Historia

Cataluña

Podría ser peor por Joaquín MARCO

La Razón
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Leo periódicos, escucho la radio, veo telediarios, me pierdo por internet a la búsqueda de alguna buena noticia, pero resulta infructuoso. Tal vez en alguna parte no se hable de crisis, del lento descenso hacia desconocidos infiernos. Ha descendido el paro en mayo, como en abril; pero la losa sigue ahí. Tampoco el panorama internacional corrige la angustia en la que vamos introduciéndonos. Cuando parece que EE UU o Alemania repuntan, los mercados dudan de que se haya salido de la crisis. Si una semana Corea del Norte se convierte en un peligro al que hay que urge poner coto; a la siguiente, los israelíes, como acostumbran, se pasan por el forro las normas internacionales y dan un portazo a las buenas intenciones de Obama, dispuesto a propiciar, al menos, cierta distensión entre palestinos y judíos. Mucho se escapa de nuestra comprensión, porque los mecanismos que sostenían aquel mundo global que ha sido el último hallazgo de filosofía política, se alteran con la fuerza del huracán que nos azota. No son sólo los mercados, ni la mediocridad de los dirigentes, ni la débil filosofía que los sostiene. Cabe sumarlo todo, pero falta algo más. Descubrimos un pesimismo radical que entorpece cualquier recuperación. Podría resumirse en aquello de que «podría ser peor», aunque, perdida cualquier esperanza de momento, como si entráramos en el infierno que diseñó Dante, se añade algo más: «pero lo peor está aún por llegar». Un personaje tan comedido y apreciado en el mundo político, pese a ser catalán, como el señor Duran Lleida define al presidente de Gobierno como cadáver político. Sólo el Cid Campeador, dice la leyenda, fue capaz de ganar una batalla después de muerto y no fue política.Cuando el «seny» se radicaliza y Cataluña, antes motor, pasa a ser otro vagón de un tren que marcha con lentitud hacia un ignoto destino es que algo grave sucede, que las presiones del subsuelo político se resquebrajan. Europa parece haber tirado ya la toalla y sustituye la sociedad del bienestar por la del malestar. No hay forma de agarrarse en el despeñadero. Si en Alemania disminuye el paro, pronto hay alguien que advierte que el partido gobernante no anda fino y conviene no fiarse del dato. Si se aplican las dolorosas medicinas que nos han recetado, no creceremos. Si se rebajan los sueldos de los funcionarios, se reducen los altos cargos, se suprimen inversiones y aceptamos ser cada vez más pobres, pronto se escuchan las voces que advierten de que, con ello, estamos en el mal camino y no existirá salida posible. ¿Cómo inyectar en esta sociedad angustiada un mínimo optimismo del que carece, incluso, los EE UU? Ya se advirtió que la crisis no era tan sólo la desconfianza de los mercados en sí mismos. Sarkozy tuvo el valor del recién llegado, cuando proclamó que había que refundar el capitalismo, aunque no ha vuelto a plantear cuestión tan delicada y que atenta a una ideología. La corrupción, fruto de años locos y personajes despreciables, no deja de ser un fenómeno epidérmico de un mal más hondo que aún no hemos sabido descubrir o atajar. Se ha perdido la confianza, el respeto, ciertas formas que son fundamentales en la vida cotidiana de los individuos, de las naciones y de las potencias. Asombra que China sea hoy un referente por su crecimiento espectacular, pero olvidamos que no se rige por los principios democráticos occidentales a los que no vamos a renunciar.Nada tan complicado, según parece, que la reforma laboral que pretende acordar el Gobierno entre una patronal cuestionada y unos sindicatos subvencionados. Llevan entre dimes y diretes casi dos años bajo la supervisión de un Gobierno que pretende ahorrarse una huelga general. Si eligen el modelo alemán van a alterar el actual sistema de la Seguridad Social. Pero quienes mandan nos exigen soluciones rápidas y quirúrgicas, cuanto más dolorosas mejor. Y Rodríguez Zapatero, perdida ya la virginidad socialdemócrata, acabará lanzándose al vacío. De pronto, el déficit público hay que atajarlo como sea. Pero ¿qué hacer para que regresen los capitales propios y foráneos que huyeron del país como de la peste, que escaparon hasta de la Unión Europea? ¿Qué se ha podido hacer para eliminar los paraísos fiscales? China o la India no pueden ser nuestros referentes. Las consecuencias de la tan deseada globalización, de la apertura total de mercados (más aparente que real), el consumismo generalizado y barato en definitiva, traen estos lodos, como antes advertimos las descolocaciones de las grandes empresas. No hay retorno, como no parece probable que Europa se desmantele de nuevo en países con moneda autóctona y se abandone el euro, del que Alemania, pese a sus quejas, ha sabido extraer máximas ventajas. Cabe esperar, pues, con mucha paciencia, alguna buena noticia, el palo donde agarrarse en este descenso a oscuras. Será posiblemente menor. Pero esta sociedad europea, que es la que nos preocupa, debe tomar aire, dejarse de brotes verdes y situar su esperanza en algo próximo y tangible. Mientras tanto, conviene no perder la compostura y pactar hasta con el demonio, si es que no se ha hecho todavía. Y que Israel también aprenda a ser reprendido.