Navidad y Esperanza

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lega la Navidad. No sé si todos los que se alegran estos días –un poco artificialmente, por cierto– saben por qué lo hacen. Quizá porque «toca alegrarse», o porque tienen dinero extra, o porque necesitan encontrar un motivo para olvidar las penas. Nosotros los cristianos, sin embargo, sí sabemos por qué nos alegramos. Nace Cristo y con Él nació nuestra esperanza. El Papa, en su última encíclica, dice que la esperanza que el Señor nos trae es para la «vida entera», hermoso concepto con el que el Pontífice quiere presentar el conjunto de la vida, la «eterna» –que comenzará con la muerte y no tendrá fin– y la terrenal –que ha comenzado con nuestra concepción en el vientre materno y que durará hasta nuestra muerte–. Los motivos de esperanza para la «vida eterna» están claros: el Señor nos perdona si estamos arrepentidos y su sangre derramada nos abre las puertas del cielo si estamos preparados –en gracia de Dios- para recibir ese regalo. Pero, ¿cuáles son los motivos de esperanza para la parte de aquí de la «vida entera»?. Con una de sus hermosas frases Jesús lo dejó claro: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré». Mi esperanza para la etapa terrenal de mi vida no está puesta, pues, en que el Señor, a golpe de milagro, me quite los problemas, y que conste que creo en los milagros. Mi esperanza está puesta en que el Señor no me va a dejar solo ante los problemas que me asaltan y que, a veces, parecen tirarme hacia abajo con tanta fuerza que me dan la impresión de que ya no podré recuperarme. El no ha prometido «quitar» la cruz, sino «aliviarla». Al colocar su hombro bajo mi cruz, ya somos dos los que la llevamos y el peso se reparte. Por eso me alegro. Porque con la Navidad nació alguien dispuesto a compartir conmigo lacarga de la vida.