La vida en contra de un kamikaze

«He llegado a recorrer 15 kilómetros en sentido contrario. De este modo: incorporándome en el kilómetro 40 en la provincia de Toledo y llegando hasta el kilómetro 28, a la altura de Navalcarnero. Me han detenido en no pocas ocasiones, pero yo seguía, hasta que recapacité. Cada vez que hacía algo así, sudaba, me ponía muy nervioso antes y después, pero nunca durante el recorrido. El bajón viene luego cuando recapacitas y piensas que podías haber matado a un inocente y haberte matado tú. Pero en ese momento sólo piensas: ''Marica el último''». Así expresa sus antiguas prácticas Juan Gómez (nombre ficticio), en lo que la Fiscalía de Seguridad Vial llama «delincuentes viales multirreincidentes».

En ocasiones aumentan y en otras disminuyen, pero se mantienen en el tiempo y con las mismas prácticas: un piloto suicida que avanza por una autopista a más de 250 kilómetros o un conductor temerario que, previa apuesta, se cruza en dirección contraria con un padre de familia. Da igual el recorrido, el resultado siempre es igual: una media de 130 accidentes anuales, según cifraba en el 2008 Luis Montoro, Catedrático de Seguridad Vial de la Universidad de Valencia y miembro fundador y director del Instituto Universitario de Tráfico y Seguridad Vial (Intras). Según la Guardia Civil, «a vuela pluma, porque no tenemos estadísticas, el 98% de las conducciones imprudentes, no son volitivas, sino debidas a otras causas como ancianos con malos reflejos, despistes, embriaguez, drogas...».

Para la Fiscalía de seguridad vial, son 313 procedimientos incoados en lo referente a los delitos contra la seguridad en vías públicas. Pero hay un dato que escuece a las víctimas y escama a los expertos: el gusto de estos pilotos suicidas por colgar sus hazañas en la red. Como muchos otros, un joven andorrano de 24 años lo hizo el año pasado, y así pudo localizarle rápidamente la Policía para imponerle una multa de cinco mil euros.

«Como una droga»

«Allí donde haya velocidad, alcohol y apuestas, siempre hay chicas. A veces viendo los piques, otras de copiloto. Se "maquean"de acuerdo con la tapicería del coche o lucen los colores del vehículo, a modo de estandarte... ¡Son las más cañeras!», explica Pablo Pérez (nombre ficticio, también), ex conductor kamikaze. «En el fondo se parece a la escena del canal en la película ''Grease", cuando compiten en una carrera ilegal, Danny, como representante de la banda de los T-Birds y Leo por la de los Scorpions».

En su larga veintena, Pablo ha logrado llevar más de tres años rehabilitado de la velocidad: «Es como una droga». A los quince le enseñaron a conducir los amigos mayores de su barrio humilde. A partir de ese momento, «comencé a hacer piques en rectas para ver qué velocidad podía sacarle a un Renault Mégane, luego te metes a ayudante de mecánico, controlas de qué va el motor y acabas pilotando un BMW. Ni sé los trastos que destrocé. Primero, sólo era en rectas, luego se pasa a hacerlo en las rotondas, tirando de freno de mano y jugándote la vida. Todos queríamos ser los mejores. Si lo sumas a un sábado, después de haber hecho botellón, con tu piba mirándote y una apuesta de entre 150 y 300 euros, ¡la cosa arde! Te vienes arriba y te da igual el coche, tu vida y la del contrario. Aunque luego pienses que eres un imbécil. Yo he llegado a competir por menos de 50 euros. La cuestión nunca es la pasta, es la energía».

Habla de conducción temeraria, carreras ilegales que se disputan viernes o sábados en la noche en una urbanización privada, una carretera solitaria o un polígono donde la «poli» o «los picoletos» no puedan llegar, «y si llegan, tiene que haber espacio para salir escopetado. Hay gente de mi entorno –prosigue Pablo– que daba un paso más allá: amén de tener un "pique"pactado y apostado con otro compañero, se jugaban retar a cualquier conductor de la autopista con el que se cruzaran. De cada tres, uno te reta, seguro».

Vida peligrosa

Todos son aficionados a la mecánica, apasionados de los motores, fanáticos de la velocidad. La mayor parte termina trabajando en el gremio, por lo que pueden «tunear» su coche para mejorarlo: rectificar pistones, culatas, reprogramar –o «chipear»– las centralitas electrónicas. «Incluso después de cada fin de semana, con el vehículo machacado, lo llevas al taller donde trabajas o al de un amigo que tiene un perito colega de la aseguradora y hace la vista gorda. Y de nuevo a empezar. Es un círculo vicioso del que no sales, como no rompas con los amigos de siempre», dice Pablo, que innumerables veces se ha roto las muñecas, una costilla, la clavícula y otras lesiones, pero «nunca fui a más y jamás tuve un choque con un inocente». A día de hoy, él, como muchos otros, ha dejado tales prácticas. «En mi caso fue por amor. Enamorarme me hizo entrar en el lado legal de mi vocación y contacté con "El Pera". Me ayudó. Su primera frase fue: ¿Qué me vas a contar a mí...?».

«El Pera» es Juan Carlos Delgado, quien después de un pasado de chico malote de barrio –robaba coches con sólo 9 años–, relatado tanto en la literatura como en el cine («Volando voy»), hoy tiene la escuela «Stunt Drivers by El Pera», donde ofrece cursos de conducción avanzada destinado a Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, chóferes y personas que conduzcan bajo situaciones peligrosas así como formación para especialistas de cine.

Él nos cuenta la cara B de esta afición temeraria: «Se habla mucho de los chicos "poligoneros"que practican conducción kamikaze, pero ¿y la gente de clase alta?». Se refiere a competiciones como la famosa Gumball, en la que millonarios con Aston Martin, Ferrari o Bugatti Veyron, contratan a un profesional del volante a razón de 10.000 euros el día. El rico va de copiloto, y el reto a lograr puede ser hacer un Paris-Marrakech, en el menor tiempo posible, como la celebrada en España en el 2004, donde participó el actor Adrien Brody en la que fue detenido el creador de Megaupload, Kim Dotcom.

Tras ser multado por participar en la competición ilegal con 315 euos por los Mossos d'Esquadra, fracasó al intentar sobornarlos. «Pero como son extranjeros, las más de las veces pagan la multa en metálico y continúa la carrera. En el hotel de lujo más próximo les espera la parada. Se reúnen con sus parejas, que vienen en aviones privados, en una cena de cuatro estrellas para alardear de sus hazañas. Es el contrapunto a los chavales de barrio; pero la práctica es la misma», dice «El Pera»

Los niños bien, nunca pedirán ayuda a Juan Carlos Delgado, los chicos «poligoneros» sí: «Me gusta ayudarles y reconducirles al buen camino, convirtiéndoles en buenos especialistas de cine o monitores de conducción. Es de bien nacido ser agradecido. Yo también empecé mal en mi juventud, por eso sé de lo que me hablo. Es mi forma de aportar un grano de arena a la sociedad. En lugar de buscar anónimos pilotos de rally, prefiero nutrirme de "malotes"de las calles, para que salgan del mundo de las competiciones callejeras y formar profesionales».

Pese a su trabajo, la tragedia, aún hoy, sigue estando servida por esta «fauna sobre cuatro ruedas» Sólo falta saber dónde y cuándo perecerá el próximo inocente.

En busca de nuevas sensaciones

Para la psicóloga Clarisa Hernández, directora del Gabinete Psicoclaramente, «conducir de este modo es una manera de ser alguien, de encontrar su lugar en el mundo, de protestar. Recurren al alcohol y al coche para reducir su ansiedad y aumentar su sentimiento de superioridad, lo que da lugar a estilos de conducción violenta, temeraria, competitiva, arriesgada para sí y los demás, y que busca sensaciones nuevas e intensas».

La terapeuta clasifica a estos conductores en distintos tipos, aunque ser podrían enumerar muchos más: el pagado, el desequilibrado, el violento, el resentido, el aburrido, el toxicómano, el imitador, el erróneo, el que huye y el suicida.

A tenor de las cifras que arroja la Memoria de la Fiscalía de Seguridad Vial, y basándose en el artículo 381 del Código Penal: se han incrementado el número de procedimientos incoados por delitos contra la seguridad vial –del 2005 al 2011– en un total de 135 casos.