«Cavaron pozos y los quemaron vivos»

Masacres, deportaciones, huidas de película... Entre 1915 y 1923, los armenios sufrieron el hostigamiento constante de los turcos, el destierro, la muerte y el olvido. Tres miembros del Consejo Nacional Armenio en España relatan a LA RAZÓN los horrores padecidos por sus antepasados y los caminos tortuosos hacia la salvación. Ellos, herederos de la cultura de la supervivencia del primer pueblo cristiano del mundo, aún guardan los testimonios y los recuerdos de sus familiares con la esperanza de que el genocidio armenio sea reconocido por todas las naciones del mundo.

Glenda Adjemiantz- 43 años, bisnieta de superviviente

«Parecía que Dios se había olvidado de nosotros»

Ya en Irán, medio siglo después de los terribles sucesos que conmocionaron su infancia, Shushanik Martikian aún se estremecía al rememorarlos: «La piedad había desaparecido de los corazones de los hombres, se habían convertido en animales, todos pensaban en sí mismos». Glenda Adjemiantz (43 años, nacida en Argentina y residente en España desde hace 13) conserva como oro en paño aquel testimonio de su bisabuela Shushanik. «Es parte de esa cultura de supervivencia del pueblo armenio», señala. Mientras que por parte paterna, el silencio se instaló como norma ante las atrocidades del genocidio, su bisabuela dejó escrito el horror de aquella huida a través de las montañas desde Van (en la Armenia otomana) hasta Ereván (zona de influencia rusa merced al tratado de Brest-Litovsk de 1917). Fue en 1918 cuando la familia tuvo que abandonar sus casas, conservando las llaves de sus hogares (como los sefardíes) en la esperanza de volver algún día y «guardando monedas de oro en los vestidos», añade Glenda. Aquel escaso patrimonio de las gentes sencillas de Van serviría para ganarse la voluntad de los kurdos en la larga marcha. «¿Cómo era posible abandonar las casas patriarcales en las que habían vivido durante siglos, la patria amada, las tumbas de los antepasados, las iglesias y los centros de educación y cultura, borrarlos de golpe de la memoria, olvidarlos, alejarse hacia un destino incierto, sin saber en qué rincón del mundo terminaría su existencia?», escribe Shushanik. La bisabuela de Glenda tenía 9 años cuando la familia tuvo que hacer el petate ante el acoso turco. El último rezo en el templo de Van no se le olvidaría jamás: «Parecía que también Dios se había olvidado del llanto y el clamor de sus hijos cristianos». Sus primeros hijos: Armenia adoptó el cristianismo en el año 301. Muchos cayeron en aquella marcha hacia Ereván. Las enfermedades, el constante hostigamiento otomano, el egoísmo... Shushanik perdió a su abuelo en el recodo de un camino. Muchos desaparecían sin dejar rastro. «Los enfermos rogaban que los dejaran allí, pero ¿cómo era posible abandonarlos a la impiedad de los turcos?», anota Shushanik. Glenda considera que sus antepasados corrieron mejor suerte que muchísimos otros: «Desde Van era más fácil llegar a la frontera». Con todo, en el río Bandí Mahú, su bisabuela fue testigo del horror más lacerante, ése que permanece cosido a la memoria de por vida: «Cuando la caravana estaba atravesando el puente del río, comenzó el ataque de un grupo de kurdos bárbaros y salvajes que habían venido a saquear y masacrar a la gente indefensa. Las balas llovían como granizo. Fui testigo de horribles actos inhumanos. Con mis ojos de niña he visto a madres que colocaban piedras en las faldas de sus hijos y huían o los dejaban sin mirar atrás. He visto a una familia de tres personas –padre, madre y una hija de mi edad, hermosa, muy blanca, de ojos azules y largos cabellos rubios– que se lanzó al río después de santiguarse por última vez». Shushanik sobrevivió. La familia se trasladó a Irán y de ahí a Argentina. Glenda es el último eslabón de la memoria y desde España aún mantiene viva la llama del recuerdo.

Ezequiel Vartian- 38 años, nieto de supervivientes

«Llegó un momento en que no teníamos miedo de nada»

Hace poco, Ezequiel, nacido en Argentina y crecido en España, viajó a Armenia por primera vez. «La llamada de la tierra no se compara con nada en el mundo y en nuestro ADN ya va el instinto de supervivencia y de preservar las esencias». Allí, en el suelo de sus ancestros, Ezequiel Vartian sintió más que nunca el peso del azar. Él está en este mundo de puro milagro, sólo porque su bisabuela sintió remordimientos tras abandonar a una de sus hijas (la abuela de Ezequial) en el camino. «Mi bisabuela ya no podía más y tuvo que elegir entre sus tres hijas a la más débil, la que tenía menos posibilidad de sobrevivir; pero luego de abandonarla, volvió sobre sus pasos y la recogió». Pocos años después, camino del destierro, la abuela de Ezequiel perdería fortuitamente su pasaje en el trasatlántico Mafalda, naufragado en las costas de Brasil. De nuevo el azar, el destino. Hoy Ezequiel Vartian se sabe hijo de aquella casualidad, y también del pundonor de su abuelo frente a las mil calamidades que tuvo que afrontar de pequeño. Krikor Vartian sufrió el genocidio desde 1915. Apenas era imberbe cuando Hakvel, organizador de las matanzas otomanas, mandó hacer un listado de todos los menores que vivían en Hadjin. «Mi madre optó por no llevarnos –explicó Krikor en un testimonio conservado por Ezequiel–. A los pocos días nos enteramos de que habían deportado a todos los niños al desierto, donde cavaron pozos, echaron petróleo y los quemaron vivos». Krikor pudo escapar a Alepo (Siria). Cuarenta días de caminata en el desierto, una travesía bíblica junto a otros supervivientes. Durante tres años vivió en campos de refugiados, constantemente acosado por la Cruz Roja turca para que se islamizara, huérfano de padre (los turcos lo apresaron en el Éufrates y murió de enfermedad a los 6 meses) y sin hermanos: «Mi hermana cayó prisionera de los ingleses y a mi hermano menor lo compró un árabe y lo vendió luego por una moneda». Alrededor de 200.000 niños armenios malvivieron hasta 1918 en Siria. Muchos de ellos murieron y todos asistieron a diversos actos de inhumanidad contra los refugiados, como al asesinato de un cura que intentaba profesar su fe entre los jóvenes, según explica Ezequiel. «Había llegado un momento en que ya estábamos acostumbrados y no teníamos miedo a nada de lo que pudiera pasar en el futuro; era como una manera desgraciada de vivir», recuerda Krikor. Ezequiel completa la historia: su abuelo se embarcó a Montevideo en 1925; allí conoció a su abuela, la chica que se salvó de ser abandonada por una madre impotente ante el horror; se instalaron en Buenos Aires. El día de su muerte, Krikor, en delirios, relataba a gritos cómo escapó, a los 12 años de edad, de la garra de los turcos. Para Ezequiel, no ha duda de que «fue una masacre organizada y sistemática, por eso es claramente un genocidio». Asimismo, considera que aquella terrible experiencia ha marcado el devenir del pueblo armenio en el destierro y ha forjado su carácter identitario pero también solidario y abierto, dispuesto a integrar e integrarse.

Loussik Roumian- 50 años, nieta de supervivientes

«Pasaban la noche escondidos en

los cementerios»

«Mi abuelo nunca contó nada de lo que le pasó; estaba muy traumatizado y tenía siempre pesadillas; todo lo que sabemos es gracias a un amigo que huyó con él». Loussik Roumian lleva desde los años 70 en nuestro país. En la historia de su familia, las fronteras siempre han sido una anécdota y los más importantes sucesos históricos del siglo XX han dejado su impronta en ella, al igual que en todo el pueblo armenio. Su abuelo Khatchatur nació en Kaiseri (entonces Armenia otomana). A la edad de 15 años, los turcos exterminaron a toda la población. «Los metieron en la iglesia y les prendieron fuego, como hicieron en muchas otras poblaciones», señala Loussik. Era 1915 y el genocidio inspirado por los Jóvenes Turcos acababa de empezar. Su abuelo, hijo de carpinterio, pudo esconderse en un zulo dentro de la casa familiar y posteriormente escapar junto a otro compañero. «No sabemos mucho de aquella huida, de cuánto duró, pero sí sabemos que se escondían en los cementerios, en las tumbas, para pasar la noche». Ambos amigos llegaron al cabo de la travesía a la ciudad de Odessa, donde Khatchatur conoció a Ashkhen. La joven nunca supo bien su procedencia, según explica Loussik: «No sé de dónde soy, decía mi abuela, nací en un pueblo de Rumanía y cuando me echaron era Bulgaria». Europa era entonces un hervidero y la guerra mundial se solapaba con la guerra balcánica y el despuntar de la hoz y el martillo. En Odessa, la nueva pareja vivió las privaciones de la Revolución Rusa y los primeros y durísimos años de la URSS en esta zona del Mar Negro. Finalmente, en el año 31, el cónsul de Irán otorgó papeles a numerosos emigrados armenios y los antepasados de Loussik se instalaron en Teherán, en un país donde desde el siglo XV existe una importante comunidad armenia, asentada y con características muy específicas respecto a otras comunidades. El padre de Loussik se casó con una asturiana y ella pertenece a la primera hornada de emigrados armenios en nuestro país, venidos tras la caída del Sha de Persia. El «boom» de la construcción entre los años 1990 y 2000 en nuestro país y el «corralito» argentino propiciaron la mayor venida de armenios a España, generalmente desde Sudamérica. Hoy en día constituyen una comunidad de aproximadamente 40.000 integrantes, «con marcado carácter de identidad, pero sin conciencia de gueto; siempre dispuestos a integrarse». Todos llevan en su pasaporte familiar infinidad de sellos y visados, marcas de los lugares de dónde vienen y a dónde se dirigirán. No hay un lugar en el mundo en que no reposen los huesos de un armenio porque, como recuerda Loussik, «nadie ha muerto donde ha nacido». Rusia, Irán, Estados Unidos, Sudamérica, Rumanía, Bulgaria... Ocho millones de armenios viven actualmente fuera de su patria; sólo tres dentro de ella. Pero no hay armenio que no lleve a gala sus orígenes cristianos y su alfabeto propio. Para ellos es cuestión de justicia histórica que Turquía reconozca plenamente su responsabilidad en el genocidio y que el resto de países conmemore una masacre aún hoy muy desconocida.