El último adiós a George Floyd, un nuevo símbolo contra el racismo

Emotiva despedida en Houston, la ciudad natal del afroamericano, donde se ha celebrado un funeral con todos los honores

Fue un funeral solemne, casi de estado. Las exequias por George Floyd, celebradas en Houston, su ciudad natal, recibieron la cobertura debida a los grandes héroes militares, las glorias del deporte o las leyendas de la música.

El discurso fúnebre corría a cargo del reverendo Al Sharpton, veterano de la lucha por los derechos civiles. Entre los oradores había varios congresistas, el alcalde de Houston, Silvester Turner, y el candidato demócrata, y ex vicepresidente, Joe Biden.

Entre tanto, el país mantiene viva la herida del conflicto sobre el proceder de las fuerzas policiales, el debate respecto al uso de la fuerza, las acusaciones respecto a las posibles soluciones y los ataques cruzados entre quienes ponen el acento en el supuesto racismo estructural que atravesaría el tuétano social y administrativo, y quienes subrayan el cariz teóricamente violento de unas protestas mayoritariamente pacíficas.

Porque las de George Floyd no han sido las protestas que acompañaron a la sentencia absolutoria para los agentes que apalearon a Rodney King, en 1992, saldadas con más de 12.000 detenidos, casi 3.000 heridos y más de medio centenar de muertos a consecuencia de palizas, heridas de arma blanca y cuchillo y etc. A pesar de que, como han demostrado estudiosos de las protestas sociales como Lara Putnam, Erica Chenoweth y Jeremy Pressman, la escala de las concentraciones no tiene precedentes en la historia contemporánea de Estados Unidos.

Nada, ni las marchas por la mujer de 2017, ni los disturbios raciales en St. Louis y Baltimore de hace un lustro, ni las manifestaciones contra Donald Trump al principio de su mandato, han sacado a tanta gente a la calle en tantos lugares distintos. De hecho, en un artículo publicado por “The Washington Post”, escrito a partir de los datos recopilados por los autores, explican que las marchas feministas de 2017 tuvieron lugar en 650 pueblos y ciudades, y que estas las han superado en todos los órdenes.

La muerte de George Floyd ha sacado a la gente a la calle en todos y cada uno de los 50 estados de la Unión. La clave está en la variedad y en la duración. «Estados Unidos rara vez tiene protestas que combinen a esta escala el tamaño, intensidad y frecuencia; generalmente tiene grandes protestas, o bien protestas sostenidas en el tiempo, pero no las dos cosas».

Los autores predicen que un fenómeno semejante tendrá consecuencias en las elecciones presidenciales de 2020. Tampoco conviene olvidar que en agosto de 2014, cuando el joven negro Michael Brown falleció a causa de una acción policial, apenas uno de cada tres estadounidenses creían que la Policía emplea la fuerza de forma excesiva y/o que existe un problema de violencia policial. Hoy, apenas un lustro más tarde, y según los últimos números disponibles, la proporción de estadounidenses que piensan así ronda el 60%.

Los demócratas, en parte por convencimiento y en parte por oportunismo político, abanderan ya las reivindicaciones de cambios legislativas. Con los comicios presidenciales a la vuelta de medio año la presidente del Congreso, Nancy Pelosi, llamó este lunes a la mayoría demócrata en la Cámara para legislar a nivel federal. Entre otras cosas reclama la supresión de las leyes locales y estatales que permiten la patada en la puerta, con los agentes entrando en un domicilio sin mediar autorización policial, la prohibición las técnicas de estrangulamientos, la desmilitarización de la Policía, la creación de una base de datos federal con los expedientes de mala conducta.

La revisión de los presupuestos policiales, en el aire

Entre tanto, en las cámaras, sigue el encendido debate a cuenta de los linchamientos, por más que todos los números demuestran que se trata de un fenómeno monstruoso pero inexistente desde hace años. Y mientras, en ciudades como Nueva York el alcalde demócrata, Bill de Blasio, muy criticado por sus propias huestes al entender que no ha sido lo suficientemente duro con la Policía, promete que bautizará una calle en cada uno de los distritos de la ciudad de Nueva York con el nombre del movimiento Blacks Lives Matter.

El presidente Trump ha señalado que en vista de las grandes manifestaciones de estos días no cree que exista problema en reprogramar los grandes mítines electorales, parte esencial de su precampaña, a partir de la semana que viene. También se ha hecho eco de la opinión del senador Bill Cassidy, que sostiene que «quitar fondos a la Policía sólo será bueno para los ladrones y los violadores».

Desde luego los sindicatos de Policía, de largo los sindicados más influyentes en la política local del país, prometen luchar por sus presupuestos, que en una ciudad como Nueva York asciende a 6 mil millones de dólares. Lo más razonables de entre quienes apuestan por reducir en parte ese dinero sostienen que no se trata tanto de desmantelar la Policía, un disparate, como de garantizar, por ejemplo, que no sea la primera solución a la hora de lidiar con enfermos mentales (las consecuencias acostumbran a ser desastrosas) o que no haya un policía en el interior de los colegios e institutos (entre otras cosas porque los problemas de comportamiento de los adolescentes pueden derivar fácilmente en antecedentes penales).

Por otro lado hablamos de un país con 120 armas de fuego por cada 100 habitantes, y donde los centros educativos, incluidas las guarderías, acostumbran a programar simulacros de actuación para el caso de que el perímetro del colegio sea franqueado por un asesino armado con un fusil de asalto. De lo que se deduce que, mientras la Segunda Enmienda de la Constitución sea intocable, acaso la presencia de la Policía podría estar justificada.

En Houston, durante su alocución grabada en vídeo, Biden comentó que «no debemos ignorar que el racismo hiere nuestra alma, y que el abuso sistemático todavía afecta la vida estadounidense".