Abdelaziz Buteflika, el «rey fantasma» de Argelia

Seguidores francoargelinos del presidente Buteflika se manifiestan a favor de su reelección en París
Seguidores francoargelinos del presidente Buteflika se manifiestan a favor de su reelección en París

El fervor de las calles de Argel contra un quinto mandato de Abdelaziz Buteflika contrasta con el silencio del Palacio. El mandatario, de 82 años, no comparece desde 2012

y su estado de salud es un misterio.

La protestas del viernes en contra de un quinto mandato del actual presidente, Abdelaziz Buteflika, fue bautizada como la marcha del millón. En un país en el que hasta hace poco la política era una cuestión tabú, la movilización de tantas personas solo por las calles de Argel suponía ambición e ilusión a partes iguales. Una fuente policial estimó la participación en unas 800.000 personas, y aunque se trate de un dato difícil de contrastar, el sentimiento general era que la cifra del millón no era descabellada.

El fervor que desprendían las calles de Argel y de muchas otras ciudades del país, no obstante, contrastaba con el silencio sepulcral que emanaba del Palacio Presidencial. Desde que Buteflika, que el viernes cumplió 82 años, sufrió un derrame cerebral en 2013, no se han producido comparecencias públicas y sufre un estado físico muy deteriorado. Para la mayoría, la situación en la que se encuentra es toda una incógnita.

Y este sigilo que envuelve siempre a la figura del presidente se ha hecho aún más ofensivo para los argelinos a medida que se acercan las elecciones presidenciales del 18 de abril. Desde que Buteflika anunció a mediados de febrero a través de una carta su intención de optar a la reelección de un cargo que ocupa desde 1999 surgió el malestar. Y después de una semana en la que su país ha vivido las mayores protestas de los últimos años, Buteflika sigue sin dirigirse a su pueblo. Ahora, las miradas están centradas en la entrega de los documentos oficiales de su candidatura, que debería ser presencial y que está prevista para hoy, aunque la última información que se tiene es que el presidente permanece ingresado en un hospital de Ginebra desde el pasado domingo.

A pesar de ello, Buteflika sigue siendo una figura popular, sobre todo porque se le concede el mérito de haber zanjado la cruenta guerra civil de los años noventa y haber diseñado el período de estabilidad y prosperidad que la siguió. Pero a estas alturas muchos le ven incapaz de asumir las responsabilidades de su cargo y afrontar los retos del país, y nadie duda de que las riendas del Estado las controla en realidad su círculo más cercano. «Las protestas iniciales puede que fueran en contra de Buteflika, pero siempre trataron de enmendar el sistema de gobierno que ha estado vigente desde la independencia en 1962», señala a LA RAZÓN Yasmina Allouche, periodista argelina e investigadora del centro TRT World. Durante la Primavera Árabe de 2011, que supuso todo un test de estrés para el régimen, los altos ingresos reportados por el petróleo y el gas permitieron al Gobierno aumentar sustancialmente el gasto público y apaciguar así los ánimos de la mayoría.

Pero con la caída en picado que experimentaron los precios del petróleo a partir de 2014, esa baza aparece ahora mucho más débil, lo que obligó al Ejecutivo a aplicar medidas de austeridad que han generado en protestas esporádicas desde 2016. La urgencia por diversificar la economía del país, cuyo 60% de presupuesto y 95% de exportaciones derivan de la venta de gas y petróleo, se hizo a partir de entonces aún más patente.

A estas alturas, afrontar esa transformación económica, que se ha juntado con los evidentes problemas para definir la sucesión de Buteflika, se presenta como el principal desafío del régimen, cuya estrategia de postergar sine die ambas transiciones sosteniendo en el poder a un presidente moribundo parece haber topado con un contratiempo inesperado: que muchos argelinos han dicho basta. «Salir a la calle es la manera de decir que estamos presentes como pueblo, que estamos bien unidos, que sabemos ver con claridad qué es lo que está mal en todo el país y que tenemos el deseo de cambiar hacia un país estable y próspero donde todos los argelinos puedan disfrutar de sus derechos», expone a este diario desde Argel, Houari Bouchenak, un argelino de 37 años que ha participado en las movilizaciones desde el principio.

Aunque las alusiones a una nueva Primavera Árabe argelina no han tardado en brotar, por ahora la única movilización masiva fue la del viernes, por lo que de la capacidad de los argelinos por mantener el impulso dependerá en buena medida su éxito frente a un régimen inmovilista formado por miembros del FLN, el Ejército y grandes empresarios. «Las élites están lo suficientemente unidas como para sobrevivir», considera a este medio Jonathan Hill, Director del Instituto de Estudios de Oriente Medio del King’s College de Londres. «Si la élite se encontrara bajo mayor presión, como en Túnez y Egipto durante la Primavera Árabe, quizás se apreciarían más fisuras, pero por ahora aún hay suficientes elementos que los mantienen juntos», agrega.

Para otros, en cambio, el régimen no se encuentra actualmente tan unido como pudiera aparentar. «Presentar a Buteflika por quinta vez muestra que los diversos sectores de la élite no pueden ponerse de acuerdo en otra persona», rebate Erin Neale, investigadora sobre el Norte de África en el Atlantic Council. «La élite está más dividida que hace unos años, sobre todo en el Ejército», añade. En este sentido, tras las protestas empezaron a circular noticias sobre una posible reconfiguración del Gobierno que podría dejar fuera al detestado primer ministro. Asimismo, el director de la campaña de Buteflika, el ex primer ministro argelino Abdelmalek Sellal, fue fulminado ayer y reemplazado por el político Abdelghani Zalane, quien también ostenta el cargo de ministro de Transportes y Obras Públicas. Muchos dudan de que estas medidas cosméticas puedan llegar a frenar la ira. A falta de tan solo un mes y medio para los comicios, sin embargo, es muy poco probable que el régimen deje caer su candidatura ya que no existe ninguna alternativa natural a su figura, de modo que las concesiones podrían adoptar otra forma.

«No me sorprendería si a partir de los próximos días y hasta las elecciones se anuncian programas de empleo y formación y subsidios para aplacar a los manifestantes», anticipa Hill. Casi un 70% de los argelinos tiene menos de 30 años y más del 25% de ellos están desempleados, por lo que este segmento de la sociedad, desconectado de la élite gerontocrática del país y sin demasiados recuerdos de la guerra civil, resulta clave.«Estamos viendo el principio [de una Primavera argelina]», concluye Neale. «Si será rápido o lento está todavía por ver».