Más madera

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Esos debates políticos en los que se tiran de los pelos por el paro sin pinta de que nadie frene la sangría consiguen que a uno le entren ganas de escribir de otra cosa. Sexo. Si tecleas la palabra «sexo» en un artículo periodístico, sea cual sea, las visitas en internet se disparan y las entradas en Google alcanzan cotas orgiásticas. Está comprobado. Lo mismo ocurre si pones «drogas». Y todo así. Hablar de excesos renta en caja incluso cuando se nos dilatan las pupilas al ver a Antonio Vega, el penúltimo mártir de esa sucursal del pop empeñada en pasear por el lado salvaje que inventó Lou Reed. Sexo, drogas y rock and roll, más madera.

Sería fácil decir que la de Antonio Vega, ese chico que en la Movida cantaba cabizbajo en vez de punki, era la crónica de una muerte anunciada, tan facilón como recurso literario que disculpen las molestias, pero así se piensan los titulares a veces cuando la guadaña hace más sombra que el flequillo. El tormento y el éxtasis que le acompañaron media vida, el primero de un brazo y el segundo de donde hubiera hueco, llevaban tiempo cavándole la tumba a ritmo casi marcial, a golpe seco y sin los aspavientos de otros antihéroes. Sin hacer ruido, vamos. Entre un recital y otro se taladraba las entrañas mientras las páginas de sucesos rock se centraban en la Winehouse y demás vainas, páginas amarillo chillón entretenidas en alentar la necrofilia con vistas al recopilatorio y al lanzamiento de caras B. Sexo, drogas, rock and roll, decíamos, pero sobre todo dinero, que también da subidón. Es por eso que ahora, dentro de diez minutos no más, la caja de Vega se aparecerá en plan exquisito ante nuestros ojos. La del cadáver de un gran tipo, no; la otra: esa que incluye sus mejores canciones con un póster de regalo. Más madera.