La única española nacida en el siglo XIX

Constancia García, la mujer más anciana de nuestro país, con 110 años, se pregunta: «Si se mueren mis sobrinos... ¿quién me pagará la residencia?»

Constancia sostiene un retrato de Eustaquio, su marido
Constancia sostiene un retrato de Eustaquio, su marido

MADRID- «Emoción y tristeza en el último adiós a Carla Duval». Constancia nos lee la portada del «Hola». Lee todo lo que le llega a la residencia para la tercera edad de Nuestra Señora de Belén, en la localidad madrileña de El Álamo. «Estamos en crisis, pero vamos tirando», nos comenta, mientras nos lanza varios besos. «Es besucona y cariñosa», dice Patricia Junqueira, directora de la residencia. Constancia García Sánchez es la «abuela de España», la persona más mayor de nuestro país. «¿Cuántos son 50 +50?», la pregunta Patricia. «Cien», responde. «¿Y 100 +10?». Constancia no falla. Con sus 110 años, es la única española viva nacida en el siglo XIX.

Su sobrina, Julia García, tiene 63 años y la acompaña durante nuestra visita, porque ella ha perdido audición y necesita una «intérprete». Fue Julia quien la trasladó a Nuestra Señora de Belén hace ahora 13 años, cuando ya se acercaba al centenario y a sus otros sobrinos les era más difícil cuidarla. No en vano, Julia es el familiar más cercano que la queda. Constancia no tuvo hijos y su marido –«se llamaba Eustaquio», recuerda–, «sillero» y poseedor de varios frutales, con el que se casó allá por 1920, falleció en la década de los cincuenta. «Constancia ha sobrevivido a sus tres hermanas pequeñas y a muchos sobrinos», apunta Julia. Patricia nos cuenta que, no hace mucho, la mujer le dijo. «Yo no tengo hijos. Quienes me pagan la estancia aquí son mis sobrinos. Y si se mueren mis sobrinos... ¿Quién me paga ésto?».

La vida de Constancia es la historia de un siglo, si bien se puede decir que ha vivido en tres centurias. Su padre, Juan Julián, estuvo en la Guerra de Cuba de 1898, de infausto recuerdo. Era labrador, vaquero y cuidador de caballos. Con su mujer, Mª Antonia, vivía en la localidad cacereña de Hervás y tuvo cuatro hijas. Constancia era la mayor. Ya se había casado con Eustaquio cuando estalló la Guerra Civil española. «Recogían bellotas, lagartos... lo que fuera para sobrevivir», dice su sobrina, que recuerda cómo su amistad con el cura del pueblo le evitó problemas durante la contienda y la ayudó a salir adelante.

Su marido falleció como consecuencia de un cáncer de garganta. A partir de ahí, Constancia decidió montar una guardería. Le encantaban los niños. «Si vinieran ahora, les daría la lección», dice la abuela.

La directora del centro cuenta que la última analítica que se le ha realizado ha sido perfecta. «Toma una pastilla para el corazón y otra para la tensión», dice. Recuerda las caras, pero no tanto algunos nombres. De todos modos, es muy autosuficiente. Camina sólo con la ayuda de su bastón. Y si tiene que ir al baño, se basta sola. Lo mismo sucede a la hora de irse a la cama. No ha pisado apenas un hospital, ni por una mala fractura. Le encanta hacer ganchillo, y tiene la mayoría de su ropa marcada en rojo. No se queja ni protesta.

 «Tiene encima los años, pero su naturaleza es fantástica», comenta Julia. ¿Cuál es el secreto? Aparentemente, no lo hay. «Siempre ha comido dulce y salado, le encanta mojar el pan en salsa, el tocino y el dulce...» dice su sobrina. No realizaba ningún ejercicio. ¿Una cuestión de carácter, quizás? «Le gustaba mandar, era muy autoritaria».

Cuenta Julia que Constancia no era antes muy creyente, pero eso ha cambiado en los últimos tiempos, sobre todo tras las visitas de un sobrino franciscano. «Dios es el que todo lo puede», dice Constancia. «¡Contigo ha podido!», responde la sobrina.