Los demócratas, tras la fórmula para reconquistar la Casa Blanca

Después de no ver materializada la «ola azul» en las últimas elecciones, la oposición a Trump trata de sacudirse la depresión de encima y encontrar lo más básico para un partido: un líder y un programa.

Después de no ver materializada la «ola azul» en las últimas elecciones, la oposición a Trump trata de sacudirse la depresión de encima y encontrar lo más básico para un partido: un líder y un programa.

¿Escorarse a la izquierda, con las reclamaciones por una sanidad universal y gratuita o regresar a la senda convencional, que de-sembocó en programas como el Obamacare? ¿Primar el discurso, para muchos radical, de candidatas como la hispana Alexandria Ocasio-Cortez, cercana a las tesis de los grandes líderes espirituales de la rebelión en las primarias de 2016, es decir, Elizabeth Warren y Bernie Sanders, o privilegiar la melodía liberal y centrista del viejo vicepresidente Joe Biden, y por supuesto, del hombre más añorado por los suyos, o sea, Barack Obama? Los demócratas tenían muchas cuitas que resolver el pasado 6 de noviembre. Había que seguir los resultados al detalle, tasar cada discurso, subrayar qué subía y qué no. Con suerte emergería el camino para regresar a la Casa Blanca en dos años. Claro que resulta imperativo lograr un triunfo resonante. Algo que enardeciera a los suyos e hiciera creer en la posibilidad de derrotar al actual presidente. Y eso, justo eso, fue lo que pareció peligrar durante la madrugada del 6 al 7 de noviembre.

«Para ser honesto, y voy a serlo... Creo que estuvo cerca de ser una victoria completa». Así resumió Donald Trump los resultados del 6 de noviembre. Bien. Resulta natural que el presidente venda optimismo. Hizo de los comicios un plebiscito unipersonal. Pero nadie desde la bancada demócrata alzó la voz. A dos años de 2020 el partido parece arrastrar una suerte de depresión. En realidad el juicio del presidente no distaba del de muchos comentaristas. La del martes, decían, fue una noche sin vencedores ni vencidos. Los demócratas habían recuperado el Congreso; los republicanos aumentaban en tres escaños su mayoría en el Senado; ambos partidos ganaban y perdían gobernadores. Sin embargo en los días previos las menciones a la «ola azul» fueron tan abundantes, la sensación de hartazgo contra la Casa Blanca tan evidente, la euforia alrededor de candidatos como Beto O´Rourke tan contagiosa, que todo lo que no fuera un descalabro republicano acabó por sonar a derrota.

En el ánimo demócrata influyó la previsible derrota de Andre Gillum frente a Ron DeSantis en la carrera por el cargo de gobernador. Contó que O´Rourke no fuera capaz de vencer al senador Ted Cruz en Texas, por más que el joven demócrata hubiera batido todos los récords de recaudación en campaña sin apoyarse en los cheques corporativos. Había que asumir la victoria republicana en Ohio, otro Estado decisivo de cara a las presidenciales de dentro de dos años y en el que será gobernador el republicano Mike DeWine, que arrasó al demócrata Richard Cordray. Por supuesto Stacey Abrams tampoco logró ser gobernadora de Georgia. Ahora bien, muchas de las carreras estaban demasiado ajustadas, las diferencias eran demasiado pequeñas y faltaban votos por contar.

A medida que pasaron los días, más y más escaños en las dos cámaras han ido a parar a manos demócratas. Ha sucedido por ejemplo en Montana, donde acabó por imponerse el senador demócrata Jon Tester. Y en Nevada, donde Jacky Rosen venció al senador Dean Heller. Por no hablar de triunfos de gran calado simbólico, y quizá ninguno mayor que el de la demócrata Laure Kelly, que será la nueva gobernadora en Kansas. Ganó con soltura al republicano Kris Kobach y, sobre todo, se impuso en un Estado que suele pasar por el termómetro de las recientes debacles demócratas. Pero es que además poco antes de cerrar este artículo las autoridades electorales de Florida anunciaron que los resultados son tan ajustados que habrá que realizar un nuevo recuento de los votos, tanto automático como posiblemente también manual. Ciertamente esto podría costarle su sitio en el senado al demócrata Bill Nelson a favor del aspirante republicano Rick Scott. No es menos cierto que vuelve a abrirse la posibilidad de que el que fuera alcalde de Tallahassee, el ya citado Andrew Gillum, acabe siendo gobernador en detrimento del ex congresista DeSantis. De lograrlo, la euforia en la bancada azul está garantizada. No en vano Gillum, junto con el joven Beto, es una de las grandes apuestas de futuro del partido. Quién sabe si no posible candidato a la presidencia.

La pelea por los gobernadores cobra una importancia extra si tenemos en cuenta que en 2020 volverán a rediseñarse muchos distritos electorales y que los gobernadores resultarán claves. La última vez que esto sucedió, en 2010, la gran victoria republicana permitió acomodarlos a sus necesidades electorales. Igual de importante, al menos en Florida, será la aprobación de la Enmienda 4, que devuelve el derecho a voto de más de 1,5 millones de ciudadanos del Estado con antecedentes penales. De vuelta al Senado es obvio que los republicanos lograron una estupenda victoria. Por más que los demócratas pusieran muchísimos más escaños en juego, sus rivales ampliaron en tres su mayoría. Pero en el Congreso, y a medida que han ido llegando nuevos resultados, la victoria demócrata empieza a parecerse bastante a la prometida ola azul. Nada menos que 225 por 197 escaños, a falta de contar otros 11, de los cuales los demócratas podrían ganar al menos media docena.

Si la victoria demócrata supera finalmente los 30 escaños de distancia el país estaría, tal como recordaba el columnista de CNN Chris Cilliza, ante la mayor victoria en el Congreso de los demócratas desde los días del Watergate: «En resumen: cuando todos los votos de las elecciones de 2018 sean finalmente contados se parecerá a un muy buen resultado a nivel nacional para los demócratas. ¿Fue un A +? No. Pero desde luego algo muchísimo mejor que una C». Una victoria en el Congreso que les permitirá, para empezar, poner en marcha toda una batería de investigaciones. Dedicadas, por ejemplo, a las finanzas del presidente, y por supuesto a sus declaraciones de la renta. Con ramificaciones obvias al Rusiagate, la madre de todas las investigaciones, que atraviesa momentos dramáticos después de que la Casa Blanca haya elegido de forma interina a un fiscal general, Matt Whitaker, abiertamente contrario al trabajo de Mueller.