Quién es Ali Harbi Ali, el “lobo solitario” que asesinó al diputado británico David Amess

El somalí, presunto autor del crimen, lo planificó todo con minuciosidad, llegó a viajar 50 kilómetros para cometerlo, esperó en la cola a que llegara su turno de consulta y perpetró el atentado

El atentado contra el diputado conservador David Amess no es el primer caso ni, lamentablemente, será el último
El atentado contra el diputado conservador David Amess no es el primer caso ni, lamentablemente, será el último FOTO: Alastair Grant AP

No era aparentemente un desheredado de la fortuna. Su padre ocupó cargos importantes en Somalia antes de viajar con su familia a Inglaterra en la década de los 90, país que les acogió sin problemas. Por lo tanto, Ali Harbi Ali, de 25 años, nacido británico no debería tener sino motivos de agradecimiento a la tierra de acogida. Parece, según todos los indicios, un nuevo actor, “lobo solitarios” fanatizados a través de las redes sociales yihadistas, que tanto espacio y tiempo dedican para captar a terroristas en Occidente. Con un gasto relativamente pequeño, pues los “mohujaidines (combatientes) de internet” trabajan gratis por la causa, logran unos efectos devastadores. Sólo la acción preventiva, que tan buenos resultados ha dado en España, puede evitar atentados como el que acabó con la vida del diputado conservador David Amess cuando atendía a sus electores en una iglesia de Leigh-on-Sea.

El presunto autor del crimen, como ordenan los últimos manuales para los “lobos solitarios”, ya publicados por LA RAZÓN, planificó con minuciosidad el crimen, llegó a viajar 50 kilómetros para cometerlo (tuvo tiempo de pensar en lo que iba a hacer y dar marcha atrás), esperó pacientemente en la cola a que llegara su turno de consulta y perpetró el atentado.

No es el primer caso ni, lamentablemente, será el último. Individuos de segunda o tercera generación, que no se sienten integrados en un país que los acoge y les da todo tipo de facilidades para estudiar, vivir y relacionarse, se sienten rechazados por el mero hecho de que esa nación no se rige por los principios de un Islam rigorista que, según su interpretación, debía ser profesado por todo el mundo en un gran “califato”.

Hay precedentes. El 7 de julio de 2005 cuatro explosiones paralizaron el sistema de transporte público de Londres. Varios terroristas hicieron estallar bombas en estaciones de metro y 6 en un autobús. En los ataques fallecieron cincuenta y seis personas, incluidos los cuatro terroristas sospechosos, y 700 personas más resultaron heridas.

Los terroristas eran ciudadanos acogidos en Inglaterra en el seno de sus familias: Hasib Hussaim, descendiente de un pakistaní; Jamal Lindsay, nacido en Jamaica; Mahamed Khan descendiente de un pakistaní; y Shehzad Tanweer, también de origen pakistaní.

Desde entonces hasta hoy se han dado muchos más casos y el común denominador es el del rechazo a una sociedad democrática y tolerante en la que viven y que, precisamente por esas libertades de las que disfrutan, les facilita la preparación de los crímenes que planean.

Si el británico de origen somalí presu8nto asesino del diputado conservador hubiera cometido su crimen en otro país, precisamente en alguno por lo que puede sentir alguna admiración, ya sabe el castigo que iba a tener. En Inglaterra será juzgado con todas las garantías, las que él no dio a un padre de familia con cinco hijos que ejercía la noble profesión de representar a sus ciudadanos.