La redención de Will Smith

La redención de Will Smith

Director: Gabriele Muccino. Intérpretes: Will Smith, Rosario Dawson, Woody Harrelson y Barry Pepper. Guión: Grant Nieporte. EE UU, 2008. Duración: 123 minutos. Drama.

Durante la presentación en España de la película, Will Smith confesaba que decidió rebajar su millonario caché (ha sido el actor mejor pagado de 2008, o sea) para protagonizar su reencuentro con Gabriele Muccino, el director de «En busca de la felicidad», aquel filme con niño y parado modélico que le valió a Smith una nominación al Oscar. Esta vez Muccino tensa todavía más la cuerda al optar por un dramón desparramado en el que Smith, un intérprete muy serio cuando lo exige el guión, no del todo cómodo, sin embargo, en este papel, encarna a un pobre diablo que las pasa canutas (demasiado) y enfermo por los remordimientos, que anuncia ya en la primera escena de la cinta su intención de suicidarse.
Frente a tal planteamiento, cuyo gancho, por otra parte, resulta difícil negar, esta larguísima película dedica su primera, caótica y desconcertante media hora a sumergirse de manera superficial en la vida del ínclito Ben Thomas, un hombre medio enloquecido por encontrar el perdón, y, más levemente todavía, en la de varios personajes también desesperados (del melifluo ciego que encarna Woody Harrelson a una joven que padece del corazón interpretada por la convincente Rosario Dawson), siete almas desconocidas que acaban conectadas de forma inaudita a las que Ben intentará auxiliar hasta consecuencias dolorosas. Retazos caóticos de existencias averiadas e intenciones altruistas extremas que sólo consiguen aumentar el desconcierto del espectador. Durante la segunda parte de la obra, empero, la extraña historia (de la que no podemos avanzar nuevos datos sin correr el riesgo de pifiarla) comienza a tomar cuerpo soportada en numerosos «flashback», cuando deviene abiertamente en una comedia romántica y llorosa (el amor, nada nuevo, redime a los mortales de la pena, aun cuando pueda provocar otra mayor andado el tiempo) hasta eclosionar en un final terrible, obvio, y, no obstante, esperanzador. Ciertas situaciones chirriantes (la pasmosa capacidad de Ben para arreglar una vetusta, sofisticada máquina, y para engañar con respecto a su verdadera profesión; esas escenas desagradables con la medusa mortal...) no empañan completamente el tozudo deseo de Muccino, una especie de Capra a lo salvaje, por realizar un filme de aire independiente desde el propio seno de Hollywood. Lo que, y quizá el cineasta ya sabía, conllevaba el riesgo de terminar en tierra de nadie. O más dentro que fuera de la industria, aunque la película, tramposilla como es, lo disimule cuanto buenamente pueda.