Rearme francés

Samuel Paty fue decapitado por Abdullah Anzorov, un peón del islam radical que se ha extendido con impunidad en las sociedades abiertas

Ilustración sobre el yihadismo en Francia tras el asesinato de Samuel Paty.
Ilustración sobre el yihadismo en Francia tras el asesinato de Samuel Paty.OleaLa Razón

Toulouse, Montauban, Charlie Hebdo I, Lyon, Bataclán, Niza, Prefectura de Policía, Charlie Hebdo II y Samuel Paty. Francia lleva desde 2012 con una presión yihadista insoportable. Fue el primer país de Europa occidental en ser golpeado por el terrorismo islamista. Nos remontamos a 1995. Un bombazo en el metro de París. Cuatro muertos. Fernando Reinares, experto en yihadismo e investigador principal de Elcano, puso el foco en Mustafa Setmarian.

La cara de Al Qaeda en España. Un sirio naturalizado español con conexiones con el GIA que en 1994 pidió «golpear en lo más profundo de Francia». Fue antes de los atentados de Al Qaeda contra las embajadas de Estados Unidos de Kenia y Tanzania en 1996. Francia ya estaba en el objetivo yihadista. Y desde entonces, hace casi tres décadas, la furia no ha cesado. La decapitación de Samuel Paty está envuelta de una serie de connotaciones que convierten su asesinato en un símbolo, como ocurrió con Charlie Hebdo o Bataclán.

La barbarie se produjo a las puertas del colegio Bois d’Aulne de Conflans Sainte-Honorine en el noreste de París. La escuela como la representación de la República. De la Francia ilustrada. Samuel Paty murió por hacer su trabajo. Profesor de Historia y Geografía, quiso impartir el programa de educación cívica de cuarto grado. Era un docente adorado por sus alumnos y delicado hasta el punto de permitir a los estudiantes musulmanes abandonar la clase antes de enseñar las caricaturas de Mahoma.

Oscurantismo y fanatismo

Pero el fanatismo es ciego. Y al final fue denunciado por el padre de una alumna que ni siquiera había acudido a clase ese día y por el clérigo radical Abdelhakim Seifroui. Samuel Paty tuvo que declarar en comisaría el 12 de octubre y soportar una campaña en redes y en la mezquita de Pantin que terminó cuatro días después con su vil asesinato. Después de los homenajes, las movilizaciones y los hashtags toca a los poderes públicos actuar. «No pasarán», advirtió Emmanuel Macron el mismo 16 de octubre en las puertas del colegio con la sangre de Samuel Paty todavía en el suelo.

El presidente francés, días antes, el 2 de octubre, había presentado en Mureaux, otra ciudad emblemática de la «banlieue» parisina, su proyecto contra el «separatismo yihadista». Un proyecto de ley que tenía que estar terminado a finales de año pero que llega tarde. Macron defendió su plan contra el islam político que amenaza «la libertad de expresión, de conciencia y el derecho a blasfemar».

La muerte de Samuel Paty ha supuesto un cambio de paradigma en la lucha contra el terrorismo salafista. Menos palabras y más acciones. El Gobierno francés parece determinado a arrancar la cabeza de la serpiente. El jovencísimo terrorista Abdullah Anzorov, checheno de 18 años, fue un peón de una estructura levantada sobre una ideología de odio que se extiende más allá de Francia. Anzorov es parte de un ecosistema islamista que les adoctrina y les protege. No es un lobo solitario.

Tras los atentados del 7 de junio en 2005, Tony Blair ya alertó sobre las consecuencias de no ir a la raíz del problema. «El 11-S fue como un despertador pero después mucha gente se dio la vuelta y se puso a dormir. Es necesario combatir no sólo los métodos de los terroristas, sino sobre todo la ideología que se esconde detrás de ellos», denunció. La radicalización entre los jóvenes musulmanes en Francia y Europa ha alcanzado cifras sin precedentes. En estos procesos se produce una combinación explosiva de insatisfacción existencial, frustración y odio inducido. Pero hay otros colectivos afectados también por la pobreza o las injusticias percibidas o reales que no practican el terror. El islamismo extremista es la gasolina de este oscurantismo.

Los tentáculos de la yihad

El Gobierno francés ha puesto en el punto de mira a 51 asociaciones sospechosas de mantener vínculos con el salafismo como el Comité contra la Islamofobia en Francia y ha cerrado la mezquita de Pantin por «facilitar» el atentado al actuar como amplificador del vídeo contra el profesor. El ministro del Interior, Gérald Darmanin, anunció la expulsión de 231 extranjeros en situación irregular y sospechosos de radicalización religiosa. El experto Yan St-Pierre advirtió esta semana en las páginas de LA RAZÓN que había que «aislar a los fundamentalistas todo lo que sea posible para limitar el alcance del extremismo violento».

Francia necesita un rearme moral para recuperar el coraje, rearme legal para potenciar el arsenal legislativo contra el islamismo radical y rearme político para revisar los grandes asuntos como la inmigración o el derecho de asilo. El hecho de que los últimos terroristas sean un ruso de origen checheno con estatuto de refugiado y un paquistaní bajo un programa de protección ha abierto el debate. Pero el rearme no debe ser sólo francés sino también europeo. La dimensión del fenómeno yihadista es supranacional y afecta a todo Occidente.

El sociólogo e investigador del CNRS, Laurent Muccheli, critica la esterilidad de los grandes anuncios. «Hablar mucho es completamente inútil y la mayoría de las veces lleva a un discurso falso. Lo único inteligente que podemos hacer es analizar con mucha precisión lo que sucedió en este caso en particular, para aprender de ello y mejorar el funcionamiento de nuestra Policía de Inteligencia», asegura este estudioso de la «banlieue».

Las cifras oficiales son escalofriantes. Los servicios de inteligencia estiman que sólo en Francia hay 200.000 islamistas radicalizados de los cuales 4.000 pueden sufrir «tentaciones peligrosas». El desafío para la seguridad nacional y europea es mayúsculo pero la muerte de Samuel Paty no debe ser en vano.