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La muerte premonitoria de Abraham Lincoln

Un día antes de ser atacado, el presidente norteamericano tuvo un sueño que le dejó inquieto. Ya le había ocurrido en dos ocasiones y las cosas no habían salido bien. Ésta tampoco

Un día antes de ser atacado, el presidente norteamericano tuvo un sueño que le dejó inquieto. Ya le había ocurrido en dos ocasiones y las cosas no habían salido bien. Ésta tampoco

El 14 de abril de 1865 era Viernes Santo y día festivo en Washington. Los triunfos obtenidos por las tropas del Norte habían excitado la confianza y el regocijo popular. Por primera vez en la historia de la República estadounidense, el asesinato político iba a cebarse con su presidente nada menos; y este crimen debía producir más aterradora sorpresa, porque la conspiración se sirvió de procedimientos impropios de un pueblo libre acostumbrado a las formas constitucionales y a la supremacía de las leyes.

Lincoln veía entonces casi terminada la guerra separatista, pero aún había que vencer muchas dificultades. Su rostro, grave y pensativo, reflejaba esa preocupación; sus toscas facciones tenían una expresión melancólica y no se animaban ya, como antes, con una sonrisa. Cuando Lincoln declaró libres a todos los esclavos de los países rebeldes, el Sur tomó sangrientas represalias. El gobierno insurrecto dictó una orden condenando a muerte no sólo a los soldados negros prisioneros de guerra, sino a los blancos que los mandaban.

- Almuerzo alegre

Aunque con menos empuje, la resistencia del ejército del Sur proseguía a principios de 1865, y esta tenacidad ensombrecía la vida del presidente. El 14 de abril se celebró un almuerzo más alegre de que costumbre por la llegada del capitán Robert Lincoln, primogénito del presidente, procedente del campo de batalla donde ayudaba al general Grant. Pero, aun así, el padre seguía preocupado. Como Napoleón, César y otros personajes célebres, Lincoln era algo supersticioso y fatalista; confiaba mucho en los sueños. Pese a su profunda religiosidad, sus libros favoritos eran «Hamlet» y «Macbeth», y otros muchos que trataban sobre misterios psicológicos. Las distintas versiones de los periódicos confirmarían luego que el presidente tuvo un presentimiento del atentado que iba a costarle la vida.

Aquel día, a su regreso de Richmond, se ocupó de los asuntos más urgentes, reuniendo a su gabinete para tratar principalmente de la cuestión del Sur. Durante la sesión, todos observaron cierta inquietud en él. En lugar de referir alguna anécdota graciosa, como solía hacer, guardaba silencio a intervalos, e inclinando la cabeza, quedaba sumido en una profunda meditación. Preguntado si se hallaba indispuesto, dijo de forma enigmática que presentía algún suceso extraordinario e inminente. El procurador general Bates inquirió a Lincoln si sucedería algo bueno o malo, y éste se limitó a responder: «Si hablo así es porque he tenido dos veces un sueño que se repitió anoche por tercera vez, aunque con alguna variación, y que me entristece el alma. El primer sueño precedió a la batalla de Bull-Run; el segundo fue seguido de otro desastre para los federales; y el tercero...».

- En la barca

Apremiado por Bates, Lincoln concluyó, cabizbajo: «He soñado que me hallaba en una barca en un río muy ancho e impetuoso, y que de pronto aquélla fue arrastrada con tal fuerza, que no la pude contener; poco después, mi embarcación comenzó a hundirse y entonces me desperté; pero dejemos esto, señores, y prosigamos con nuestro trabajo...».

Aquella noche acudió con su esposa al teatro Ford, donde la actriz Laura Keene protagonizaba la obra «Our American Cousin» (Nuestro primo americano). Al salir de su residencia, le dijo a su ayudante Crook que no tenía ganas de asistir al espectáculo, lo cual extrañó mucho a éste pues conocía su gran afición por el teatro. Eran las 20:30 horas. A su llegada, tomó asiento en una cómoda butaca mecedora, a la izquierda del palco; a su derecha se colocó su esposa.

Empezada la obra, un hombre de 26 años, de nombre John Wilkes Booth, abrió la puerta del palco e irrumpió en él, disparando al presidente en la parte posterior de la cabeza. El mayor Ratbone se lanzó sobre el asesino, pero éste soltó la pistola y agarrando una daga que llevaba escondida la hundió con saña en el brazo izquierdo de su adversario. El magnicida saltó acto seguido como un tigre al escenario, gritando al público en latín con voz estentórea: «¡Sic Semper tyrannis!» (¡Así hay que tratar siempre a los tiranos!). Luego volvió a vociferar: «¡El Sur está vengado!».

La herida era mortal, ya que la bala había atravesado el cráneo del presidente por la oreja izquierda, penetrando hasta la cavidad del ojo derecho. Al recibir el disparo, la víctima se inclinó sobre la barandilla del palco, permaneciendo ya sin sentido hasta su misma muerte premonitoria, acaecida a las 07:22 de la mañana del 15 de abril. Trasladado a Illinois, su cadáver recibió sepultura en el cementerio de Springfield, cerca de donde Abraham Lincoln cosechó sus primeros triunfos. Macabra paradoja.

Una omisión, una vida

Pese a todas las precauciones tomadas por el asesino Booth, le habría resultado imposible matar al presidente si el policía encargado de su custodia hubiese cumplido con su deber. Cuatro hombres de probada lealtad, escogidos entre los mejores policías, formaban la guardia personal d Lincoln, a quien protegían día y noche en turnos de ocho horas cada uno. El policía a quien correspondió la vigilancia la noche del atentado se llamaba Parker, y su misión era la de permanecer sentado en el pasillo durante toda la función, junto a la puerta cerrada del palco presidencial. Pero Parker abandonó su tedioso puesto en el pasillo para presenciar también el espectáculo. La funesta negligencia del guardaespaldas facilitó la entrada de Booth, que acechaba el momento oportuno. Casi en el mismo momento en que Booth asesinaba al presidente, su cómplice Lewis Payne Powell intentó matar al secretario presidencial Seward en su propia casa.

@JMZavalaOficial