Asia

Cae el titular de Defensa surcoreano por la tardanza del contraataque

El Gobierno de Myung-Bak se prepara para responder a próximas provocaciones 

Dimite el ministro de Defensa de Corea del Sur
Dimite el ministro de Defensa de Corea del Sur

La artillería surcoreana tardó 13 minutos en reaccionar desde que el primer obús cayó en una aldea de pescadores de la isla de Yeonpyeong el martes. «Es demasiado tiempo, incluso teniendo en cuenta que hay que seguir un protocolo», se quejaban ayer expertos militares en las páginas del «Korea Herald». Al parecer, en la isla bombardeada, el territorio habitado más cercano a Corea del Norte, las defensas apenas tenían movilidad, los tanques permanecían desprotegidos y no habíasuficientes medios para iniciar un contraataque. Los periódicos surcoreanos se preguntan estos días si el país está preparado para iniciar una guerra con sus vecinos del norte. Y la respuesta parece ser negativa. El ministro de Defensa, Kim Tae-Young, presentó ayer su renuncia ante el presidente Lee Myung-Bak, que la aceptó sin pestañear. Su actuación en la peor crisis bélica vivida en la península en muchos años ha sido duramente cuestionada por la oposición, por los medios de comunicación, e incluso el Gobierno.

 

Se dice que el Ejército ha sido demasiado «blando» o «tibio», por usar dos calificativos utilizados por parlamentarios de su propio partido, defensores a ultranza de la mano dura. El debate es tan viejo como el conflicto. Los sucesivos gobiernos de Corea del Sur se han preguntado cómo responder a las provocaciones de la dictadura comunista. Algunos, como antecesor de Lee, el fallecidoRoh Moo-hyun, optaron por hacer todas las concesiones posibles para calmar a la fiera y pacificar, paulatinamente, la frontera másmilitarizada del mundo. La opinión de quienes defienden una línea dialogante es que cualquier pacto es mejor que una guerra, aunque haya que enviar víveres, dinero y ayuda a un régimen militarista que constantemente amenaza con destruirte.

 

La otra opción es plantar cara, no tolerar provocaciones y exigir que Pyongyang desmantele su programa nuclear, como requisito previo, antes de negociar cosas importantes. Es, más o menos, lo que ha venido haciendo Lee Myung-Bak desde que ganó las elecciones en diciembre de 2007 con un discurso que prometía una política más dura con la dictadura de Kim Jong Il. Como resultado, desde que llegó al poder la tensión en el paralelo 38 ha subido de temperatura hasta alcanzar los niveles de la Guerra Fría. Los partidarios de la «línea dura» han visto que no hay mucho margende maniobra cuando sus vecinos deciden abrir fuego.

 

Desde que Lee Myung-Bak asumió el cargo a principios de 2008 se han repetido las provocaciones. Algunas especialmente graves, como el hundimiento de la corbeta Cheonan, donde murieron 46 marineros surcoreanos. Por no hablar de lo del martes: lo de bombardear indiscriminadamente áreas civiles era algo que no ocurría desde que se firmó el alto el fuego en 1953. A pesar de todo, lo único que ha podido hacer Seúl es gritar que, si se repite la provocación, «habrá respuesta contundente». Y cuando las provocaciones se repiten, se renuevan las amenazas, estrechando un poco más, eso sí, el cerco de las sanciones económicas. ¿Qué hacer entonces ante los ataques de Corea del Norte? La perspectiva de que inicie una escalada de hostilidades y refriegas que desemboque en una guerra abierta es escalofriante. Seúl, una megalópolis de unos 12 millones de habitantes, está a tan sólo 60 kilómetros de los misiles norcoreanos. Y aunque cuenta con el apoyo deEstados Unidos y con un Ejército más moderno que el de su vecinocomunista, Kim Jong Il dispone de un país volcado en las armas, con un programa nuclear avanzado y una nación a la que desde hace 50 años se le habla obsesivamente de qué hacer cuando empiece la guerra con el sur.

 

El presidente Lee Myung-Bak y los parlamentarios que han obligado a dimitir al ministro de Defensa parecen decididos esta vez a enseñar con más fiereza los dientes. Para empezar, planean reforzar sus defensas en las islas situadas en el extremo oeste de la península, la zona más vulnerable del país. También han pedido que el Ejército modifique el protocolo: a partir de ahora, si Corea del Norte ataca, la respuesta será más rápida y contundente. El problema es que para Pyongyang perder unos cuantos soldados en refriegas fronterizas no significa nada. Podría resultarles incluso rentable como distracción de las penurias que pasa su gente.