Dentaduras por Andrés ABERASTURI

La Razón
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Sobre lo complicado que resulta querer tocar las campanas y a la vez estar en la procesión, se ha escrito mucho; tanto como el similar y complicado intento de nadar y guardar la ropa. Pero nunca hasta ahora se había hecho hincapié en la dificultad que debe entrañar hacerse unos largos de piscina cuando el nadador/a son portadores de de dentaduras postizas. Pese a los avances de la implantología dental parece ser que aún quedan en el país muchas dentaduras de aquellas de una pieza con falso paladar rosa incluido y otras similares que corren el peligro de desprenderse en casos extremos. La solución parece estar en unos pegamentos o fijadores que últimamente se anuncian no poco en radio y televisiones presentando muy diversos casos de la vida cotidiana; así tenemos al abuelo que gana al nieto devorando «chuches» (no sé yo que dirán los nutricionistas sobre el particular) pese a tener dentadura postiza (el abuelo, claro, no los nutricionistas que de todo habrá). Hasta ahí la cosa bien porque las «chuches» se agarran a los dientes como lapas y hay que tenerlos muy bien puestos para aguantar el tirón azucarado. Hasta ahí, perfecto. Pero hete aquí que de pronto aparece una abuela que confiesa que ya puede nadar tranquila toda la mañana gracias a la magnífica fijación de su dentadura postiza. Por más que medito no termino de encontrar la relación. Esta mañana mismo me he hecho tres anchos en la piscina (yo ya sólo me hago anchos porque los largos son muy largos) absolutamente centrado en el esfuerzo de mis dientes. Nada. Seguramente la natación es el deporte en el que se mueve todo… menos los dientes. Pero si la abuela nada tranquila, dejemos que todo siga así.