha intentado, con notable éxito por cierto, tender un tupido velo.  Como era habitual, Pablo Iglesias expresó aquel día con claridad meridiana algunos de los objetivos que se había marcado el PSOE señalando que «… el partido que yo aquí represento aspira a concluir con los antagonismos sociales, a establecer la solidaridad humana, y esta aspiración lleva consigo la supresión de la Magistratura, la supresión de la Iglesia, la supresión del Ejército, y la supresión de otras instituciones necesarias para ese régimen de insolidaridad y antagonismo».  Además, Iglesias dejó sentado que los socialistas estarían «en la legalidad mientras la legalidad les permita adquirir lo que necesitan; fuera de la legalidad… cuando ella no les permita realizar sus aspiraciones». Por si cabía alguna duda de lo que deseaba dar a entender, aquella misma mañana, al abordarse el tema de los sucesos conocidos como la Semana Trágica, Iglesias llegó a culpar de la quema de conventos e iglesias no a los incendiarios sino a los católicos que no salieron a la calle a impedirlo e incluso se declaró solidario con los perpetradores de aquellos actos execrables afirmando:  «… Esa es vuestra religión.  Dejáis que otros la defiendan y ¿así defendéis el orden y así contribuís vosotros a la pacificación del país?  Quienes eso hacen no tienen derecho a llamar hordas a los que se organizaron para la protesta, y de los cuales me declaro solidario». Era más que suficiente lo que podía esperarse del PSOE, pero aún quedaba por llegar al punto principal de la intervención de Iglesias aquella mañana, aquel en el que anunciaba que los socialistas no estaban dispuestos –¡con un diputado en el Congreso! – a consentir que Maura regresara al poder y que para salirse con la suya no reconocerían límites éticos:  «Tal ha sido la indignación producida por la política del gobierno presidido por el Sr. Maura que los elementos proletarios, nosotros de quien se dice que no estimamos los intereses de nuestro país, amándolo de veras, sintiendo las desdichas de todos, hemos llegado al extremo de considera que antes que Su Señoría suba al poder debemos llegar al atentado personal». Lo que enunció hace cien años Pablo Iglesias fue el retrato cumplido del alma del PSOE.  Durante un siglo, ha sido un partido que no ha dudado en despreciar la legalidad cuando le convenía, que no ha titubeado en «comprender» a los terroristas y que, si le ha convenido, ha recurrido al derramamiento de sangre. Por eso era inevitable que en el acto de celebración estuvieran los ministros de los años de la corrupción y del GAL,  y, sobre todo, Felipe González, el hombre que definió en ese mismo acto lo que puede esperarse de un PSOE pródigo en arrastrar a España al desastre.  No decencia, no sentido común, no patriotismo sino «militancia pura y dura».  ¡Y encima lo celebran…!

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