Joe Biden, entre los cachorros de la izquierda radical

El ascenso de una nueva generación de líderes alineados con propuestas tan disparatadas como la de retirar los fondos a la Policía dan munición a los republicanos que agitan el miedo al socialismo

Joe Biden con Barack Obama en MichiganBRIAN SNYDERREUTERS

Un fantasma recorre el espinazo del partido demócrata. El de la izquierda “woke”, los ideólogos del excepcionalismo cultural, los enemigos de los anclajes demoliberales, los partidarios de las cancelaciones, las teorías posmodernistas y aquello que el gran profesor y experto en Shakespeare, Harold Bloom, autor de un libro que hoy sería excomulgado, “El canon occidental”, llamaba ideología del resentimiento.

Desde luego Donald Trump lo tiene claro: si Joe Biden gana las elecciones, y dada su provecta edad y su bien conocida aversión al conflicto, terminará por ser manipulado por estos hijos políticos e ideológicos del postestructuralismo, herederos conscientes o inconscientes de los filósofos franceses que hicieron furor en los campus universitarios estadounidenses y que poco a poco infectaron y colonizaron los consejos de administración de las grandes empresas, los principales medios de comunicación y del ala izquierda del partido demócrata. Una formación que en Bernie Sanders tuvo al último dinosaurio de estirpe claramente socialista y en Biden al representante de los demócratas bostonianos, hijos de Kennedy, nietos del New Deal.

Todos ellos, poco a poco, pierden pie frente a la pujanza de senadores y congresistas como la inefable Alexandra Ocasio-Cortez. Cada vez más superados y antiguos a ojos de una generación “millennial” con unas preocupaciones y anhelos muy distintos a los de sus padres. Que han sido amamantados con la papilla de verdades teóricamente incontrovertibles como el supuesto racismo institucional, el neocolonialismo que todo lo empapa, el patriarcado y la masculinidad tóxica, y que no tienen empacho en considerar que la historia, si no nos gusta, puede ser condenada y hasta reescrita siguiendo los patrones morales del presente.

De ahí que haya procedido a derribar estatuas, haya discutido el pasado hispano del país o haya apostado por erigir un relato nacional donde la esclavitud, lejos de ser una de sus lacras fundacionales, opera ya como el cimiento clave a partir del cual entender y explicar todo lo que hemos vivido, todo lo que padecemos y buena parte de los fenómenos futuros. Y si los datos no encajan, si por ejemplo el racismo de los estadounidenses, medido en los sondeos, es el más bajo desde que se hacen estos estudios, entonces apelan a preceptos profundos y corrientes subterráneas de la psique nacional, incuestionables y, por supuesto, irredimibles.

No en vano la propia Ocasio-Cortez, entrevistada no hace mucho en el legendario 60 minutes por el periodista Anderson Cooper, sostenía que hay demasiada gente preocupada por la verdad fáctica, mensurable, y no por las verdades morales, que por supuesto sancionan y bendicen personajes como ella. Son los demócratas y afines convencidos de que la seguridad de las calles debe de abandonar la visión entre punitiva y tradicional de los partidarios de la policía para centrarse en grandes inversiones en cuestiones como la educación, así como en la creación de una infraestructura que permita intervenir en los factores que a su entender desencadenan la violencia. Desfinanciar la policía, en suma, para invertir y sufragar soluciones alternativas.

Y luego estarían Joe Biden o Kamala Harris, o alcaldes como el de Nueva York, acusado simultáneamente de entregar la ciudad a los activistas y alborotadores y de ser excesivamente duro en la represión de las manifestaciones. En realidad a Harris la avala un currículum de fiscal de la línea dura, muy cuestionada en California, donde ejerció, por los defensores en pro de los derechos de los presos, mientras que Biden ha sido muchas veces acusado de votar, en sus días en el legislativo, a favor de leyes que penalizaban gravemente el consumo de drogas y contribuyeron a la superpoblación del sistema penal y carcelario. Biden, de hecho, lleva en su programa aumentar la inversión policial en más de 300 millones de dólares en el apartado de los policías de comunidad, así como un notable incremento en los recursos policiales destinados a los barrios más pobres y conflictivos.

El caballo de batalla del sector que abandera Biden tiene más que ver con la necesidad, entiende, de limitar el corporativismo policial, establecer una red de datos fiable a nivel nacional que permita controlar la trayectoria de cada uno de los agentes y acabar con la semi impunidad de los que, tras cometer un acto violento, son tratados con excesivo mimo por unos agentes de asuntos internos con los que no dejan de compartir demasiadas afinidades profesionales. Pero da un poco igual. El congresista por Louisiana, Steve Scalise, tiene dicho que Joe Biden apoya que se eliminen sus fondos y advierte de que en unos Estados Unidos sin policía no habrá más «hijos y nietos».

Las imágenes de los disturbios a raíz de la muerte de George Floyd en Minneapolis, la actuación de grupos de radicales de izquierda, anarquistas de consignas claramente enfocadas a triturar el sistema, y el crecimiento de unas milicias paramilitares de signo opuesto a las tradicionales de ultraderecha, provocan que muchos electores teman una victoria demócrata.

Grupos como la milicia nacionalista negra Not Fucking Around Coalition, fundada por John Jay Fitzgerald Johnson, no ocultan su pretensión de tumbar la Constitución para construir una suerte de paraíso alternativo, y racista, donde sólo tendrían cabida los negros. Son actores minoritarios e inevitablemente disparatados, pero eso no los convierte en menos peligrosos.

Los medios cercanos a Trump, por si acaso, alimentan el temor de todos los indecisos que se preguntan si con un Biden tan frágil en la Casa Blanca no habrá llegado el momento de que una amorfa coalición woke, indigenista, nacionalista negra, con influjos del marxismo cultural pasado por Foucault, enamorada de causas como la palestina al tiempo que hace la vista gorda al auge del fundamentalismo islámico, enemistada con la razón y de obvios tics autoritarios, no acabará sentándose al poder de mando de la primera potencia mundial.