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Los padrinos de un régimen atroz

Tiempo de lectura 4 min.

16 de abril de 2018. 00:28h

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Manuel Coma.  16/4/2018

Siria está en el centro de Oriente Medio, pero no del mundo. Sin embargo, la guerra civil siria, comenzada hace siete años como episodio de la ilusoria y enterrada Primavera Árabe, tuvo desde el principio muy decisivas ramificaciones internacionales. Todo el entorno medio oriental, y no sólo los fronterizos, se sintieron directamente implicados. Siria se convirtió en el compendio de todos los conflictos de la zona. Por un lado, la división islámica que enfrenta irreductiblemente a chiíes y suníes, los primeros encabezados por Irán que intenta consolidar su influencia en Irak, gobernada por correligionarios, y cuenta como peones de brega a sus fieles del Hizbulá libanés, y pone bajo su tutela al régimen sirio, dominado por una minoría alauí, habitualmente despreciada por los ayatolás de Teherán, pero acogida ahora en el seno chií, por serias razones de política de poder. Respecto al este, Irán alienta la guerra civil yemení, difuminando las diferencias religiosas respecto a otra herejía local del chiísmo, al que presta su apoyo militar.

El mundo suní se siente mortalmente amenazado por esa gran maniobra envolvente, pero carece de un liderazgo claro y está desgarrado por sus propias disensiones internas. Egipto se ve absorbido por el esfuerzo de sostener a una población de noventa millones en el estrecho valle del Nilo, del que, según Herodoto, el país era un don, cuando tenía dos o tres millones de habitantes. Arabia Saudí, al frente de las monarquías del Golfo, hace lo que puede, pero no tiene densidad demográfica suficiente y su opulencia se ve mermada por los precios del petróleo. Los regímenes tradicionales ven su supervivencia amenazada por la ultraortodoxia islámica de la Hermandad Musulmana, que llegó a ganar las elecciones en Egipto y fue desbancada por un cruento golpe militar. Unos pasos más allá están los yihadistas, que buscan la pureza coránica a través del terror. Todas estas tendencias tienen sus versiones locales sirias, que se han sostenido gracias a los apoyos de sus afines externos.

¿Y Occidente? Nos hemos rasgado las vestiduras por la extrema brutalidad del régimen sirio. Lo más desastroso sería un vuelco total del, o los, precarios equilibrios medio orientales a favor de una hegemonía irano-chií en toda el área y un fortalecimiento de los fundamentalismos islamistas en el ámbito suní. Pero nadie quiere meterse en líos. Irak y Afganistán han bastado. En todo caso, en Europa nadie mueve un dedo sin iniciativa americana. Obama pretendía ser un liquidador de guerras y un predicador de pacifismos y humildad americana. Trump sólo prometió liquidar el Estados Islámico, lo que, como estado territorial, ha hecho. No consigue desembarazarse de Afganistán y se encuentra con que Putin se lo pone difícil con Rusia, la cual, con una intervención muy modesta, ante las mismas narices del presidente que quiere devolver a América su grandeza, consigue cambiar las tornas en Siria, asegurándole la victoria al régimen y por ende a su padrino Irán y recuperando para sí misma un protagonismo en la zona, perdido con el derrumbe soviético, y de muy buena venta entre su propio electorado, siempre que resulte barato. Trump se sintió obligado a hacer algo cuando Asad lo desafió descaradamente, cruzando la línea intensamente roja del uso de armas químicas, que se había comprometido a eliminar bajo los supuestamente severos ojos de Putin, mediador en su día para salvarle la cara a Obama. Trump no quiso que lo pudieran comparar con él, pero su intervención de hace meses fue menor que las llamadas «pinpricks», alfilerazos, cuando Clinton castigaba a Hussein por la violación de sus acuerdos de desarme. Ahora Asad ha vuelto a las andadas y Trump ha aceptado el reto con una respuesta rápida y espectacular, más en el plano diplomático, por los aliados que ha implicado, que en el militar, con mucho ruido pero con objetivos muy delimitados. La cuestión no es Damasco, sino Teherán y Moscú. Si no hay continuidad no será suficiente. El objetivo tiene que ser pesar decisivamente en una paz definitiva, que no puede ser ideal para ninguna de esas capitales.


GEES. Prof. (jub.) de Mundo Actual (UNED)

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