Huppert vale por tres en Corea

Llega tres cuartos de hora tarde a la entrevista. Ha vuelto locas a las agentes de prensa francesas que se encargan de promocionar «En otro país» en Cannes 2012. Las butacas del salón no le parecían cómodas, la luz destacaba sus arrugas, la maquilladora no era de su agrado. Isabelle Huppert es una diva en toda regla, pero cuando se pone el mono de trabajo, no hay quien la pare. El año pasado trabajó en Italia, Francia, Filipinas y Corea. Conoció a Hong Sang-soo en la Cinématheque gala, y dos años después, cuando presentaba su exposición fotográfica en Seúl, aprovechó para hacer una ronda de entrevistas con la flor y nata de los cineastas coreanos, y el director de «A Woman in the Beach» le propuso, entre chupitos de licor y risas flojas, la idea de hacer una película juntos. «Me marché a Corea con tres vestidos y una guía turística. Sólo sabía que iba a interpretar a tres mujeres distintas». Con esa información, se lanzó a una aventura en la que iba a ser la única extranjera en el reparto. «No me molestó en absoluto estar sola. El hecho de sentirme aislada, de no hablar el idioma, era bueno para mis personajes, y Hong lo integró en la escritura».

Un camaleón con alas

Lo más sorprendente de Huppert es que, acostumbrados a verla en papeles oscuros y torturados, se maneje tan bien en un registro de comedia. «En otro país» la revela como algo más que una actriz versátil. Es un camaleón con alas, ligero como una pluma. «El método de trabajo de Hong me ayudó mucho en ese sentido. Fue un rodaje muy íntimo, pero a la vez muy cómodo. A Hong le gusta crear a partir de un espacio, de unos actores, de un clima emocional, y eso hizo de mi viaje algo imprevisible». En el cine de Hong Sang-soo da la impresión que los encuentros casuales, los gags, los juegos con el lenguaje, se dan de una manera improvisada. «No hay ni una sola línea de diálogo que no esté escrita. Hong redacta el guión la noche anterior y, por la mañana, tienes que aprenderte las secuencias que vas a rodar».

Si repasamos su currículum, con más de cien películas en su haber y una nómina de directores por la que cualquier colega vendería su alma al diablo, es innegable que Huppert se ha ganado la libertad de hacer lo que le dé la gana y salir victoriosa del intento. Pero, ¿siente que ha crecido como actriz desde los tiempos de «La encajera» (1977)? «Sinceramente, no. Creo que el talento para ser actriz se tiene o no se tiene, y que ahora podría interpretar los papeles que interpreté hace treinta años y viceversa. Tengo la misma curiosidad que a los veinte, y cuando decido comprometerme con un personaje, pienso en él incluso cuando creo que estoy pensando en otra cosa. He tenido la suerte de encarnar a mujeres que, fueran víctimas o verdugos, nunca estaban a la sombra de la figura masculina, ocupaban un papel central en su propia historia».