La madre invisible de Miguel Ángel Muñoz

La ausencia de la progenitora del actor en la final de «MasterChef», de la que salió victorioso, vuelca la atención sobre ella. Cristina Blanco solía mandarme tortillas de patata hechas por ella al hotel donde me hospedaba los veranos en Marbella; de ahí aprendió su hijo, que entonces asistía con «la bruja», como la llamaban, a las mismas fiestas que Julián Muñoz, Belén Esteban, Sean Connery y su esposa, Roquebrune Micheline, y Jaime de Mora

La ausencia de la progenitora del actor en la final de «MasterChef», de la que salió victorioso, vuelca la atención sobre ella

Pero «¿qué ha sido de Cristina Blanco?», me demandan interesados por la madre del colocadísimo galán-actor Miguel Ángel Muñoz. Yo también me lo pregunto, aun sabiendo que optó por la discreción o silencio impenetrables. Superó lo que tuvo. Llevo años sin noticias suyas –una llamada de vez en cuando–, aunque somos compadres porque con Lara Dibildos apadriné a Andrea, una de las dos peruanas que adoptó cuando hacerlo no estaba tan de moda como ahora. Le pudo el corazón y, a pesar de ya ser madre, le emocionó tanta necesidad infantil. La bautizamos un atardecer en los Jesuitas de Serrano y luego dio paella en la arrocería que había en el actualizado NH Eurobulding. Creo que le regalé una cadena con medalla, el topicazo, a una cría que luego apenas volví a ver, salvo alguna tarde marbellí.

A Cristina todos le llamaban «la bruja» y tenían sus razones, porque atendía cualquier demanda de la clientela, entre la que abundaban jequesas que pagaban espléndidamente. Lo comprobé al verla exhibir los cheques con que abonaban sus adivinaciones, conocimiento, pronósticos o intuiciones. Porque nunca tuve claro lo que realmente sabía, además de ser guapa, cariñosa y generosa. Al hotel solía mandarme tortillas de patata hechas por ella, de ahí lo que aprendió su hijo, ya ganador de «MasterChef», éxito que, sin las maternas dotes premonitorias, adiviné hace veinte días en «¡Qué tiempo tan feliz!».

Todos a sus pies

Fuimos íntimos. Imagino que aún lo somos pese al alejamiento que cortó su ascenso social fulgurante. Todos a sus pies habían bailado en la revistas de Colsada. Lo mismo echaba las cartas al alcalde Jesús Gil que a Mae Dominguín y su tropa con Olivia Valère. Conocía bien a Maripi y Pedro Román; José María García y la Campos la tenían de oráculo y Terelu cultivaba intimidad al punto de viajar juntas a Londres para comprar zapatos que pagaba la que imaginan. Entonces un par costaba 1.400 pesetas. Luego deslumbraba en las «soirées», donde sólo una vez le prohibieron que entrase. Medié y disfrutó con aquella panda élite de aquel tiempo tan feliz en la capital de la Costa del Sol. Cada noche había fiestón al que asistían la ex emperatriz Soraya, a quien bautizamos S.A Imperial Cune porque bebía mucho; Sean Connery y Micheline, su dominadora esposa francesa, pequeña pero matona; Jaime de Mora, que entonces regentaba Whiskería, lema del tiempo que aún entusiasma a Ángel Antonio Herrera; Julián Muñoz con Maite, que competía en apabullante joyerío prestado por Gómez Molina y en color moreno con la alcaldesa Mari Ángeles.

Belén Esteban, entonces delgadísima y con facciones hoy inexistentes, cayó con su panda, en la que destacaba la divertida lealtad vigente de Mariví. También Cristina, su silente marido que no daba golpe y el entonces niño. Lo era aunque lo liasen con Belén, disparate imposible porque le llevaba como quince años. No le perturbó nada el éxito logrado cuando protagonizó «El palomo cojo», del estupendo Pedro Olea que acaban de reponer. Sirvió de oportunista contraste entre lo que fue y lo que es. Resultó un documento muy periodístico. A Miguel Ángel le llamábamos «el niño» y solía descubrir Marbella acompañado por Elio Valderrama, paciente, muy niñero y buen conocedor de aquello.

Buenas migas

Con Belén y su grupo fuimos vecinos porque ellas vivían en un adosado por el que pagaban 350.000 al mes. Era vecino al Hotel Andalucía Plaza, que me cobijaba. El Ayuntamiento lo había embargado y lo dirigía Julián Muñoz, entonces simple concejal. Su esposa hacía buenas migas con «la bruja» y le facilitaba clientes ansiosos de saber qué pasará. Ninguno previó la debacle gilista o su destitución por Muñoz, que a los cuatro meses fue destronado por un tripartito –Maite, Isabel y Carlitos– que también se las traía en el reparto de las arcas municipales. Qué historias inimaginables hasta para la adivinadora Cristina, que vivía a la entrada del atracadero de Puerto Banús.

Apurábamos tal trapicheo luego aumentado con la pasión súbita de Julián, ya alcalde, por Isabel Pantoja. Le robó el marido a Maite tras ayudarla a colocarse en la «nuit» marbellí, entonces tan jaranera, relajada y hasta chic. El Casino tenía una bodega dirigida por Lola Flores, donde el gran Antonio bailó alguna noche y allí acabábamos todos mientras Cristina dejaba «al niño» al cuidado de su padre. Era educadísimo, no alborotaba, se conformaba con todo y el mayor acercamiento que tuvo a la Esteban fue un domingo sentados en el asiento trasero del Jaguar que me prestaban y que yo les cedía por la noche. Me lo devolvían al alba sin gasolina. El chófer y yo no podíamos más. Luego nos sorprendió hasta la risa el inventado romance, más producto de la fiebre veraniega que dominaba a los paparazzis del lugar en pos de sensacionalismo. Cristina no lo desmintió y ha llegado hasta hoy.

Ese día, «la princesa del pueblo» quiso ir a Gibraltar «para ahorrar comprando tabaco». Cogimos la atestada carretera y, tras una larga cola de acceso, nos plantamos en la desangelada roca. Como no la conocían, les pasmó su fealdad nada acogedora, que contrastaba con la opulencia marbellera. Compramos ocho cartones, dos por cabeza, temiendo la vuelta, que luego pondría a Belén echando humo. Y sigue así. Se decepcionaron ante lo visto, esa tristona «roca amada de todo español», como proclama la patriótica canción. Miguel medio se adormiló y lo despertamos para comer en un parador de la antigua carretera. Almorzamos en una terraza y Belén se puso las botas tras haber devorado en el trayecto una gran bolsa de magdalenas «made in Gibraltar». «Pero, Belén, ¿ y tu azúcar?», le advertimos asustados. Y siguió comiendo. Eso no le impidió tomarse un par de huevos fritos con chorizo y una carne al horno que aligeró el nada digestivo condumio. De postre, macedonia con helado. Banquetazo muy de régimen.

Miguel Ángel empezó a ser reclamado para personajes infantiles, luego ya mocitos. Fue buen estudiante, creció progresivamente hasta el éxito actual. Es galán, muy buen actor y se ve en todos sus trabajos. A veces coincidimos y parece haber olvidado aquel ayer. «¿Cómo está mamá?», suelo preguntarle, y responde escuetamente: «Bien, bien». Cauteloso o con miedo, no pasa de ahí y tengo la sensación de hablar con alguien que superó un pasado tan feliz. Observo su timidez, la reserva repasadora y cómo esquiva los múltiples coqueteos que le cercan. Fue novio de Manuela Vellés y Mónica Cruz varios años, cuando hicieron «UPA Dance». Era muy colega de Eduardo Cruz. Cantaban juntos y Tom Cruise prefería irse a esquiar con ellos que con las hermanas cuando los tuvo de vacaciones en su casa de Aspen. Ese Miguel Ángel ya no tiene nada que ver con aquel que era ojito derecho de mi antaño casi fraternal Cristina Blanco. Ella renunció a ganancias, situación, éxito, simpatías y admiración por el bien de la criatura. Una madraza.

UNA FINAL MUY AJUSTADA

El martes por la noche los espectadores de La 1 se comían las uñas frente al televisor. Una final con cuatro participantes que prometían como amateurs de los fogones: Miguel Ángel Muñoz, Cayetana Guillén Cuervo, Fernando Tejero y Loles León. Todos actores, protagonizaron una final de cine de una edición que ha dado mucho que hablar por la inesperada salida de María del Monte o la excesiva atención de El Cordobés hacia su mujer. El último programa se dividió en tres pruebas. En la primera, los cuatro debían elaborar una receta con el chef Ramón Freixa, y la clasificada fue Cayetana. En la segunda, se cocinó un menú de Joaquín Felipe para la inauguración del Florida Retiro, y Miguel Ángel resultó finalista. Ambos, tutorizados por el chef José Andrés, se enfrentaron en una final que resultó muy ajustada, pues llegó a plantearse el empate. El actor estuvo acompañado de su «tata» y de sus amigos Jero y Perico. Cayetana, por su parte, sintió el calor de su pareja, su hijo y su madre, la entrañable Gemma Cuervo.