Política

Investidura de Obama

Quebraderos de cabeza

La Razón
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Al inaugurar su segunda legislatura, Obama se enfrenta a un buen número de problemas urgentes en el extranjero que, en contra de su propaganda electoral, no se solucionaron en su primera legislatura. Empecemos por donde el presidente logró su principal éxito en política exterior: el ataque a Osama Bin Laden. Obama está convencido de que matar a Bin Laden supuso el principio del fin de la lucha contra Al Qaeda y sus tentáculos. Sí, «Bin Laden está muerto y General Motors con vida», como recordaba el vicepresidente en campaña. Pero «el binladenismo» está vivo y coleando. Esto debería quedar patente a partir de lo que está sucediendo en Mali, Libia, Somalia, Yemen o Irak. No tiene que fiarse de mí. «El cáncer se ha extendido a otras partes del cuerpo global», explicaba el secretario de Defensa, Leon Panetta. La lucha contra el yihadismo es un combate generacional que se medirá en décadas, no en campañas electorales. Una de las versátiles herramientas del presidente es librar esta guerra a través de la flota de vehículos de combate no tripulados. Claro que ha logrado éxitos importantes, como eliminar a Al Qaeda, AbU Yahya Al Libi o Anwar Al Awlaki, o atacar a los militantes de Haqqani o a los talibanes sobre el terreno. Sin embargo, han provocado quebraderos de cabeza para la segunda legislatura. En primer lugar, porque se trata de una táctica que se disfraza de estrategia. También resulta éticamente problemático confiar la guerra a robots; el uso de una fuerza aérea no tripulada reviste implicaciones jurídicas y constitucionales; y la proliferación de los vehículos de combate no tripulados abre la puerta a un conflicto de hostilidades accidentales. Para rematar todo esto, expone a EE UU a desafíos significativos en el extranjero. Lo que a los estadounidenses les parece una herramienta esencial de la seguridad, al observador internacional le parece algo muy distinto. Claro que Gadafi es historia, pero Libia es un caos, como prueban los mortales ataques al embajador norteamericano, la incapacidad del Gobierno de transición de poner orden entre las milicias, y los planes de crear en Bengasi una región independiente. Hablando de caos, Siria está ardiendo. El mundo espera a que Washington se ponga al frente de alguna dirección. Sin el liderazgo estadounidense, Siria puede convertirse en la Ruanda de este presidente. Tras 21 meses de inacción, está ya siendo su Bosnia. Y a medida que Asad utiliza de forma progresiva su arsenal químico, es posible que acabe convirtiéndose en la pesadilla del mundo. Los miembros de la coalición en Afganistán se dirigen a la salida. Si la Administración cumple su promesa de retirarse en 2014 y poner el acento en «la construcción de la identidad nacional», Kabul no va a poder parar a unos talibanes a la carga. Irak ofrece un aperitivo pesimista de lo que le espera a Afganistán. En su favor hay que decir que el presidente impuso impresionantes sanciones para obligar a Irán a renunciar a su programa nuclear. Sin embargo, eso es solamente una parte de la historia. El Servicio de Información del Congreso concluye que «el principal objetivo de las sanciones internacionales –obligar a Irán a limitar su programa nuclear de forma verificable al uso estrictamente pacífico– no ha sido satisfecho». De igual forma, el presidente tiene que reconocer que una política de éxito hacia Rusia tiene que lograr resultados y no lemas. El rédito del «relanzamiento» de las relaciones con Rusia por parte de la Administración ha sido un reforzado Vladimir Putin que se ha retirado del tratado de reducción de armas nucleares de Nunn-Lugar, planes de desplegar 2.300 tanques nuevos, 600 aparatos militares, 400 cabezas intercontinentales nuevas y 28 submarinos nuevos, los principales desencuentros bélicos desde la caída de la URSS y el bloqueo de la intervención internacional en Siria. Por último, en 2009, Obama insistió en que «EE UU no pretende contener a China». En 2011 estaba dando a conocer su estrategia del «Pivote en el Pacífico» destinada a contener a China.