El «Trumpismo» más allá de Trump

El presidente de EE UU conecta con los olvidados de la globalización que han visto en su revuelta nacionalista una esperanza. Gane o pierda, este fenómeno está para quedarse

El presidente Donald Trump arroja su gorra a sus seguidores.CARLOS BARRIAREUTERS

Donald Trump puede ganar las elecciones del 3 de noviembre. O perder. Pero antes o después, ya sea en 2020 o en 2024, el actual presidente cederá el trono. Nadie sabe bien si su aventura habrá sido un interregno más o menos disruptivo o dejará sucesores. Las mejores cabezas de Washington, los empleados de todos los think tanks más influyentes, los columnistas de las grandes cabeceras de las dos costas y toda una panoplia de comentaristas, politólogos, filósofos y psicólogos cuestionan e indagan en la esperanza de vida y las ramificaciones teóricas o reales de un movimiento político que va mucho más allá del hombre que todavía hoy ocupa el Despacho Oval.

Todos quieren saber si el trumpismo morirá con Trump, suceda lo que suceda en dos días, o si la herencia será tan fecunda, robusta e influyente que será imposible considerar al partido republicano de las próximas décadas sin atender a su legado? Hay pistas para asumir que en determinados ámbitos el trumpismo llegó para quedarse. Mismamente en el Tribunal Supremo, radicalmente renovado por un gobernante que fue capaz de nominar con éxito a tres jueces. Aunque también cabe suponer que el mainstream republicano, que epitomiza Mitch McConnell, líder de la mayoría en el Senado y arquitecto de estos nombramientos, haya sido tanto o incluso más decisivo.

Para los conservadores de la vieja escuela, desde los halcones como John Bolton hasta antiguos emblemas de los neocon como Dick Cheney, es imperioso que los republicanos rearmen el partido retrotrayéndose a los postulados y anhelos heredados del reaganismo. Un partido republicano que vuelva a creer en el libre comercio, comprometido con la globalización, que mantenga buenas relaciones con las élites culturales, que reconstruya los puentes con las grandes universidades y las empresas tecnológicas punteras, y que en política internacional vuelva a asumir la idea de unos de EEUU considerados como fuente de democracia y policía necesario para mantener la salubridad demoliberal más allá de sus fronteras.

Unos EEUU que renueven su contrato con los viejos socios europeos y que vuelvan a tratar con ferocidad a quienes como Vladimir Putin cuestionan la primacía estadounidense en el mundo. Sería, en resumen, el partido republicano de los dos Bush, padre e hijo. El mismo que trató de ganar las primarias en 2016 con el exgobernador de Florida, hijo y hermano de presidentes, Jeb Bush, y el de candidatos como John McCain y Mitt Romney.

Pero estos conservadores no representan, ni mucho menos, todas las sensibilidades congregadas entorno a los republicanos. Muchos, de hecho, consideran que Trump fue capaz de dar voz y voto a quienes desde hace años denuncian los excesos del internacionalismo, a los que contemplan con creciente recelo a unas élites a las que acusan de plantear unos estados unidos mundiales entre la barbarie tecnológica y una suerte de todopoderosa burocracia apátrida, a los nostálgicos del viejo orden y el viejo patriotismo, y en general a todos los que creen que los republicanos, en buena medida, habían vendido todo su capital ideológico y político en el mismo altar que bendicen los popes del partido demócrata más convencional.

Steve Bannon ha sido uno de los rostros más visibles de esta corriente. Pero hay otros muchos, empezando por el periodista Tucker Carlson. Lo ha escrito Thomas Meaney en un artículo, publicado en Harper´s, absolutamente decisivo para entender la semilla del nacional conservadurismo y sus principales intereses.

Un movimiento convencido de que «si el trumpismo se apagara con Trump los republicanos volverían a marchar con los lemmings del partido en deuda con sus donantes (casi ningún votante republicano estaba de acuerdo con los donantes en nada, como Trump había intuido), que se confabularían con los liberales para contaminar el país con más inmigración, más traición de las Grandes Tecnológicas, más “libre” comercio, más guerras interminables y más inclinación hacia el nihilismo. El ancien régime amenaza con reconstituirse».

Desde luego que el trumpismo ha sido decisivo a la hora de dar a las locuras conspiranoicas como QAnon. Habrá quien considere que esto apenas son detalles. Excesos más o menos retóricos que no enturbian la verdad de los datos macroeconómicos ni las aportaciones de la administración Trump en política exterior.

Al mismo tiempo intelectuales tan destacados en la denuncia del posmodernismo, la izquierda woke, las políticas identitarias como Steven Pinker y Alan Sokal han explicado, convocados por la revista Aeron, por qué, a su juicio, es un error votar por Donald Trump y por qué el trumpismo no debe de perpetuarse.

Explican que su llamamiento «no va dirigido a los trumpistas acérrimos, sino a los votantes reacios de Trump y a los que permanecen indecisos. Específicamente a las personas que valoran la ciencia, la razón, la tolerancia y la libertad individual, pero temen tanto los ataques contra los valores liberales de la izquierda reaccionaria que ven a Trump como la única solución. Estas personas temen que la victoria de los demócratas desencadene una revolución cultural que dañará a todos los estadounidenses»... pero se equivocan.

En opinión de Pinker, objeto recientemente de ataques brutales por parte de la izquierda woke por atreverse a discutir, entre otros dogmas woke, los postulados de Black Lives Matter, «Necesitamos un movimiento más vigoroso, robusto e inclusivo en pos del progreso basado en la evidencia y la racionalidad, no una división aún más profunda entre dos versiones del autoritarismo anti intelectual». En unos días EEUU empezará a tener las primeras respuestas.