Cataluña

La culpa no es de «Madrit»

La Razón
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Brujuleando por entre las páginas de la Prensa encontré hace poco un artículo que no dejó de llamarme la atención. Escrito por una profesora que «enseña» en una universidad catalana, sostenía la vieja tesis de que Madrid funciona bien económicamente porque los Borbones lo convirtieron en una especie de París «bis», dotándolo de un sistema de comunicaciones inexistente en el resto de España, porque todos los españoles le entregan su dinero y porque incluso el estado se permite financiar al Real Madrid. Que una persona capaz de poner en el papel semejantes majaderías ocupe una cátedra indica hasta qué punto nuestra universidad se desploma a ojos vistas, pero no es ése el tema del que me voy a ocupar ahora. De entrada, Madrid es capital de España no por decisión de Felipe V sino de Felipe II, es decir, un monarca de la misma dinastía que defendió casi toda Cataluña en la guerra de Sucesión. Semejante elección vino determinada por motivos geográficos. Se buscaba una ciudad en el centro, desde la que poder atender a todos los reinos, y Madrid estaba mejor situada que Toledo, la capital de entonces. Si Barcelona hubiera estado situada en medio de la meseta, quizá sería capital de España, pero, al no darse semejante circunstancia, una posibilidad así nunca se le pasó a nadie por la cabeza. Lógicamente, estando en el centro, las vías de acceso desde el resto de España formaron un sistema radial más racional que el impuesto por Barcelona sobre el resto de Cataluña. Más desatinado es afirmar que Madrid es mantenido por todos los españoles. A diferencia de Cataluña –que significa casi el treinta por ciento de la deuda de las CC AA–, Madrid es la única comunidad que hace sus deberes y la única, junto Baleares, que contribuye a la economía de las demás. En estos momentos, el diez por ciento del PIB de Madrid se emplea en pagar dispendios como las embajadas catalanas en el extranjero o los enjuagues del Palau. Finalmente, si el Real Madrid es la imagen de España se debe a que, como confesó el ministro Sebastián hace unos días, el Barça, al que se le ofreció antes, rechazó tan honroso cometido. Y ésa es la clave de la cuestión. Si Cataluña, alumno otrora aventajado en una clase de torpes, no ha dejado de perder posiciones, se debe al nacionalismo. A mediados de los noventa, escuché a diplomáticos de importantísimas naciones informándome de que sus empresas se iban de Cataluña por la política nacionalista del «moderado» Pujol. No estaban dispuestos a someterse a la inmersión lingüística –que contemplaban como una estupidez dañina y costosa– o a la corrupción pujolista. La situación no mejoró con el bachiller Montilla, cuando empresas de relieve decidieron marcharse de Cataluña hartas de un nacionalismo ridículo que las obligaba, por ejemplo, a redactar los contratos en catalán. Ni entonces ni ahora los nacionalistas catalanes quisieron verlo. Resulta más cómodo –como hacen los musulmanes con Gran Bretaña o los hispanoamericanos con España y los Estados Unidos– no asumir responsabilidades y satanizar a los que hacen sus deberes. No digo yo que semejante conducta no proporcione cierto consuelo, pero, como todo el mundo sabe, el alumno vago nunca aprueba los exámenes culpando de su merecida suerte a los que son juiciosos y trabajadores.