Apuntes del nuevo mundo que viene tras la pandemia

La hecatombe del turismo, la intromisión del Estado en la vida privada y el regreso a la producción nacional son tendencias inminentes que amenazan este modelo de globalización

¿Estamos ante el albor de una nueva era? ¿La pandemia del coronavirus tendrá unas repercusiones similares a las del 11S? ¿La crisis económica que se anuncia será peor que la de 2008? ¿Comparable acaso con la de los años treinta del siglo XX en Europa y EE.UU? Desde luego el Cov-19 ha desatado ya la imaginación de los filósofos y los politólogos.

El pintoresco Slavoj Zizek profetiza que habrá que elegir entre «el comunismo global o la ley de la jungla». Abundan los augurios milenaristas, las jeremiadas apocalípticas, los presagios más vagos. Con preferencia por el colapso más o menos inminente del capitalismo. ¿Y después qué? ¿La vuelta al medievo? ¿O será más bien el paraíso proletario a la manera de Stalin?

Otros pensadores, más comedidos, hablan de un frenazo a la cooperación internacional y los fenómenos globalizadores. Alertan de una incipiente guerra comercial entre antiguos socios, de actos de piratería como los vividos a cuenta de las compras de suministros médicos, del resurgimiento de las fronteras, de la evidencia de que las naciones no pueden permitirse una deslocalización industrial de tal calibre que carezcan de la capacidad para producir los suministros más básicos en un momento de crisis desbocada.

En las primeras semanas de la pandemia el mundo recibió con una mezcla de gratitud y aturdimiento la ayuda de China. Pero la suspensión de la credulidad, y la gigantesca operación de propaganda alentada por el gobierno chino, podrían desactivarse a medida que resulta evidente su dramática responsabilidad en la propagación del virus: como cualquier otra dictadura, el régimen estaba programado para difundir buenas noticias y ocultar o maquillar las malas.

El énfasis en la publicidad, y la aversión a la verdad, rasgos inherentes a las autocracias, propició que China ocultase las verdaderas dimensiones de la catástrofe cuando todavía podía acotarse. Dice Michael Mandelbaum, profesor emérito en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins y autor de “The rise and fall of peace on earth”, que «el coronavirus ha dejado en claro que China representa un peligro para sus vecinos y el mundo, y no sólo por sus ambiciones territoriales en el Pacífico. El país tiene la costumbre de generar graves riesgos para la salud: este virus es el más grave en el último cuarto de siglo, pero difícilmente el único; la pandemia de SARS de 2003 también comenzó allí. Debido a que su sistema político se basa en el secreto y la determinación del gobernante Partido Comunista de evitar la responsabilidad por cualquier cosa que salga mal, los brotes locales de enfermedades en China pueden descontrolarse fácilmente, que es lo que ocurrió con el coronavirus».

La culpa es de Pekín

Charles Lipson, periodista, ha escrito en The Spectator que la Casa Blanca hace bien en apodar como «virus chino» al coronavirus. Sobre todo después de que el gobierno de Pekin hiciera circular el bulo de que la enfermedad llegó a Wuhan de la mano del ejército estadounidense. Una mentira de consumo interno. Destinada a embotar el malestar de la población china. Pero también a edulcorar la deuda contraída con el resto del planeta.

Para Lipson «todas las personas encerradas en sus hogares en California, todas las personas que se encuentran gravemente enfermas en las unidades de cuidados intensivos en Milán, Marsella y Seattle, y todas las personas que son transportadas desde esas UCI a los cementerios de todo el mundo están allí debido a las decisiones políticas que tomó el Partido Comunista Chino».

Las consecuencias de esta pérdida de prestigio pueden tener ramificaciones tan evidentes, y espectaculares, como que la Casa Blanca espera encontrar una audiencia mucho más receptiva a sus advertencias respecto al 5G y los gigantes de telecomunicaciones chinos. También podría poner en sordina las ambiciones expansionistas de Pekín en todo el área de Asia y el Pacífico.

Cambios geopolíticos

Por supuesto resulta mucho más fácil escribir sobre el futuro que detenerse en el presente. Pero Mandelbaum tiene claro que, de una forma u otra, el coronavirus alterará la geopolítica tal y como la conocíamos. Cita el libro del historiador William McNeill, que en 1977 publicó “Plagas y pueblos”, donde «traza los efectos históricos de las principales epidemias, como la Peste Negra en la Europa del siglo XIV y la viruela que los españoles trajeron al Nuevo Mundo en el siglo XVI».

Para el profesor de la John Hopkins, la pandemia de coronavirus, aunque posiblemente no cause ni una milésima de la devastación atribuible a la peste negra y la viruela, sí revierta «la tendencia geopolítica más importante de la última década», esto es, el auge de China y el declive de Occidente. En clave interna, en EEUU, la gestión de la crisis, y los efectos devastadores en la economía, marcarán el año político. Peligra como nunca la relección de Trump, que hace apenas un mes estaba más y más convencido de que lograría revalidar su gesta de 2016.

Se acumulan los muertos. Saltan por los aires las capacidades sanitarias de los estados. Crecen las quejas de los alcaldes y gobernadores por la incapacidad del gobierno federal para ofrecer una respuesta coordinada. En apenas un mes ha sido destruido el crecimiento del empleo de los últimos cuatro años. La desconfianza de Trump por la ciencia, y su guerra con los servicios secretos de su propio país, que le han advertido del riesgo de pandemia desde finales de enero, amenazan con despeñarlo.

Adiós al turismo

Sea como sea hay quien pronostica que el mundo que viene será mucho menos amable. Entre otras cosas porque mientras no exista una vacuna será inevitable que el coronavirus resurja cada pocos meses. De hecho ni siquiera sabemos si logrará frenarlo el verano. Quizá nadie haya publicado un pronóstico más espeluznante y, al mismo tiempo, sobrio, que el de Gideon Lichfield, editor de la revista del Instituto Tecnológico de Massachusetts: «Algunas cosas nunca volverán a ser como antes», escribe en “Cómo vivir en una pandemia permanente”.

Cita los trabajos del Imperial College, decisivos para convencer al gobierno británico de que debía de cambiar de táctica, y de cuya lectura se deduce que «el alejamiento social y el cierre de escuelas deberían producirse aproximadamente dos tercios del tiempo, es decir, dos meses sí y uno no, hasta que haya una vacuna disponible, algo que no se espera, como mínimo hasta dentro de 18 meses».

Hablamos de la hecatombe del turismo, la hostelería y, en general, de todos «los negocios que dependen de juntar a grandes cantidades de personas». Dado que semejante parálisis no parece viable, Lichfield apuesta porque veremos un aumento de la vigilancia intrusiva del Estado, con controles masivos de la temperatura, distintivos de algún tipo para discriminar a las personas inmunizadas, seguimiento permanente de los movimientos gracias a los terminales telefónicos…

En el terreno laboral pronostica que sufrirán más los autónomos, y que los inmigrantes y los refugiados tendrán todavía más difícil integrarse. Además, el miedo a que alguien tenga la enfermedad «abre la puerta al sesgo algorítmico y la discriminación oculta». Sus vaticinios, la vida bajo la amenaza de la pandemia, son menos coloristas que los de los filósofos pop, pero también inquietantes.