Acapulco agoniza bajo la pandemia: “Roban la comida a punta de pistola”

La famosa ciudad turística mexicana está completamente vacía en temporada alta. Mientras se suceden los saqueos, miles de personas tratan de subsistir gracias a los alimentos repartidos por el gobierno local

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La fila va ganando tamaño frente a la puerta del lujoso hotel Krystal. Falta poco para las dos de la tarde y Pedro Castillo espera a que empiece el reparto de comida. El hotel, en primera línea de la bahía de Acapulco, está cerrado pero los trabajadores han improvisado un comedor económico para los que se han quedado sin ingresos por la ausencia de turistas. Aunque el gobierno local ha empezado a repartir alimentos entre la población más vulnerable, no es suficiente. Ya se han producido intentos de saqueos en supermercados y las previsiones apuntan a que la situación irá a peor.

Pedro toma un plato de arroz y pescado frito y lo apoya sobre el capó del taxi. Tiene 61 años y vive de mover turistas de un lado a otro de la avenida costera, pero este año, en plena campaña de Semana Santa, dice, no había a quién dar servicio. El Ejecutivo ha ordenado cerrar las playas y muchos hoteles están clausurados, con tapias de madera en la entrada en una imagen insólita en la larga historia turística del puerto de Acapulco, que presenta una raquítica ocupación del 3,6%, según la patronal. Policías y militares fusil en mano vigilan desde la arena y sacan del agua a algún bañista despistado.

Poco queda hoy del Acapulco de oro de mitad del siglo pasado. Las fiestas de John Wayne y «la banda de Hollywood» en el hotel Los Flamingos y el matrimonio Kennedy de luna de miel. A finales de los 80 la alta sociedad mexicana todavía pasaba aquí sus vacaciones o tenía una segunda residencia, pero poco después empezó la decadencia.

Los turistas extranjeros se fueron a los modernos resorts de Cancún y Baja California espantados por una violencia galopante que convirtió a Acapulco en la segunda ciudad más violenta del mundo en 2018. Desde entonces se ha transformado en un destino meramente nacional y, aunque quedan vestigios de los buenos tiempos, mucho más modesto. Sin embargo, antes de que el coronavirus arrasase con todo, se esperaba una afluencia masiva para Semana Santa.

En un día como éste de plena temporada alta, Castillo ganaría unos mil pesos por jornada, casi 50 euros. Hoy lleva al volante desde las seis de la mañana y ha hecho una caja de 40 pesos (menos de dos euros). «Todo el día dando vueltas y gastando gasolina, pero no hay nadie a quien llevar», se lamenta. En la fila le acompañan otros damnificados por el desplome turístico consecuencia de la pandemia: vendedores ambulantes de la playa, camareros y albañiles.

Solidaridad en los malos tiempos

Ángel Vargas vende artesanías a los bañistas y con eso saca unos modestos 300 pesos diarios (15 euros). Hoy no ha vendido ni una sola figurita, así que comerá gracias a la caridad. Erick Hernández es camarero en uno de los pocos restaurantes abiertos de la playa. Su patrón, dice, tiene fe en que los turistas finalmente lleguen ahora y por eso no ha cerrado. Eso sí, mantiene a una cuarta parte de la plantilla a quienes paga únicamente con comida. Salarios de hambre a unos metros de los cinco estrellas. Los trabajadores del hotel Krystal son los que impulsan el reparto ante la incapacidad de las autoridades de cubrir las necesidades de los habitantes. Traen de sus casas lo que tienen y preparan el menú en las cocinas: 250 raciones que se acabarán en pocas horas. De momento pueden ayudar porque la empresa, un grupo hotelero con una veintena de alojamientos en todo México, les ha mantenido los sueldos de abril, igual que otras cadenas importantes, aunque los empresarios avisan de que no podrán aguantar otro mes así.

Alejandro Martínez Sidney, líder de la patronal turística en el estado de Guerrero, al que pertenece Acapulco, dice que «va a ser imposible» mantener los sueldos en mayo y el sector se ha sumado a una huelga de impuestos contra el presidente Andrés Manuel López Obrador. «No hay un plan (económico) contra la pandemia», se queja. El Gobierno ha prometido créditos y ayudas a los más pobres, pero aún no se están repartiendo y las necesidades apremian. El ayuntamiento de Acapulco ha empezado a repartir 50.000 bolsas alimentarias que son insuficientes en un municipio con una de las tasas más elevadas de pobreza extrema del país, como reconoce a LA RAZÓN la alcaldesa Adela Román, del partido de López Obrador. Las pérdidas de Semana Santa en este puerto del Pacífico ascienden a unos 50 millones de euros, asegura.

“Vendo mi celular para subsistir 15 días”

En la calle aumenta el nerviosismo y cada día se repiten las protestas. Hasta la fecha se han producido seis intentos de saqueos en supermercados, todos sofocados por la Policía y los militares, que realizan operativos especiales para evitar el pillaje. «Hay mucha gente sin ingresos fijos que ahora busca saquear tiendas para subsistir», dice Javier Rivas, director de la Policía preventiva durante un patrullaje. Días atrás un grupo de hombres armados robó 150 paquetes con provisiones que acababan de ser entregadas a pescadores. Los asaltaron a punta de pistola para quitarles comestibles, jabón y papel higiénico.

Arturo Pantoja es líder de uno de los gremios más activos en las manifestaciones, los negocios que ofrecen actividades acuáticas en la playa, obligados a cerrar por la emergencia sanitaria. Empleados de pequeñas embarcaciones de pesca, esquí acuático y paseos turísticos que reclaman se les tenga en cuenta en el reparto de víveres y préstamos de fácil acceso para aguantar las próximas semanas. “He tenido que empeñar un celular para vivir los próximos quince días», dice Pantoja, que lideró una protesta que terminó en conato de saqueo. Asegura que mientras el gobierno no cumpla seguirán en las calles.

Con 7.492 casos y 660 muertes confirmados por Covid-19, México se encamina a la fase más dura de la epidemia, muy difícil de gestionar en un país con más del 50% de la población en la pobreza y trabajando en la economía sumergida que complican al extremo un confinamiento estricto a la europea. Pedro el taxista da cuenta del almuerzo, que será su última comida del día. No ha recibido despensa y en las tiendas ya no le fían, así que su plan para estos días se limita a resistir y esperar que la recaudación del día siguiente sea un poco mejor. “Ahora nomás comer y dormirme pronto para no gastar. Y mañana volver a salir a intentarlo”.