Los hombres que hicieron la vida imposible a Carmen Maura

La Academia Europea del Cine otorgará hoy a la actriz el premio honorífico como reconocimiento de toda una vida artística

Carmen Maura, como Amelia en «La golondrina», una obra de Guillem Clua / Foto: Javier Naval
Carmen Maura, como Amelia en «La golondrina», una obra de Guillem Clua / Foto: Javier Naval

La Academia Europea del Cine otorgará hoy a la actriz el premio honorífico como reconocimiento de toda una vida artística.

Hoy es un día muy especial para Carmen Maura. Esta tarde de sábado recibirá en Sevilla uno de los galardones más importantes del continente, el Premio de Honor del Cine Europeo, pero quien piense que su camino hasta llegar a las lisonjas, la popularidad, el mérito y los premios ha sido fácil, está muy equivocado. La actriz madrileña (15 de septiembre de 1945, barrio de Chamberí) se ha bañado en lágrimas en muchas ocasiones por culpa de los hombres.

El género masculino tiene un lugar prominente, que no positivo, en el curriculum vital de la artista. Si buscamos en su pasado, veremos que su primer matrimonio con el abogado Francisco Corteza acabó muy mal. Aquel letrado de dramático recuerdo para la actriz nunca entendió que la madre de sus dos hijos decidiera abandonar un trabajo como directora de una galería de arte para incursionar en el mundo del Café Teatro. Y, mientras, su esposo no hacía otra cosa que recriminarle continuamente su actitud, se reía de ella diciéndole que acabaría loca y lanzándose bajo las ruedas de un camión.

Además, Corteza puso como mal ejemplo el crudo ambiente en el que se movía su ex mujer (acabaron cada uno por su lado) y un juez decretó que sus dos hijos se quedaran en la casa paterna. Una amiga de las de entonces, Ana, recuerda que «Carmen lo pasó muy mal, estaba desesperada, perder a sus hijos casi le vuelve loca, era una situación insostenible». Ella misma confiesa en un documental sobre su vida, «Ay, Carmen», dirigido por su buen amigo Fernando Méndez Leite, que «ser actriz me salvó de volverme loca». Y es que sus antiguas amistades de clase media alta se olvidaron de su existencia. Renegaron de ella como de la peste. Hasta uno de sus hermanos llegó a decirle que ser actriz «suponía ser prostituta».

Sus éxitos como artista no tenían repercusión positiva en su vida personal. Una violación, una pareja que le quitó todo su dinero, penurias económicas... Trabajaba casi por inercia para no alimentar aún más sus caóticos pensamientos.

Cuando esta noche le entreguen tan preciado premio, seguramente, le vendrán a la cabeza los buenos momentos, pero también los malos, como aquel episodio tan dramático que sufrió a los 30 años: la violación. Fue en 1984, el mismo año en el que rodó con Almodóvar «¿Qué he hecho yo para merecer esto?». Era una actriz muy conocida y empezaba a ser admirada por los españoles. Un chico que hacía el servicio militar, un fan, en teoría, se presentó en su casa con la excusa de que quería pedirle un autógrafo.

Al abrirle la puerta el veinteañero, pistola en mano, violó a Maura, quien, según ha reconocido, «llamé después a un amigo para mantener con él sexo suave, para atenuar, de alguna forma, el trauma». Tal y como ha desvelado la actriz: «el proceso fue más desagradable que la violación. Me llevaron al Hospital Militar Gómez Ulla y me vi en una sala rodeada de hombres con uniforme, que revisaron las interioridades de mi cuerpo sin ningún cuidado.

En la sala del juicio, llena de militares, al enterarse de que era actriz, me hicieron todo tipo de preguntas denigrantes. El fiscal era más repugnante que el mismo violador». Años después llegó a su vida Antonio Moreno Rubio. Tras casi quince años de relación sentimental, la pareja a la que le había dado poderes generales, invirtió nefastamente su dinero y, un buen día, se encontró con una deuda de dos millones de las antiguas pesetas y sus casas y su residencia campestre embargadas.

No pudo saldar sus deudas hasta veinte años después. Decidió entonces aparcar el amor y dedicar todo su tiempo a su profesión. Para más inri, su «idilio» cinematográfico con Pedro Almodovar acabó en desacuerdo mientras rodaban juntos «Mujeres al borde de un ataque de nervios». Después volvieron a reunirse en «Volver». Hoy, la amistad ha vuelto a su cauce, pero nunca logrará alcanzar las altas cotas de antaño. Tampoco hubo entendimiento con el cineasta Francis Ford Coppola, cuando trabajó a sus órdenes en «Tetro». Las condiciones laborales eran tan paupérrimas que algunas noches muchos miembros del equipo no podían ni cenar. Se entiende que ella no quisiera ir a presentar la cinta por medio mundo.

Quizá por sus desencuentros amorosos y el escaso éxito de algunas de sus películas decidió «emigrar» a Francia, donde se ha hecho con un prestigioso lugar en el mundo del cine, y donde recibió la mayor distinción gala que puede tener una intérprete, el Cesar a la Mejor Actriz. En París posee una casa, en el Marais, en la que vive durante largas temporadas.

A sus setenta y tres años sigue en activo y sin la menor intención de retirarse. Y tiene clarísimo que «en el amor, nunca volveré a meter un hombre en mi casa. He tenido amigos, nada más».