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Anita, una mujer sin vida tras la muerte de Manolo Escobar

La viuda del artista falleció el 1 de enero, día del santo de su esposo, tras sufrir problemas renales. La hija de ambos, Vanessa, ha dicho que «siempre me dijo que quería que sus cenizas reposaran al lado de las de mi padre». Su deseo de descansar junto al amor de su vida se ha cumplido

La viuda del artista falleció el 1 de enero, día del santo de su esposo, tras sufrir problemas renales. La hija de ambos, Vanessa, ha dicho que «siempre me dijo que quería que sus cenizas reposaran al lado de las de mi padre». Su deseo de descansar junto al amor de su vida se ha cumplido

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Duele entender las causas por las que una persona desea alejarse de este mundo, pero a Anita Marx, la viuda del recordado Manolo Escobar, pocas cosas le ataban a la vida. Su única ilusión, su hija y sus nietos, desgraciadamente, pesaban menos que reunirse con su marido. Y ese deseo se cumplió el 1 de enero, el mismo día en el que Manolo hubiera celebrado su santo. Anita, no obstante, no estaba para celebraciones. Llevaba meses luchando contra problemas renales, y una persona de su entorno nos confiesa que «no ponía mucho de su parte para afrontar la enfermedad. Es como si le diera todo igual, no concebía la vida sin Manolo, se había convertido, muy a su pesar, en una muerta en vida».

Su sobrino Gabriel, con el que hablamos el día 2 por la tarde, nos contó que «nadie esperaba la muerte de mi tía, es verdad que padecía del de riñón, pero a sus 80 años recién cumplidos no mostraba síntomas de que pudiera estar peor de lo que pensábamos. Al final, su fallecimiento se produjo por un fallo multiorgánico, a las siete y media de la tarde. De hecho, tanto Vanessa, su única hija, como yo nos encontrábamos fuera cuando sucedió. Mi prima estaba en Galicia con su marido e hijos recibiendo el año nuevo con la familia de su esposo».

- Su hija, destrozada

Vanessa descubre que «mi madre siempre me dijo que quería que sus cenizas reposaran al lado de las de mi padre». La periodista y actriz, según una amiga suya, «está destrozada. Siempre tuvo una gran devoción hacia sus padres y al morir Manolo le pidió a su madre que se fuera a vivir con ella a Madrid. Pero Anita estaba muy apegada a Benidorm, el lugar en el que residió durante tantos años con su marido». Precisamente, la misma Anita me dijo la última vez que nos vimos que «es verdad que en Madrid tengo a mi hija y mis nietos, pero no conozco a nadie más, mientras que en Benidorm están todas mis amigas. Ya sé que mi casa está llena de recuerdos de Manolo, que cada rincón me lo recuerda constantemente, aunque quiero vivir así, sintiendo su presencia. Tú me conoces bien, fuiste muy amigo de mi marido, y sabes perfectamente lo unidos que estábamos. Es muy duro vivir sin su compañía...». Anita era así, sincera y supersensible, cariñosa y llena de bondad, pero la alegría que siempre la caracterizó se borró de un plumazo aquel fatídico octubre de 2013 en el que falleció su marido. Nada fue igual desde entonces. La amargura y el llanto se convirtieron en compañeros de vida, un bagaje cruel para quien nunca borraba de su rostro la sonrisa.

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La alemana de nacimiento (Colonia, 15 de diciembre de 1936) y española de adopción dio el último suspiro en el hospital de Alicante donde se encontraba ingresada. Sus restos mortales permanecieron en el tanatorio Marina Baixa de la localidad de Villajoyosa. El 2, a las 8 de la tarde, se celebraba una misa por su alma y poco después, sus restos fueron incinerados en presencia de su hija, su yerno, su sobrino y parte de la familia y amigos. Manolo y Anita se conocieron en el verano de 1959 y se casaron tres meses después, iniciando una historia de amor que duró cincuenta y tres años. Cuando Manolo se presentó en su tierra con su esposa, Anita causó sensación en una sociedad anclada en la tradición y cerrada a nuevas costumbres. La alemana conducía su propio coche, fumaba y usaba pantalones, algo que muchos no entendían porque eran tiempos en los que la mujer dependía del hombre para todo. Anita pasaba de los tradicionalismos y era el ejemplo de la fémina independiente y liberada.

Ni la muerte del cantante consiguió que su esposa dejara de amarle. Cada día, cada minuto, su pensamiento iba dirigido al esposo que se fue, víctima de un cáncer. Hubo muchísimo amor, una fidelidad inquebrantable, grandes ilusiones compartidas, pero también momentos de pesar. Ella fue el mayor apoyo del artista cuando éste se arruinó por culpa de negocios fallidos y la mejor consejera para salir de los abismos. La llegada de Vanessa en 1977 fue el premio a un idilio sentimental perenne.

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- En segundo plano

En más de un siglo en común, Anita supo estar a la altura de las circunstancias y permanecer siempre en un segundo plano, a la sombra del cantante de éxito. Las largas giras de Manolo se convirtieron en algo habitual, y esperaba paciente en Benidorm su regreso. Recuerdo una ocasión en la quedamos con el matrimonio en esa ciudad alicantina. Nos recibieron en su amplio chalet de la montaña. La casa parecía un museo homenaje a pintores contemporáneos. Y es que la pareja compartía una afición por el arte que les llevaba a galerías y subastas cada año. Ahora, Vanessa es la única heredera de ese gran legado. A las obras de arte se une el espacioso chalet de Benidorm, desde el que se contempla el mar. Un inmueble muy cotizado y que, seguramente, se venderá, porque Vanessa y su familia no tienen intención de pasar largas temporadas allí. Una persona muy cercana a la periodista nos desvela que «la muerte de sus padres, en apenas tres años de diferencia, le ha roto la vida. Estaba muy apegada a los suyos y ahora necesita, más que nunca, el cariño de los que le rodean. Al ser hija única no cuenta con el apoyo de hermanos, pero su marido e hijos son su mayor soporte en un momento tan duro. Es fuerte, aunque estos últimos días no podía sofocar las lágrimas. Es un drama...».