Los cadáveres sin nombre de Nepal

Pema Lama es rescatado por los servicios de rescate.
Pema Lama es rescatado por los servicios de rescate.

El olor a carne putrefacta es tan intenso que se impregna bajo los poros de la piel. Unos 1.500 cuerpos han sido acumulados desde el sábado en la morgue del hospital Teacher, uno de los tres más importantes de Katmandú. Ahora solo quedan 16 cadáveres que todavía no han sido reclamados. La escena parece sacada de una película de terror. La morgue es una sala diáfana rodeada de grandes ventanales desde los que se pueden ver los cadáveres tirados en el suelo. Algunos de ellos están tapados con plásticos azules y otros completamente al descubierto. Para mantener los cuerpos sin que lleguen al estado de descomposición les colocan bloques de hielo. En el exterior, junto a los grupos de voluntarios que transportan los cuerpos y la Policía metropolitana y científica hay un panel con fotocopias de los cadáveres –totalmente desfigurados– por si viene la familia a reclamarlos. Los cadáveres por los que nadie pregunta permanecerán allí una semana más para después ser enterrados en «un descampado, por si en unos meses viniera la familia a reclamar los huesos», explica a LA RAZON el teniente Achrya.

De repente, aparece un todoterreno que se detiene en la puerta del tanatorio. Varios voluntarios entran en el recinto, cargan con un cuerpo y lo suben a la vaca del vehículo. Las ambulancias son escasas, así que tienen que ingeniárselas con cualquier vehículo lo suficientemente grande para transportar a un muerto. «Los devolvemos a la familia para que lo lleve a incinerar o a enterrar», indica el teniente. El 90% de los nepalíes es hinduista y suelen incinerar los cadáveres. Pero también hay cristianos que son enterrados en cementerios. En la explanada y los jardines del hospital hay plantadas tiendas de campaña de damnificados que tienen algún familiar ingresado. El centro hospitalario está colapsado. En la entrada hay puntos de información con las listas de los heridos para que los familiares puedan localizarlos. También hay una caseta para la previsión de epidemias en la que se dan consejos de higiene personal y alimentaria. Además de los heridos por el terremoto, el hospital se ha llenado de enfermos por infecciones, cólicos y diarreas. El agua potable escasea en Katmandú y su precio se ha disparado. Las personas más vulnerables son los niños y la gente mayor, que vive ahora en campamentos improvisados, rodeados de inmundicias, excrementos de vacas y sin agua. «Les hemos pedido a la autoridades que por favor incineren los cadáveres en 48 horas, porque de lo contrario la población corre el riesgo de epidemias», advierte el doctor Prem Khanda, coordinador del hospital.

El personal hospitalario asciende a 700 profesionales, entre médicos, enfermeras y ayudantes. «No damos abasto», se queja el doctor. «Ha sido una locura. Heridos tirados por los pasillos por falta de camas. No hay ni anestesia para operar de urgencia ni antibióticos orales. No tenemos suficientes prótesis y hemos tenido que hacer muchas amputaciones», añade.

Hay zonas de la ciudad, como el barrio de Thamel, en las que a uno se le olvida la magnitud del desastre al ver zocos funcionando y turistas paseando por la calle o tomando una cerveza en los pocos hoteles donde hay agua corriente y no faltan existencias. Pero al llegar a la plaza de Bhaktapur Durban el panorama es desolador. La zona está totalmente devastada. Montañas de escombros y templos derribados y hay un penetrante olor a putrefacción. «Aún quedan cadáveres sepultados», explica Khutchig, un voluntario chino que participa en las labores de rescate.

Este grupo de bomberos chinos ha formado patrullas para ayudar a la Policía metropolitana a encontrar cadáveres sepultados. Con palas escarban entre las montañas de escombros para buscar cuerpos. Esas palas se toparon hace un par de días con dos cuerpos más. Los de aquellos que no pudieron salir a tiempo de sus casas. Sus pertenencias y enseres ahora están a la vista de todos. «Nos encontramos en el corazón de la tragedia, en lo que se llama también la zona cero de Katmandú. Aquí el olor a muerto es indescriptible, debajo de estos escombros había familias completas sepultadas», describe otro voluntario nepalí. La solidaridad es el bien más preciado ante una catástrofe así. La Asociación de Organizaciones Juveniles de Nepal está plantando letrinas y repartiendo sacos de arroz en Bhaktapur. «Hemos movilizado a 400 voluntarios. Muchos jóvenes vienen todos los días a preguntar si pueden ayudar. La gente quiere hacer cosas por los demás», comenta ilusionada Sachin Timal, coordinadora de los voluntarios.

Los supervivientes llevan semanas acampados en tiendas lejos de sus casas sin mas pertenencias que lo puesto. Ahora, algunos se atreven a regresar a sus hogares para recoger lo poco que les queda, arriesgando sus vidas para recuperar parte de su pasado. Sanu Sheresha, una mujer de sesenta años, se sienta sobre una alfombra de escombros junto a su casa desplomada. «No hay nada que hacer. Si hemos sobrevivido es porque los dioses lo han querido y si morimos también es la voluntad de los dioses», dice con resignación. Sheresha no se fía de las promesas del Gobierno que ha anunciado ayudas urgentes de 40.000 rupias (unos 400 euros) para cada damnificado.

Hay algunos que han sabido sacarle partido a la catástrofe. Se acerca a las ruinas de los templos y cogen piedras, trozos de muro o de esculturas de elefantes como souvenir para después revenderlos. Otros separan los ladrillos que están intactos de las casas derrumbada para reutilizarlos. «El precio del ladrillo se ha duplicado. No voy a perder la oportunidad de tener el material gratis o venderlo», dice descarado un hombre, mientras de cuclillas sigue escarbando entre los escombros.

El barrio de Bhaktapur ha sido testigo de dos grandes terremotos en 80 años. El primero golpeó Nepal en el año 1934, y se llevó la vida de 8.500 personas. El del sábado sigue cobrándose víctimas a medida que los desaparecidos se convierten en muertos. Las hogueras siguen ardiendo en este valle milenario.