Las causas del levantamiento de Cuba están en casa

Joe Biden debería descartar las políticas de Donald Trump y levantar el embargo

Cubanos protestan hoy para exigir la libertad de las personas encarceladas durante protestas en la isla, frente al Consulado de Cuba en Santiago de Chile
Cubanos protestan hoy para exigir la libertad de las personas encarceladas durante protestas en la isla, frente al Consulado de Cuba en Santiago de ChileElvis GonzálezEFE

Los manifestantes abarrotaron las calles el 11 de julio. Algunos apedrearon a la Policía y saquearon tiendas elegantes. Tales arrebatos no tienen precedentes en Cuba desde que los comunistas aseguraron su control en el poder en la década de 1960. “¡Libertad!” y “¡Abajo la dictadura!” corearon, y “¡Patria y Vida!”, citando una canción de reguetón underground que se burla del cansado lema de Fidel Castro de “Patria o Muerte”.

Todo esto plantea un desafío extraordinario para los aburridos burócratas que gobiernan Cuba tras la muerte de Fidel y el retiro de su hermano menor, Raúl, a principios de este año. El régimen ha respondido con represión . “Revolucionarios, a las calles”, instó Miguel Díaz-Canel, el presidente que este año tomó el timón del Partido Comunista, desatando tropas, policías y turbas leales blandiendo bates de béisbol. Al menos una persona murió. Decenas de personas han sido detenidas y el Gobierno ha cortado esporádicamente el acceso a internet.

La represión puede funcionar en Cuba, como lo ha hecho en otras partes. Pero algo allí se rompió. El contrato tácito que mantuvo la paz social durante seis décadas está roto. Muchos cubanos solían aguantar un Estado policial porque garantizaba sus necesidades básicas, y los que tenían iniciativa encontraron la manera de salir. Ahora los cubanos están hartos. Cuando Díaz-Canel culpa de las protestas al “imperialismo estadounidense”, todo lo que muestra es lo desconectado que está. Los manifestantes son jóvenes, principalmente negros y descartan la revolución de los Castro de 1959 contra un tirano respaldado por Estados Unidos como historia antigua.

Tienen mucho de qué quejarse. La pandemia ha cerrado el turismo extranjero, agravando la falta de divisas de la economía. Raúl Castro lanzó reformas económicas, pero fueron tímidas y lentas, permitiendo solo minúsculos negocios privados. Se dejó a Díaz-Canel dar el paso más trascendental, al ordenar una gran devaluación en enero. Sin medidas que permitan una mayor inversión privada y crecimiento, eso simplemente ha desencadenado la inflación. A medida que colapsa su industria petrolera afectada por las sanciones, Venezuela, el principal patrocinador extranjero de Cuba durante los últimos 15 años, ha frenado sus envíos de petróleo a precios reducidos, lo que ha provocado cortes de energía durante el calor del verano. La escasez crónica de alimentos y medicinas se ha agudizado. A pesar de la destreza de Cuba en materia de salud pública y el desarrollo de su propia vacuna, el Gobierno no ha logrado contener la pandemia. Los enfermos están muriendo

Otros dos factores explican el estallido. Uno es el cambio de liderazgo. Los Castro inspiraban respeto incluso entre los muchos cubanos que los aborrecían. Díaz-Canel, sin una pizca de carisma, no lo hace. E internet y las redes sociales, permitidas solo en los últimos años, han roto el monopolio de la información del régimen, conectando a los cubanos más jóvenes entre sí y con el mundo. Han empoderado un movimiento de protesta cultural de artistas y músicos. Su mensaje, en la incontestable letra de “Patria y Vida”, es “Se acabó el tiempo, se rompió el silencio… no tenemos miedo, se acabó el engaño”.

Díaz-Canel enfrenta una elección: convertir a Cuba en Bielorrusia con sol, o calmar el descontento permitiendo más empresas privadas y una mayor libertad cultural. Eso podría debilitar al Ejército y al Partido Comunista, pero eventualmente salvaría algunos de los logros sociales originales de la revolución.

Curiosamente, muchos republicanos en Estados Unidos se hacen eco de la descripción de Díaz-Canel del papel de Estados Unidos en las protestas. El presidente Donald Trump endureció el embargo económico contra Cuba, prohibió a los turistas estadounidenses, frenó las remesas y aplicó sanciones a las empresas estatales, revirtiendo en gran medida la apertura de Barack Obama a la isla. Como el presidente de Cuba, los republicanos argumentan que los disturbios demuestran que el embargo está funcionando por fin.

No tanto. Es cierto que el embargo le ha hecho la vida más difícil al Gobierno cubano. Pero sus restricciones lastiman principalmente a los estadounidenses. El régimen todavía puede comprar alimentos y medicinas estadounidenses y comerciar con el mundo. Las causas de la explosión social de Cuba se encuentran en casa.

Abre las ventanas

Joe Biden debería sacar la conclusión obvia. Hasta ahora ha dejado intacta la política de Trump hacia Cuba, para no molestar a los cubanoamericanos agresivos. En cambio, debería volver al enfoque de Obama. La gran amenaza para un régimen cerrado es el compromiso con el mundo, especialmente con Estados Unidos. Biden debería levantar el embargo y privar al régimen de una excusa para sus propios fracasos.