España en verano: Sesenta veces Merkel

La mujer más poderosa del mundo celebra hoy su cumpleaños con una fiesta para 1.000 invitados

Montaje de Reuters de Merkel con distintos modelos desde 1995 hasta ahora
Montaje de Reuters de Merkel con distintos modelos desde 1995 hasta ahora

El fracaso de las utopías políticas o un saber científico que da palos de ciego ante su intrincada realidad han dejado claro que si hay un principio fundamental que define a nuestra época es la ausencia de los mismos pero que sobre todo lanza al aire una pregunta: ¿cómo ha de ser un político en el siglo XXI si mañana, y de forma inesperada, deviene otra crisis del euro u otro 11 de septiembre? Angela Merkel, canciller de Alemania y que hoy cumple 60 años, es la respuesta. Así lo estima el periódico «Die Zeit» que además la define como «la política más moderna de este siglo». Un elogio que, a tenor de este aniversario, no solo llega desde su propio país. Desde el otro lado del charco, el «New York Times» asegura que «desde Catalina la Grande, Merkel es la mujer más poderosa de Alemania». Y de todo el mundo, puntualizaría la revista «Forbes», que nuevamente la ha situado este año, y por novena vez, en lo más alto de su ranking. Pero, ¿qué se esconde detrás de Angela Merkel? Pocas personas lo saben y los intentos por llegar a esa esfera privada han sido casi siempre en vano. Un hermetismo que quedó de nuevo patente durante su reciente viaje a China. A la pregunta de una estudiante por las diferencias entre su hacer político y el de los hombres, Merkel respondió: «No es fácil decirlo porque no soy un hombre». Típico de Merkel. Ella responde sin responder. Un instinto, cauto pero correcto, reflejo de sus años bajo el régimen comunista de la República Democrática Alemana (RDA), país en el que se crió, y de una educación guiada en sus primeros años bajo la batuta de un padre, reverendo luterano, y de una maestra que se vio privada de su ejercicio por razones ideológicas. Según sus propias palabras, Merkel tuvo «una infancia maravillosa», aunque también recuerda como, con las visitas de sus primos del oeste, se hacían más palpables las diferencias entre las dos Alemanias. «A mi madre siempre le preocupaba esa situación –asegura-. Mis primos siempre vestían mejores ropas que nosotros, pero esa circunstancia nunca me importó». Al contrario, Merkel cursó bachillerato con un expediente escolar brillante especialmente en matemáticas y ruso y años después, en 1973, ingresó en la Universidad de Leipzig para cursar estudios de física. Allí conoce a Ulrich Merkel –de quien toma el apellido- y con el que contrae matrimonio a la edad de 23 años. Ya en Berlín, Angela comienza a trabajar en un laboratorio, pone fin a su matrimonio y obtiene el doctorado en Física bajo la tutoría del profesor Joachim Sauer, asimismo divorciado y padre de dos hijos, con quien inició una relación sentimental que no sería formalizada en segundas nupcias hasta el 30 de diciembre de 1998. La pareja no tuvo descendencia y ella, por razones que no han sido aclaradas, no adoptó el nuevo apellido de casada. Por lo que se refiere a Sauer, ejerce con una cátedra de Química en la Universidad Humboldt de Berlín. Poco más se sabe de la vida sentimental de la canciller que no sea que reside discretamente junto a su marido en su piso de toda la vida en el centro de Berlín.

«Es una persona muy cerrada que aprendió bajo el régimen de la RDA a no expresar nunca lo que piensa», dice su biógrafo, Gerd Langguth. Una postura que cumple a rajatabla en lo que se refiere a su vida privada y que comparte sin ningún tipo de titubeo con su marido que parece dispuesto a seguir enarbolando sin ningún tipo de perjuicio el título de «fantasma de la ópera»; apodo que le ha puesto la prensa alemana ya que al solo se le suele ver en público en contadas ocasiones, como en la ópera, a la que el matrimonio es aficionado. Esta situación, sin embargo, no ha impedido a Angela Merkel tener una relación casi maternal con los alemanes. Al igual que muchos de ellos, la canciller se relaja con tareas prácticas como la cocina, con una buena dosis de sueño, y en Navidad esquía. Sus asistentes cercanos dicen que nunca grita, sino que recurre al sarcasmo. También, al igual que muchos de sus conciudadanos, Merkel elige la playa como destino vacacional y, en los últimos años, se le ha visto en diferentes localizaciones costeras del Mediterráneo no sin antes dar la orden en Berlín de que no se la moleste amen de una privacidad que muchas veces se ha visto interrumpida ante la tenacidad de algunos fotógrafos de prensa. Aficiones que le impiden pensar en política –dice–, en una de las pocas alusiones a su esfera privada, y eso es algo «que sienta muy bien». Además, le aterran los perros y los caballos, disfruta de las óperas de Wagner, descansa en su cabaña los fines de semana y le gusta ver los partidos de fútbol, como quedó patente otra vez con el último Mundial.

Muchos alemanes saludan su pragmatismo y simplicidad. Una sencillez que ha caracterizado siempre su persona y atuendo. Distante del glamour, Merkel es fiel a su impronta sencilla aunque ligeramente pulida –a base algunos consejos de estilismo– desde que alcanzó el mando del gobierno. Un estilo que sigue siendo objeto de atención y crítica en algunos eventos como el Festival de ópera de Bayreuth, en Baviera. Una cita imperdible para los amantes de Wagner pero que sin embargo, parece no preocupar a la canciller quien no dudó en repetir vestido a pesar de ser un evento que colapsa durante días a la prensa rosa. Lo que no disminuye son sus altísimos índices de popularidad. Un 77% de los alemanes aprueban a la canciller y uno de cada cuatro, según un estudio que publica la revista «Stern», estaría encantado de que Merkel se quedase en su cargo otros diez años más. Algo que no se cumplirá si nos atenemos a los todavía rumores que circulan entre la prensa del país y que apuntan a que Merkel podría incluso renunciar a su cargo antes de terminar esta legislatura. Hasta que se puedan confirman o no esos ecos, lo que es seguro es que la canciller celebrará hoy su cumpleaños de una manera distinta. Fiel a su estilo.