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La «juerga» amistosa de Belén, Terelu y Mila

No son tan fieros como los pintan despojados de la careta profesional. Los «salvadores» de cada tarde, a excepción de la Campos y Jorge Javier, celebraron juntos el cumpleaños de Kike Calleja

No son tan fieros como los pintan despojados de la careta profesional. Los «salvadores» de cada tarde, a excepción de la Campos y Jorge Javier, celebraron juntos el cumpleaños de Kike Calleja

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Una revelación, como si descubrieran América. Pasmados quedaron los que desde mesas vecinas las vieron llegar al cumple de Kike Calleja, tan buena persona como periodista. Ya parece el eterno «presunto» de Terelu. «Si en un tiempo tuvimos algo, no pasó de escarceos. Ahora somos muy colegas y cómplices. Salimos y entramos constantemente, pero sin más. Aunque allí estaba», me reconoció el galán achuchado por casi un centenar de amigos. Se encontraban todos los «salvadores» de cada tarde a excepción de la Campos y Jorge Javier, que a las nueve se acuesta, «aunque no me duermo hasta horas después». Nadie pensó en Paz Padilla y sí mucho en Carlota Corredera, tan moderna, lozana y apetitosa como una manzana gallega. Su forma gusta más y no da patadas al diccionario como la humorista gaditana –y de allí fue Pemán erudito del buen hablar–; malévolos algunos forman un catálogo de disparates lingüísticos. El último recoge su parida de «tengo el portátil muy antigüisímo». Mejora con los chistes sin llegar a su maestro tan imitado Chiquito de la Calzada.

Despojados de la tensión del plató, ante marisquito y tortilla española, fueron ellos mismos sin la careta profesional. Belén Esteban resplandecía tersa ahora que descubrió el «hidrolifting de caviar» con el que las Masummeh mejoran nuestra raza como estos purasangre televisivos que cada tarde llegan a la meta. Son imparables y lejos del disfraz laboral, en la proximidad, siguen siendo tan naturales. Impactó rendidos como estamos a su deformación profesional a veces agresiva. No es el caso de la aparentemente suave Gema López.

Casi santificadores parecían el alto David Prieto, muy pijo, que alterna los bolsones de Loewe –avellana esa noche– con el monográn gris de Vuitton. David Valldeperas elige otros detalles y enseñaba peludo pecho como otros lo hicimos en los años 80.

Fiel a su ya hábito, Mila Ximénez llevó tacones que en seguida cambió por zapatillas casi pantuflas. Lo mismo hace en TVE la estupenda María Casado, encanto de las mañanas en La Primera. Como las tiene en talla 36 a cuadros «ancien régime», le prometí llevarle otras más actuales. «No me fijo», respondió desde su altura profesional y sonrisa sólo comparable a la de la eterna María Teresa. Faltó la socarronería tan tierna. Nos conocemos de siempre y conservo las larguísimas cartas que desde Badalona me enviaba admirándome. Cambiaron las tornas, querido Jorge, y nos encantas como divertimiento. Seguimos tus lecciones magistrales, ¡por fin otra vez allí!, devolviéndole a la tarde gancho sin las gracietas folclóricas propias de los anticuados Álvarez Quintero. Aunque acababan de dejarse en Telecinco, Mila achuchó cálidamente a Belén, sus manos en la nuca, mientras Migué –discreto, respetuoso y prudente– mantenía su segundo plano poco amigo de salir en las fotos. Idéntica postura de secreteo mantuvo una adelgazada –«no, más bien deshinchada», aclaró bajo su túnica negra de borde dorado que algo más larga le sienta mejor que cuando las lleva cuadradas como manteles, recordaba su hermana Carmen, que solo hará los dos capítulos que quedan del serial «Campos», uno aún por grabar–. Estuvo acompañada por su marido y Terelu por la muy encantadora Alexandra, ojito derecho de la mítica abuela. Lució una chaquetilla de chinchillas herencia de su madre «porque ya no entro en ella». Carmen recordaba que «soy la pequeña», por si las moscas, mientras la imponente Isabel Rábago preguntaba a un Diego Arrabal barbudo, extraño, y a José Antonio León cosas de Marbella y Sevilla. Viví muchos veranos costasoleños en la Costa del Sol, «pero ahora acabaron las persecuciones porque ya no queda famoseo». Y echamos una furtiva lágrima por aquellos veranos y años dominados por Gil y Gil, donde a la emperatriz Soraya le echaba las cartas Rappel, que se repartía la clientela con Esperanza Gracia y mi perdida comadre Cristina Blanco. Marbella llenaba páginas como ahora Ibiza y mucho menos Palma de Mallorca.

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«No reconocerías aquello», se refería a los años en que era como una reserva salvaje, y no es coña, todos disparando tras el famoso, se llamase Isabel Pantoja y Encarna, Andrés Pajares, esa Mayte Zaldívar tan colega de la Prensa y ya en la calle –¡aleluya!–, el traficante Khashogui con sus horteras grifos de oro, Sean Connery y Deborah Kerr, a quien el municipio cortó la mitad del jardín como después le hizo a 007 precipitando su exilio. Jovencísima, Belén Esteban disfrutó de las noches locas en Olivia, que acabó cargándose a la insoportable Règine. Lo comentaba Juan Peña después de estar perdido «cantando de fiestesita en fiestesita». Lo suyo. María Patiño fue sin ringorrango, de camiseta y chaleco, acompañada por Ricardo, su venezolano amor desde hace diez años. Lidia Lozano repartió sonrisas con mucha luz y con ella el aniversario alcanzó más brillo. No son tan fieros como los pintan.