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El campesino que quiso reinar en el hampa

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La segunda vida del hombre más buscado, del mexicano que hasta ayer lideraba el salón de la fama del narcotráfico y dominaba por igual las listas de la DEA y de la revista «Forbes», comenzó cuando decidió escapar en un carro de lavandería de la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande, en Jalisco. Corría enero de 2001, las guerras del narco que desangran México todavía no habían estallado. Joaquín, «El Chapo», Guzmán volvía a ser un hombre libre y se sentía destinado a ser el verdadero capo de un negocio transnacional que, según el Gobierno mexicano, mueve en el país 60.000 millones de dólares al año.

Nacido en Sinaloa hace 56 años, un estado norteño bañado por el Pacífico, el Chapo podría pasar por un tipo corriente. Bajito, moreno, regordete y con bigote, hay quien pensaría que no cuenta con el carisma que se le presupone al último gran narco de América Latina. Al último en recoger el testigo de Pablo Escobar y otros criminales que han construido a su alrededor una leyenda de poder, capaces de poner contra las cuerdas a Fuerzas Armadas, cuerpos de Policía e inteligencia de México y Estados Unidos. Como su anatomía, «El Chapo» no dejaba de ser un narco vulgar, incluso cuando fue detenido en Guatemala y encarcelado. Devoto de la Virgen de Guadalupe y de Jesús Malverde, un bandido de Sinaloa venerado como santo pagano, se inició trabajando como agricultor y robacoches. Poca cosa. Pero su talento para los negocios y las alianzas, su falta de escrúpulos, su determinación para aguantar el pulso de la guerra contra el narco emprendida por el ex presidente Felipe Calderón, y sobre todo, su resistencia ante los embates de otras poderosas bandas criminales, lo encumbraron en la historia mexicana de la infamia. El cartel de Sinaloa se convirtió en una poderosa industria, capaz de controlar todas las aristas de este negocio ilegal y suministrando toneladas de droga a territorio estadounidense. «El Chapo» ya era una leyenda, con miles de historias conspirativas sobre sus nexos con las autoridades o su don para desvanecerse ante cualquier cerco policial.

Su biografía ha sido glosada en canciones de famosas bandas mexicanas como los Tucanes de Tijuana o los Canelos de Durango. Los narcocorridos han musicalizado una vida admirada por quienes ven en esta narcocultura una salida fácil a la pobreza, pero no esconden el miedo y el odio que ha cultivado, siempre en el centro de la espiral de violencia que ha dejado 120.000 muertos en México en los últimos seis años. Su ejército de asesinos convirtió en un infierno ciudades como Juárez, y peleó palmo a palmo las rutas de transporte de la droga a los sanguinarios Zetas.

Los medios de comunicación terminaron de forjar su reputación internacional. La revista «Forbes» lo incluyó en su lista de los más ricos del mundo, junto a personajes como Bill Gates o Carlos Slim. Y la explosión de las redes sociales no hizo sino potenciar el mito. Se creó una cuenta falsa en Twitter con su nombre, donde el supuesto Chapo comparte su visión de la vida, con reflexiones, consejos y amenazas. Pero han sido sus hijos quienes han utilizado internet para publicitar su narcoestilo de vida, plagado de tópicos: armas de gran calibre, mujeres, cachorros de león, tigres, coches deportivos y maletas llenas de fajos de billetes. El alarde de sus hijos en la Red es la prueba de que los tiempos han cambiado desde que «El Chapo» dejó de ser un campesino para reinar en el hampa. Su caída abre una nueva etapa en la industria de la droga. Una era sin el último capo.