Historia

«Zombis nazis»: Muertos muy vivos

«Zombis nazis»: Muertos muy vivos
«Zombis nazis»: Muertos muy vivos

Dirección: Tommy Wirkola. Guión: T. Wirkola y Stig Frode Henriksen. Intérpretes: Vegar Hoel, Stig Frode Henriksen, Charlotte Frogner.Noruega, 2009. Duración: 90 minutos. Terror.


Parte del encanto de «Zombis nazis» reside en lo que el título español hace explícito: estos zombis son nazis. Lo que quiere decir que son doblemente malvados: por un lado, te muerden y desmiembran a la que te despistas un poco, y por otro, tienen la inteligencia gregaria que se le supone a una pandilla de militares sádicos y despiadados que huyeron a las montañas noruegas llevándose todo el oro del pueblo al que habían torturado. Para Tommy Wirkola, el nazismo de sus criaturas es circunstancial, un «gimmick» argumental que funciona como atractiva capa de maquillaje para renovar una fórmula previsible.

Los fanáticos del género saben que no se trata de una idea nueva –Jean Rollin utilizó idéntica premisa para desarrollar «El lago de los muertos vivientes», con Jesús Franco como guionista–, y que en el ánimo de Wirkola no está hacer una reflexión sobre el peso de la culpa de la Historia en el «gore». La película nunca esconde la frivolidad de su planteamiento, ni tampoco lo derivativo de su estructura: si les contamos que la cosa va de unos estudiantes de medicina que viajan hasta una remota cabaña en medio de la nieve para pasar sus vacaciones de Semana Santa, y muy pronto son amenazados por una violenta presencia diabólica después de ser alertados por un misterioso visitante, no será extraño que en su memoria se agolpen miles de referentes, desde «Viernes 13» hasta «Posesión infernal».

La película de Raimi y el «Brain Dead» de Peter Jackson –que luce en la camiseta del cinéfilo del grupo, para los que quieran quedarse con el detalle– se convierten en el faro-guía de una película que nunca se toma en serio a sí misma, intentando combinar, con desigual fortuna, el «splatter» con la comedia física. Wirkola trabaja el terror a plena luz del día y a campo abierto para que sus singulares ocurrencias sean plenamente eficaces. Cuando vemos que una de las víctimas se ha salvado de caer en los abismos de un acantilado gracias a que se cuelga del intestino de un zombi o cuando celebramos la autoamputación de uno de los estudiantes, que antes era alérgico a la sangre, estamos aceptando los códigos con que esta película se comunica con el espectador: la complicidad es su idioma materno. Quizá «Zombis nazis» tarde demasiado en entrar en materia, pero cuando se decide, su ritmo es trepidante, y ofrece como «bonus track» el autorretrato de un cinéfago adolescente, Wirkola, que se divierte tanto matando zombis como nosotros disfrutando de su entusiasmo.