Asia

El otro Tíbet de la moderna China

Una mujer huye con su hija de los disturbios del domingo
Una mujer huye con su hija de los disturbios del domingo

Pekín- La minoría iugur de Xinjiang pertenece más al mundo de Asia Central que al de China. Su tierra es semidesértica, su lengua de raíz turcomana, su piel cetrina y su religión el islam. Durante siglos han sido un punto de encuentro comercial y cultural entre ambas culturas y si el poder unas veces pivotaba al este, otras veces lo hacía al oeste. Así fue durante siglos, hasta que las tropas revolucionarias de Mao Tse Tung acabaron con las dudas en 1949, integrando definitivamente en China una extensión que es casi cuatro veces la de España. Los iugures siguieron estando demasiado lejos de Pekín y demasiado aislados por kilómetros de desierto como para preocuparse. Fue en las últimas décadas cuando el desarrollismo implacable de China comenzó a alterar los ritmos milenarios de esta región polvorienta. Ahora los iugures se sienten desplazados y denuncian discriminaciones étnicas, lingüísticas, religiosas y políticas.Por si fuera poco, están quedándose en minoría en su propia tierra, cediendo porcentajes ante la llegada de millones de «han» (los que nosotros solemos conocer como «chinos» a secas). Una migración incentivada por las políticas de redistribución de la población que pone en práctica Pekín. En lugares como la capital, Urumqi, los «han» ya son mayoría y, por supuesto, gozan de los mejores cargos políticos y económicos. Desde el punto de vista de los rebeldes, se trata de una dominación en toda regla.China es un gigante descompensado. En el interior y la costa vive apelotonado casi el 90 por ciento de la población, mientras que las vastas regiones del oeste están prácticamente desiertas. Las periféricas Xinjiang y Tíbet no sólo son las más grandes y despobladas, sino también las más problemáticas. Tienen otros valores por los que merece la pena mantenerlas controladas: sirven de colchón fronterizo frente a los colosos de la zona (India y Rusia) y contienen grandes extensiones ricas de recursos energéticos y materias primas por explotar. De Xinjiang, por ejemplo, viene buena parte del algodón que compran las fábricas chinas y que luego se exporta a medio mundo transformado en prendas. En medio de este creciente resentimiento contra los chinos «han», los iugures han ido formando movimientos clandestinos de oposición al régimen chino, con componentes religiosos (islámicos), culturales (idioma y costumbres) y políticos (autonomismo e independentismo), que frecuentemente se entrelazan. El Gobierno lo califica frecuentemente de terrorismo e incluso asegura que existen lazos con organizaciones como Al Qaida, algo que no ha sido demostrado nunca.