A qué temía Virgina Woolf

Viviene Forrester firma la primera biografía de la escritora que aporta luz sobre algunos tabús: la locura, su relación con los hombres y su posterior suicidio. 

Una vocación es lo contrario de un destino, sobre todo si este es trágico. En el caso de Virginia Woolf (1882-1941), una de las proezas en lengua anglosajona, no fue suficiente esa vocación, una personalidad determinada, un talento enorme, un sentido crítico temible, ni formar parte de un grupo de intelectuales aparentemente «protectores» para poder dedicar toda una vida a la escritura. Es la idea revolucionaria de una vida como un proceso de destrucción a través de la vergüenza que nos imponen los otros, lo que propone el libro de Viviene Forrester «Virginia Woolf» (Albin Michel), la segunda biografía más importante después de la que escribió el sobrino de la escritora, Quentin Bell, y la primera en revelar y aportar luz a algunos tabús sobre su vida: la locura, su relación con los hombres y, sobre todo, con su marido; así como su posterior suicidio, una tarde de marzo en Sussex, Inglaterra. Temprana orfandadViviene Forrester, conocida novelista francesa y autora del best-seller «El horror económico», se hace una pregunta fundamental para entender la vida y la creación de esta autora: quién, quiénes y qué razones estuvieron detrás de la persona moviendo los hilos que la atraparían. Sin pretender exonerarla de nada, muestra las redes de un sistema social, la moral victoriana, el desacuerdo inminente entre el ímpetu creativo e irreductible de una obra que es una máquina de deseo con la rigidez de las normas. La esencia de la tragedia de Virginia Woolf radica ahí: ¿Fue su propia versión la que conocemos sobre su vida o es la que los otros han deseado mostrar y que terminó por ponerle una máscara hasta desfigurarla? Hay mucha gente que piensa que es inútil conocer la vida de una autora. En mi opinión, si no sabemos quién estuvo detrás de la obra de Virginia Woolf, si no conocemos un mínimo de detalles sobre su biografía, desconocemos las motivaciones que la llevaron a escribir «Mrs Dalloway», «Las olas», «Una habitación propia», «La habitación de Jacob», «El faro»… para oponerse a un modelo impuesto, no oímos sus quejas sobre la opresión ejercida sobre las mujeres y, sobre todo, ignoramos si ese acto de suicidio fue un grito de libertad o un gesto de locura, dejando una parte de la verdadera historia sin texto, sin reconocimiento.Virginia Woolf, hija de Leslie Stephen y Julia Princep, procede de una familia culta y acomodada de Londres. Su madre muere muy joven y Virginia se aferra a su padre que más tarde morirá de cáncer y será la causa de su primer intento de suicidio en 1904. También perderá a su hermano Tobby, a edad muy temprana, lo que aumenta el duelo y provoca que su relación con Vanessa, su hermana menor, sea apasionada, radical, casi trágica. Cuando Virginia alcanza la edad de «casarse» según los códigos de la sociedad burguesa de Inglaterra, empiezan sus primeras preocupaciones como individuo, pero, sobre todo, como mujer: alguien se interesará realmente por ella, será capaz de amar, sobre todo, de ser amada, cómo escribirá, quién va a ser ella como individuo, quién va a ser para sí misma, pero, principalmente, y eso es lo terrible: ¿quién va a ser para los demás? Finalmente Virginia acepta los favores de Leonard Woolf, un hombre un poco mayor que ella, también escritor, aunque economista, amigo de Lytton Strachey (de quien Virginia había estado esperando una propuesta, pero él prefería las compañías masculinas), un Leonard que como descubre Viviene Forrester, desespera a los veintitrés años por culpa de un mundo horrible, «ce sale monde», aquel que no entiende por qué no nos suicidamos si no es porque ya estamos muertos o podridos desde el principio. Compañías suicidasElla, el genio reconocido por sus amigos; él, el hombre desesperado, sin fortuna, el hombre que regresa de su servicio militar en Ceilán, judío, el socialista que se confía a Lytton siempre en tono grave, el futuro esposo de Virginia quien le dará su nombre y también, según Forrester, parte de su neurosis y su pesimismo: «La depresión regresa, cada vez más profunda, una manía que me invade cada ocho días, si te enteras que he muerto de insolación, serás el único en saber que he buscado esta manera de liquidación». Es él también quien en 1940 le propone a Virginia suicidarse en caso que la invasión nazi llegase a sus puertas. Pero primero está el Leonard protector, aquel que cumple el ritual de dejarle un vaso de leche sobre la mesa de noche, que ella debe tomar religiosamente para «calmar sus nervios». Ella fue también «la solución» para acabar con su aburrida vida en «las Indias» cuando se casan en 1912 y Virginia Woolf sufre su primera crisis de locura, en pleno viaje de bodas. Así lo describía una amiga suya: «Leonard había intentado hacerle el amor haciendo entrar a Virginia en un estado de excitación tan violento que había tenido que detenerse, consciente de que esos estados de excitación eran un preludio a los estados de demencia». La segunda crisis la tendrá en 1916. Forrester defiende también la idea de que la locura (y la supuesta frigidez) de Virginia era para Leonard inherente a su genio y que siempre la cuidó y la protegió como amigo y compañero de las críticas que le hacían temblar al asumirlas como una condena y un encierro.