Enrique de Dinamarca: Harto de que no le den su lugar

El príncipe vuelve a expresar a su esposa, la reina Margarita, su malestar y enfado por no haberle concedido nunca el título de rey consorte; por eso no desea ser enterrado junto a ella

  • Enrique, junto a su esposa, Margarita II de Dinamarca, en el palacio de Gråsten
    Enrique, junto a su esposa, Margarita II de Dinamarca, en el palacio de Gråsten

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16 de agosto de 2017. 05:20h

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14/8/2017

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La situación de consorte de reinas titulares suele ser delicada y nada cómoda. Cuando se trata de personas de notable carácter, como Margarita II de Dinamarca y su marido, el príncipe Enrique, las ocasiones de roces se multiplican. Cuando Margarita conoció en 1965 en Londres al joven diplomático francés Henri de Laborde de Monpezat no imaginó que la condición de consorte, un paso atrás de su mujer, iba a provocar en su futuro marido serias desazones y amarguras.

En Europa han sido varios los consortes de reinas que no han adquirido al casarse el mismo rango de sus mujeres. Es paradigmático el caso de la reina Victoria de Inglaterra y de su marido, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. Su temprana viudez revistió a la soberana de un luto perpetuo. Concedió a su marido un título específico, el de Príncipe Consorte, pero nunca el de Rey Consorte, como sí había sucedido en España, cuando Isabel II contrajo matrimonio con su primo hermano el Infante Don Francisco de Asís, o como cuando María II de Portugal, tras nacer su heredero, hizo –según la tradición lusa– rey consorte –rey jure uxoris– a su esposo, Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha, convertido de esa forma en Fernando II. Isabel II de Inglaterra ha tenido a su lado a su marido Felipe, duque de Edimburgo, y lo mismo ha sucedido en el caso de las reinas Guillermina, Juliana y Beatriz de los Países Bajos, cuyos maridos –Enrique de Mecklemburgo-Schwerin, Bernardo de Lippe-Biesterfeld y Claus von Amsberg, respectivamente– nunca adquirieron la condición de rey consorte. Cuando la gran duquesa Carlota de Luxemburgo, abuela del actual monarca de ese país, contrajo matrimonio con el príncipe Félix de Borbón-Parma éste se convirtió en príncipe de Luxemburgo, pero siguió siendo príncipe de Parma, no adoptando el apellido dinástico de su mujer.

Desencuentros

El último episodio de una vida de encuentros y desencuentros ha sido la declaración del príncipe Enrique, que no desea ser enterrado en la catedral de Roskilde junto a su esposa, en el espléndido mausoleo diseñado por la soberana, sobre bases de cabezas de elefante en plata, haciendo referencia así a la más importante Orden de caballería de la casa real danesa. Sus colegas de otras monarquías sí han sido enterrados en las criptas reales. Bernardo de los Países Bajos yace en la cripta real de la Nieuwe Kerk de Delft, lo mismo que su suegro, Enrique de los Países Bajos, y que su yerno, el príncipe consorte Claus. Enrique sabe muy bien que no es un tonto, aunque diga que la reina lo toma por tal. Y, desde luego, Margarita II es consciente de que su esposo es bien inteligente.

De vez en cuando, coincidiendo con sus enfados por su esperable relegamiento, Enrique ha faltado a citas oficiales. Le molestó en 2002 que su hijo Federico fuera hecho regente en ausencia de su esposa, en vez de él. Evidentemente, pues el príncipe heredero es Federico y ya era mayor de edad. La reina creó para su descendencia el título de «condes de Monpezat», pero este reconocimiento al linaje de Enrique no le pareció bastante y hubiera preferido una adición de Monpezat al nombre de la dinastía. Sus excentricidades –huidas a Venecia, grabaciones de rock, disfrazarse de oso panda en una gala de la World Wild Foundation...– han sido compensadas con su ingente producción literaria –algo común durante siglos en miembros de la realeza europea– habiendo publicado libros de poesía, alguno de los cuales ha inspirado suites sinfónicas. Su renuncia al título de príncipe consorte y su retiro de la vida pública en 2016 supuso un capítulo más de un alejamiento que no es una separación oficial. Su dedicación a sus viñedos en Francia, en su propiedad de Caïx, hace de él hoy más un «gentilhomme campagnard» que un príncipe real.

La cuestión de fondo está en determinar si Enrique tiene razón para reclamar ser rey consorte. El debate está abierto. Mi opinión está alineada con la de que el esposo de una reina titular no debe tener el mismo poder de decisión política que su esposa. Es ella quien reina y lo que se espera de su marido es su apoyo. El principio hereditario facilita la formación del monarca para el papel a desempeñar, pero ese no es el caso de los consortes, que, cuando se casan, deben asumir el rol esperado sin pretender otra cosa. Ahora bien, los príncipes consortes deberían tener un papel estatutariamente determinado para que no sueñen con funciones que no les corresponden. Es posible que Margarita II haya tardado en conceder a su marido, en 2005, el título de príncipe consorte, pero lo cierto es que ese nombramiento no creó la función, pues Enrique ha ejercido de tal durante sus 50 años de casados. Ojalá llegue la paz a un matrimonio que se sigue queriendo y que tiene una obligación moral de ejemplaridad.

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