Reino Unido sale de la UE

El Brexit vence en el referéndum y abre un período sin precedentes en la UE

Nigel Farage, el líder del partido UK Independence, celebra el resultado del referéndum.
Nigel Farage, el líder del partido UK Independence, celebra el resultado del referéndum.

El primer ministro británico, David Cameron, anunció hoy su intención de dimitir en octubre después de que el Reino Unido votase a favor de la salida de la Unión Europea (UE). El «Brexit» se impuso en el referéndum tras conseguir el 52% del respaldo ciudadano frente al 48% que apoyó la permanencia.► Reacciones: «Hoy es un día triste» ► Cronología: Los 65 años de relaciones de Reino Unido con la UE ►Gribraltar: Picardo pide unidad para superar el «desafío» ► Cine: ¿En qué afecta el sí al Brexit a la industria del cine y el audiovisual? ► Famosos: ¿Qué opinan de la victoria del Brexit?

Llegó el día de la independencia: el temido Brexit ganó. Los euroescépticos lograron ayer el 51,9% de los votos frente al 48,1% que apostó por la permanencia en un referéndum que abre una nueva era en el Viejo Continente. Una ventaja de 1,2 millones de papeletas fue suficiente para generar un «viernes negro» en la Bolsa –donde la libra cayó a niveles no vistos desde 1985– y romper una unión, o para ser más exactos, dos, porque Londres no sólo ha roto su cordón umbilical con Bruselas. El resultado de este histórico plebiscito pone ahora en jaque la propia unión del país. Los nacionalistas escoceses preparan ya la legislación para convocar a las urnas tan sólo dos años después de su consulta de independencia. Y, por su parte, los católicos en Irlanda del Norte, donde gobiernan en coalición con los protestantes, han mostrado ya su deseo de adhesión a la República de Irlanda. Westminster es ahora un barco a la deriva. Y el «premier» David Cameron dejará de ser su capitán. Nadie puede creer aún lo que está sucediendo al otro lado del Canal.

La noche supuso una larga y lenta agonía. El Brexit tomaba ventaja, pero los expertos estaban convencidos de que con el recuento de las grandes ciudades el resultado se invertiría. No ocurrió. No pudieron contener su cara de estupor cuando alrededor de las cinco de la madrugada (hora local) era ya inevitable un divorcio.

Hasta ahora, no hay precedente de que un Estado miembro, y mucho menos del tamaño de Reino Unido, haya abandonado el hoy más que nunca cuestionado proyecto europeo. Argelia dejó la Comunidad Económica Europea (CEE) cuando se independizó de Francia en 1962, los 56.000 residentes de Groenlandia se marcharon en 1985, la colonia caribeña francesa de San Bartolomé salió oficialmente en 2012. Pero ninguno de estos casos se puede comparar con un país de 65 millones de personas que representa la segunda economía del continente. Según Eurostat, la aportación actual de Reino Unido a las arcas comunitarias asciende al 5,8% del total. Se trata de 9.000 millones de euros, una partida que apenas roza el 0,5% del PIB británico.

Cuando se preguntó por primera vez a los británicos si querían unirse a la entonces CEE fue en 1975. Oficialmente, Reino Unido ya se había adherido dos años antes, durante el Gobierno conservador de Edward Heath. Pero durante las campañas electorales que siguieron en 1974, el Partido Laborista prometió que la gente debía decidir en las urnas, y al ganar los comicios cumplieron su promesa. En el plebiscito de 1975 hubo una participación del 65% y el 67,2% del electorado votó a favor de la unión. En el actual, el nivel de participación fue del 72,16%.

La pregunta es: ¿y ahora qué? Los resultados no activan automáticamente el artículo 50 del Tratado de Lisboa, aquel que se redactó en su día puramente por cuestión formal cuando se planteó qué ocurriría si un Estado miembro quería abandonar el «club».

Para ejecutarlo y comenzar en firme los trámites de la ruptura es necesaria ahora la notificación del Ejecutivo británico. Y eso no ocurrirá, como mínimo, hasta octubre. Un abatido David Cameron salió ayer a las puertas de Downing Street para anunciar con voz rota su dimisión. El aún «premier» sólo continuará con su cargo hasta finales de verano, cuando el Partido Conservador celebre su congreso anual y decida quién será el nuevo líder y, a la vez, el nuevo inquilino del número 10.

Por el momento, se descartan elecciones anticipadas. Entre otras cosas porque la oposición tampoco cuenta con candidato elegible. Los diputados laboristas quieren aprovechar la tormenta para deshacerse de Jeremy Corbyn, al que le echan en cara su pasividad durante toda la campaña. Es pronto para adelantar quién podría convertirse en el nuevo primer ministro británico, aunque el ex alcalde de Londres Boris Johnson, cabecilla de la campaña por el Brexit, cuenta con bastantes papeletas. Sea él u otro, cuando se active la notificación del artículo 50, las negociaciones con Bruselas no podrán extenderse más de dos años, a menos que el resto de Estados miembros quiera ampliar el plazo oficial. En definitiva, se trata de un divorcio en el que una parte solicita la ruptura y la otra fija unilateralmente los términos.

Se baraja también la posibilidad de que durante estos 24 meses, Reino Unido pueda en algún momento dar marcha atrás en el hipotético caso de que el trato ofrecido por Bruselas sea muy pobre. Ningún artículo en el Tratado de Lisboa impediría que Londres convocara otro plebiscito. Sin embargo, Cameron ya adelantó que una salida sería «una salida sin retorno».

De hecho, el incentivo para el resto de Estados miembros no es actuar con generosidad. Los votantes de toda Europa están desilusionados con la UE. Los partidos populistas en Francia, los Países Bajos o Italia miran muy de cerca el proceso. El último mensaje que se quiere lanzar desde Bruselas es que, tras el Brexit, hay una vida mejor.

Uno de los puntos más complejos, sin duda alguna, será establecer la nueva relación de Reino Unido con el mercado común europeo. Canadá ha tardado siete años en negociar y el acuerdo aún no ha entrado en vigor. Por otra parte, está la situación migratoria, que afectará a los más de 200.000 españoles que viven actualmente en suelo británico.