Deborah Voigt: Sexo, alcohol y comida

El 27 de enero la editorial Harper publica las memorias de la cantante de ópera.
El 27 de enero la editorial Harper publica las memorias de la cantante de ópera.

La Royal Opera House de Londres la despidió por tener una talla 42, lo que precipitó las terribles adicciones de la cantante de ópera.

A sus 54 años reconoce que le preocupa un poco lo que puedan pensar de ella; sin embargo, en su libro de memorias se libera: trata su adicción al sexo, al alcohol y a la comida. Todo empezó cuando a los 5 años se comió un tarro entero de aceitunas verdes. Incluido el caldo. Se puso enferma. Sirvió para que su padre la castigase y controlase de manera enfermiza todo lo que comían ella y su madre. Fue en 2004 cuando acaparó la atención internacional al revelar que la Royal Opera House de Londres la había despedido por no caber en el «little black dress» de una producción. En un principio era perfecta para ella. Tenía que interpretar a Ariadne en la ópera de Richard Strauss «Ariadne auf Naxos». Había sido el papel que la hizo despegar en 1991 en la Ópera de Boston con el visto bueno del público y la crítica. John Rockwell, de «The New York Times», predijo que sería una importante soprano wagneriana. En cambio, los deseos del director de casting, Peter Mario Katona, de que llevase un vestido negro pequeño provocaron un terremoto. No cabía en la talla 12 (equivalente a una 42 española) para la producción de Strauss. Fue sustituida por la cantante alemana –más delgada– Anne Schwanewilms entre la polémica sobre qué importaba más, si la voz de Voigt o que cupiese dentro del vestido. «Cierto peso ayuda a los cantantes de ópera. Pero hasta cierto punto. Hablamos de nuestro sistema de apoyo. Cuando cogemos aire, unos músculos trabajan y nos ayudan a proyectar sonido. Cuando era una mujer muy, muy pesada, no tenía que pensar en cantar. Cogía aire y todo el peso que tenía en mí trabajaba de forma automática con esos músculos, el sonido volaba por encima de la orquesta. Pero hay una diferencia entre estar un poco gruesa y la obesidad mórbida, que era donde yo me situé en un determinado momento», reconoce estos días durante la promoción de su libro, trufado al mismo tiempo de divertidas anécdotas y episodios tiernos sobre los entresijos del mundo de la ópera y sus monstruos sagrados.

Fue ese tormentoso episodio el que la llevó a escribir «Call Me Debbie: True Confessions of a Down-to-Earth Diva», que la casa editorial Harper pone a la venta el 27 de enero. «Me empachaba con pasteles de coco hasta que me desmayaba. Al principio me decía: ‘‘Nunca pasaré de 180 libras” (81,6 kilos). Después, me consolaba: “Bueno, no pasaré de 200” (90,7). Luego, subía, subía, subía y subía». Deborah Voigt entonces engordaba, al mismo tiempo que su fama crecía en progresión geométrica. Entonces llegó el momento de cantar «Tosca». Y así lo recuerda: «Fue duro hacerlo con 300 libras (136 kilos) porque te están cantando que eres una mujer preciosa, y no te sientes así y sabes que no lo serás nunca», explica. «Existe una diferencia entre ser una cantante de ópera grande y fuerte y aquello en lo que yo me había convertido: una mujer que podía anunciar un programa sobre adicción a la comida», rememora. «Los años pasaban y la comida se convirtió en mi mejor amiga», confiesa. Escribe que sintió que «había una doble vara de medir, un doble rasero. Un cantante de ópera no era juzgado por su exceso de kilos, pero a una soprano o una mezzo no se le pasaba. ¿Por qué?».

Un «by-pass» para perder 60 kilos

Todavía así, Voigt empleó el dinero de la cancelación de la Royal Opera House para costear una operación de reducción de estómago en el hospital Lenox Hill de Manhattan en junio de ese fatídico 2004. «Me había comido todo lo que se podía comer», indica. Estuvo tres horas en el quirófano. Perdió 130 libras (unos 61 kilos). Pasó de la talla 30 a la 14. «Cuando ví que era capaz de entrar en el exiguo espacio del baño de un avión, me sentí feliz», relata.

Durante la promoción del libro en las entrevistas con los medios estadounidenses, la soprano reconoció: «Me parece que dirá mucho a la gente, a las mujeres en particular. ¿Hay alguna en el planeta que no se preocupe por su aspecto o su talla? Estaría mintiendo si dijese que no lo estoy. Sé que me van a juzgar. Pero, en cierta manera, ya lo han hecho a lo largo de toda mi carrera», aseguró en la entrevista concedida al periódico «The Wall Street Journal». Es habitual en la sociedad estadounidense tratar sobre la batalla de las famosas para perder peso. Sin embargo, nadie habla sobre sexo. Es un asunto tabú. Y la soprano se mete de lleno en el tema. Incluso cuenta con detalle la etapa en la que fue «muy promiscua» durante casi un año. A su juicio, «es un elemento crítico en el tema de las adicciones. Ya sea comida, ropa o juego, creo que todos nosotros en cierta manera somos adictos a algo. Tenía que incluir esa parte porque tapó un agujero que había dentro de mí», confiesa Voigt mientras admite que en este momento todavía busca el amor, tras haber mantenido una relación durante más de una década con un hombre al que en el libro define como «míster maravilloso». Todavía así, «encontrar pareja es difícil en mi carrera. No te cruzas con tantos solteros disponibles», admite la cantante de ópera, considerada una antidiva. Voigt recuerda sin miramientos que cuando empezó a perder peso (tras la operación de reducción de estómago), su instrumento empezó a cambiar. «No sabía cómo utilizar los músculos abdominales. Cuando pesas tanto, ocurre de forma automática. Me llevó un par de años sentirme cómoda. Pero, al mismo tiempo, de repente me di cuenta de que cabía dentro de un tipo de ropa que jamás hubiese imaginado. Estaba mucho más guapa sobre el escenario y me sentía capaz de expresarme mejor sobre el mismo», reconoce sin tapujos.

Perdió 100 libras, aunque se negó a decir con exactitud cuánto pesaba antes de la operación y en cuánto se quedó cuando dejó de perder peso. Sin embargo, su infierno está aún lejos de desaparecer: la bebida era otra de sus adicciones. «Se convirtió en un problema que iba en aumento. No era nada si no me tomaba dos botellas de vino, lo necesitaba. Cuando me tomaba la tercera me desmayaba», recuerda. «Durante un largo tiempo hubo seis palabras que lo significaban todo para mí: ‘‘Me llamo Debbie y soy alcohólica”», cuenta a corazón abierto. Visitó Alcohólicos Anónimos para desengancharse y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que una adicción puede llevar a la otra. Empezó a visitar las páginas web de hombres que buscaban «chicas grandes». «La idea de ser capaz de atraer a uno era algo tan nuevo para mí... Era como preguntarme: ¿puedo? Fue como alimentar a un monstruo», recuerda Voigt, quien en 2013 se sometió a un tratamiento de desintoxicación de alcohol, que, junto con su fe cristiana, le dieron las claves para salir del agujero en que se encontraba.

La cantante habla también de sus compañeros de profesión, y por las páginas del libro desfilan sopranos, tenores, mezzos, directores de escena, musicales... Pavarotti es uno de ellos. Poco antes de ser diagnosticado con cáncer de páncreas, la llamó por teléfono a las 2 de la mañana para preguntarle por su operación de estómago. «No tuve que decir nada, sólo escuchar su voz. Sabía que ambos habíamos pasado por lo mismo, la misma frustración con el peso y los mismos sentimientos de que nadie te puede ayudar. Me sentí mal. ¡Es Luciano Paravotti! Fue un momento increíble».

Del coro de la iglesia al Metropolitan

Debora Voigt, de 54 años, nació en el seno de una familia baptista. Creció en el pueblo de Wheeling (Illinois), a las afueras de Chicago. A los 5 años se unió al coro de la iglesia a la que acudían sus padres y empezó a aprender a tocar el piano igual que hacía su madre. Aunque no sabía cómo hacerlo, quería ser cantante profesional. Sus padres la desalentaron. No veían un futuro para su hija: «Mis padres me animaron a cantar, pero sólo en la iglesia. Eso era lo que sabían. Pero la idea de perseguir algo de manera profesional no estaba en su radar», indicó en la entrevista de promoción a la cadena NPR. Cuando tenía 14 años se trasladaron a Placentia (California). Fue su peor pesadilla: estar rodeada de «cuerpos imposiblemente perfectos». Entonces iba al instituto El Dorado, donde se apuntó a los programas de teatro y canto. Ni siquiera sabía en aquel momento que existía un lugar como el Metropolitan. En cambio, al graduarse consiguió una beca por sus dotes de canto para asistir a la Universidad Estatal de California. Allí conoció a Jane Paul Hummel, que le dio clases durante ocho años. Después vinieron los concursos y sus prestigiosos premios. En 1991 llegó el papel de Ariadne para la Ópera de Boston. Más tarde, Amelia, de «Un ballo in maschera» de Verdi. Al año siguiente, en 1992, volvió a Nueva York como Chrysothemis en la «Elektra» de Strauss. Tres años después se divorció de su marido John Leitch, su amor desde el instituto. Les separó la apretada agenda de la soprano, que entonces parecía imparable.

Va a realizar una gira por todas las grandes ciudades de Estados Unidos, en las que ya ha triunfado como cantante, para la promoción de este libro de memorias. En cambio estará lejos de aquellos que más la conocen, para los que siempre, como ella pide en el libro, la llaman, simplemente, Debbie.