Fallece Pepín Bello el último pilar del 27

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BARCELONA- José Bello Lasierra, «Pepín» para la historia, era una de esas personas a las que uno piensa inmortal, vivo siempre. Nacido en 1904, se llevaba unos pocos días de diferencia con Salvador Dalí, al que conoció en los años 20 en el Madrid de la Residencia de Estudiantes. Natural de Huesca, era hijo del ingeniero Severino Bello, lo que le permitió desde joven conocer a personalidades de la talla de Joaquín Costa o Francisco Giner de los Ríos. Precisamente las ideas de este último, creador de la Institución Libre de Enseñanza, llegaron también hasta una interesante propuesta cultural y educativa firmada por Alberto Jiménez Fraud, inspirada en los «college» británicos. José Bello fue uno de los primeros en vivir en esa casa llamada la Residencia de Estudiantes, instalada inicialmente en la calle Fortuny y con posterioridad trasladada a la calle Pinar, en lo que Juan Ramón Jiménez llamó la Colina de los Chopos.

El grupo de la «Resi»

Si aquella propuesta de Jiménez Fraud se hubiera convertido en un simple de descanso para estudiantes de paso por Madrid, hoy ocuparía una nota a pie de página. Pero la «Resi» fue algo más al permitir la convivencia de lo que sería uno de los más fascinantes grupos de artistas e intelectuales que se han dado en nuestro país. Fueron los creadores de la llamada Edad de Plata, un tiempo que tuvo en José Bello al eje de un grupo de amigos formado por Federico García Lorca, Luis Buñuel, Salvador Dalí, José María Hinojosa, Juan Vicens, Emilio Prados, José Moreno Villa y muchos más residentes. A Bello le gustaba recordar que, pese a las diferencias de estéticas y políticas, siempre prevaleció la amistad. Pepín fue, por ejemplo, el que descubrió que un residente al que llamaban el «pintor polaco», hijo de un rico notario ampurdanés, apellidado Dalí estaba pintando cubismo en uno de los cuartos.En otra habitación sería testigo de la manera de trabajar de Lorca y de sus lecturas dramatizadas en voz alta de los clásicos del Siglo de Oro. Bello asistió al primer estreno del poeta granadino, «El maleficio de la mariposa», que consiguió un sonoro fracaso y acompañó a Buñuel en las primeras incursiones del luego cineasta en el terreno del boxeo.

Autor de una escasa, aunque interesante producción literaria, recuperada por Agustín Sánchez Vidal y Rafael Santos Torroella, fue el padre anónimo de algunas de las escenas de «Un perro andaluz», el exitoso y polémico filme de Buñuel y Dalí. Poco antes, en diciembre de 1927, fue el afortunado fotógrafo accidental del homenaje a Luis de Góngora en el Ateneo de Sevilla, pistoletazo de salida a la Generación del 27, grupo al que se sentía muy ligado gracias, entre otros aspectos, a su buena amistad con el torero Ignacio Sánchez Mejías.

Amigo de sus amigos, compañero de salidas nocturnas por cafés y tertulias como la de Pombo o la del Ateneo de Madrid, la guerra destruyó muchas de las esperanzas de Bello, conflicto en el que murieron asesinados uno de sus hermanos y su amigo Federico García Lorca. Decidió, entonces, quedarse en la capital tras haber sobrevivido al Madrid del «No pasarán». Allí fue reivindicado por Juan Benet como uno de sus referentes principales. También siguió su amistad con Buñuel cuando regresó a España para rodar «Viridiana» y «Tristana», aparte de no perder el contacto con un Dalí comprometido con causas diferentes a las de las del edificio dela calle Pinar.

Vivió siempre solo en su piso de la calle Santa Hortensia donde gustaba recibir a periodistas, amigos y curiosos en un despacho cubierto de fotografías y recuerdos. Pese a todo, se negó a escribir sus memorias, aunque la ausencia quedó reparada el pasado año con la publicación de «Conversaciones con José "Pepín"Bello», escrito por los periodistas y David Castillo y Marc Sardà y que recogía el resultado de más de 40 horas de charla con el residente. Casi a la vez, la Residencia de Estudiantes editó «Ola Pepín!», volumen con las actas del congreso dedicado en 2004 a Bello y Dalí.

La simpatía en persona

El verano pasado quien esto escribe visitó a Bello en aquella casa repleta de recuerdos y epistolarios. Era la misma simpatía en persona, dispuesto a recordar a sus antiguos camaradas, pese a que siempre le preguntaban lo mismo. En un momento dado de nuestra conversación, Bello me preguntó sobre el libro de Castillo y Sardà. «¿Usted cree que le puede interesar a alguien todo lo que aparece allí?» «Desde luego que sí, don José». Y José Bello no se mostraba seguro de que el público quisiera saber de la importancia de quien vivió rodeado de genios sin saber que él lo era.