Austria rechaza acoger refugiados afganos: “Me opongo claramente a que eso ocurra”

La Unión Europea quiere blindar sus fronteras para no repetir la crisis de 2015

Austria acogió a más del uno por ciento de su población en busca de asilo durante la crisis migratoria europea de 2015 y 2016
Austria acogió a más del uno por ciento de su población en busca de asilo durante la crisis migratoria europea de 2015 y 2016DPA vía Europa Press DPA vía Europa Press

Hay fantasmas que siempre vuelven. Tras la victoria de los talibanes en Afganistán, el club comunitario teme revivir una nueva crisis de refugiados como la sucedida en el año 2015 debido a la llegada masiva de demandantes de asilo sirios. Las tensiones generadas entre los socios europeos abrieron una serie de heridas nunca cicatrizadas, ya que durante todo este periodo tiempo el club comunitario ha sido incapaz de llegar a un acuerdo para reformar el sistema migratorio europeo, a pesar de que la experiencia ha demostrado que éste no funciona.

Ante el pavor una nueva oleada de refugiados provenientes de Afganistán, Austria ya dejó ayer clara su negativa a más acogidas. “Me opongo claramente a que ahora aceptemos voluntariamente a más personas y eso no sucederá durante mi mandato”, aseguró de manera contundente el canciller  austriaco Sebastian Kurz. Austria considera que ya ha hecho su parte. El país alberga a más de 40.000 refugiados afganos, el segundo mayor número tras Alemania que ha acogido a 148.000 según los datos de ACNUR, la agencia de refugiados de la OTAN. Un gran esfuerzo para Austria, ya que el país es nueve veces menor que su vecino.

Estas declaraciones se producen justo cuando algunos países europeos se están ofreciendo para albergar a aquellos afganos que durante estos años han estado trabajando para las instituciones europeas y que ya han empezado a llegar al centro habilitado en Torrejón de Ardoz (Madrid).

Aunque todo indica que los socios europeos están dispuestos a cierta generosidad con los afganos que han estado ayudando a las fuerzas militares occidentales durante estos veinte años y cuya vida corre peligro, Bruselas ve con pavor la posibilidad de nuevas llegadas masivas que logren sortear las fronteras europeas. El club comunitario, tal y como hizo con el acuerdo suscrito en 2016 con Turquía, prefiere llegar a pactos con terceros países para que contengan los flujos migratorios a cambio de dinero.

Algunos socios europeos ya han comenzado a blindar sus fronteras.  Después de que un millón de sirios llegasen al país, Grecia está levantando  un alto muro de hormigón con alambradas en la frontera con Turquía. Una barrera con cañones de sonido, torreones de vigilancia, cámaras de largo alcance,  drones y sensores. “Nuestras fronteras serán seguras e inviolables”, aseguró esta semana en rueda de prensa el ministro de Protección Ciudadana, Michalis Chrisochoidis.

La principal promotora de la política de puertas abiertas de 2015, Angela Merkel, se encuentra en los últimos coletazos de su carrera política tras haber fracasado a la hora de convencer al resto de los socios de imponer un sistema de cuotas obligatorias de reparto  demandantes de asilo ante crisis de envergadura. Su sucesor en el partido conservador y candidato a la cancillería, Armin Laschet ya ha advertido de que no “puede repetirse” la situación de 2015. Existe el temor de que las llegadas de refugiados monopolicen la campaña electoral antes de las elecciones del 26 de septiembre y den alas a la extrema derecha de AFD.

La estrategia de Bruselas reside ahora en intentar llegar a acuerdos con países limítrofes como Pakistán e Irán y quizás Turquía. Pero todo indica que Ankara puede encarecer el precio de esta ayuda y, al menos  de momento, también se niega en redondo a replicar el acuerdo de 2016 con los países europeos. Recep Tayyip Erdogan ha dejado claro que el país no pretende “ser el almacén de refugiados de Europa” ya que  ha acogido a más de 3.600.000 sirios y se ha convertido en el Estado con más refugiados de esa nacionalidad del mundo.

El mandatario turco ha ordenado levantar un muro entre Turquía e Irán en medio del desierto y totalmente infranqueable. El propósito es que cubra totalmente los 295 kilómetros de frontera entre los dos países y se convierta en el tercer muro más largo del mundo tras la Muralla China y el que separa Estados Unidos y México. Ankara puso en marcha esta infraestructura en 2015, pero la victoria de los talibanes ha acelerado las obras.

Después de que los planes para imponer cuotas de refugiados obligatorias fracasasen tras el “no” de los países del Este, la Comisión Europea presentó una nueva propuesta en septiembre del año pasado que suponía instaurar la solidaridad a la carta, para que aquellos países que no quisieran acoger refugiados pudiesen colaborar en las repatriaciones forzosas de los inmigrantes ilegales. Este nuevo enfoque no ha satisfecho a prácticamente ningún país europeo. Los países del Este tan sólo defienden el blindaje de fronteras y los del sur consideran que la carga sigue recayendo en ellos de manera injusta y demandan mecanismos de solidaridad obligatorios y no voluntarios.

La parálisis europea a dejado al club comunitario a merced del chantaje político de países terceros. No sólo Erdogan ha hecho la vista gorda a la llegada de migrantes cuándo así le ha convenido sino que en los últimos meses ha tenido como alumnos aventajados a Mohamed VI con la crisis de Ceuta y al mandatario ruso Viktor Lukashenko que este verano, justo cuando empiezan a hacer mella las sanciones económicas europeas, ha patrocinado la llegada masiva de iraquíes a Lituania.