Cárcel

El último prisionero de Tiananmen

Tras la masacre de Tiananmen en 1989, vino la persecución sólo queda una persona entre barrotes: Miao Deshun, el último prisionero de Tiananmen.

Tras la masacre de Tiananmen la noche del 3 al 4 de junio de 1989, vino la persecución: juicios sumarísimos y miles de encarcelamientos de estudiantes y trabajadores. Hoy, 25 años después, sólo queda una persona entre barrotes: Miao Deshun, el último prisionero de Tiananmen.

Miao, empleado de una fábrica, tenía sólo 25 años cuando fue apresado junto a otros cuatro amigos más. Ocurrió la noche del día 4, poco después de que el Ejército irrumpiera con sus tanques en las calles de Pekín y acabara con casi siete semanas de manifestaciones a balazos.

Su detención se produjo después de los cientos -o miles, según algunas fuentes- de muertes de estudiantes y huelguistas obreros que se habían unido en la emblemática plaza de Tiananmen para pedir reformas democráticas al régimen -que no su caída-, y el fin de la rampante corrupción.

Tras enfrentarse, junto a otros trabajadores, al Ejército, el joven fue acusado de "incendio provocado", por lanzar supuestamente una papelera a un blindado en llamas. En base a ese delito, el régimen le condenó a muerte, pero su ejecución fue suspendida en varias ocasiones y, finalmente, su pena, conmutada. Su salida está prevista para 2018.

"Es un tipo introvertido, muy crítico, muy delgado y alto", recuerda hoy su compañero de celda durante tres años, el artista Wu Wenjian, quien dejó la prisión en 1995 tras ser condenado a seis años por unirse a las protestas.

En conversación telefónica con Efe, Wu explica su paso por la cárcel 1 y 2 de Pekín junto a Miao, donde ambos fueron maltratados y tratados "peores que a criminales". Cada día, los presos eran obligados a levantarse al amanecer y trabajar hasta las diez de la noche, en su caso, ensamblando raquetas de bádminton.

Wu recuerda a su compañero de celda como un hombre que "no dejaba de luchar". "Sufría mucho, nunca dejaba de criticar a las autoridades, no aceptaba la pena, se negaba a realizar cualquier trabajo en la cárcel y luego desarrolló hepatitis", cuenta Wu desde su casa en Pekín, donde desempeña su vida de artista con 44 años.

Según Wu y otros condenados, ese carácter combativo es precisamente el que ha llevado a Miao a ser hoy el último prisionero que queda de aquella época, una de las pocas veces en las que el régimen se ha visto seriamente amenazado.

Los informes de organizaciones en defensa de derechos humanos lo ratifican, como el de China Human Rights Defenders (CHRD). "En 2009, para el vigésimo aniversario de la matanza, documentamos ocho casos de prisioneros de Tiananmen que aún seguían en la cárcel. Seis de ellos fueron liberados, y hemos podido saber que otro también fue puesto en libertad en 2011, aunque no tenemos confirmación. Así que Miao es el último", asegura a Efe Renee Xia, directora internacional de CHRD.

A pesar de que muchos de los condenados recibieron penas de muerte o cadenas perpetuas, las autoridades acabaron conmutándolas por otras menores, y, con el paso del tiempo, los miles de encarcelados fueron puestos en libertad. Según diversas fuentes, del total, menos de cien personas fueron ejecutadas.

Pero, a diferencia de otros, Miao nunca se inclinó ante las autoridades para reducir su pena. "La razón de que siga encarcelado es que se ha negado siempre a arrepentirse (de sus actos) o a declararse culpable. Ha insistido siempre en que no hizo nada malo", asegura Xia.

Al parecer, su enfrentamiento con las autoridades le ha llevado a ser trasladado de centro hasta en tres ocasiones, la última en 2003, según ha podido saber la organización.

Su última parada fue un psiquiátrico de Pekín, adonde trasladaron a Miao alegando que sufría una enfermedad mental. "Allí ha sido forzado a tomar medicamentos y ha sido confinado en una cama por largos periodos de tiempo", explican desde CHRD.

Allí es donde, a día de hoy y 25 años después de la masacre, el trabajador, de 50 años, sigue pagando por Tiananmen, mientras su hermana, en Pekín, también se enfrenta al control de las autoridades, que vigilan sus movimientos.

"No he podido contactar con ella en mucho tiempo, pero sufre presiones", asegura un amigo cercano a la familia que también conoció a Miao en la cárcel, quien se lamenta de que los trabajadores fueron los "más afectados"tras la masacre.

"Recibimos las penas más duras -subraya-, pero nadie clamó por nosotros".