¿Podríamos producir suficiente energía para ser máquinas?

En la actualidad, la energía mueve el mundo y sin su dominio la especie humana no habría sido capaz de sobrevivir

En la actualidad, la energía mueve el mundo y sin su dominio la especie humana no habría sido capaz de sobrevivir

Nadie compraría nuestro cuerpo para moverse por el mundo. Seríamos ineficientes, derrochadores, caros y poco reciclables. Los seres humanos somos una auténtica calamidad energética. Nuestra eficiencia como máquinas de generación y aprovechamiento de energía es manifiestamente mejorable. De cada 100 calorías que consumimos con la alimentación, solo 18 se convierten en energía mecánica capaz de mover nuestros músculos, de lanzarnos a la carrera o de hacernos dar un salto. Esto quiere decir que, desde que tenemos consciencia de nuestra condición de vertebrados superiores, hemos viajado por este mundo sabedores de las grandes limitaciones a las que nos somete nuestro organismo.

Por eso, uno de los retos más primitivos de la humanidad ha sido aprovechar la energía emanada de otros fenómenos naturales o de otros animales y, más adelante, crear nuestras propias fuentes energéticas.

Y no nos faltan oportunidades para hacerlo. De hecho, según la ciencia física, la energía está por todas partes. La cantidad total que hay en el universo es constante, no se crea ni se destruye: la energía emitida por el Sol a modo de radiación es equivalente a la que se dispersa por el espacio en forma de calor, parte de la cual llegará a la Tierra y permitirá a las plantas practicar la fotosíntesis. A su vez, éstas servirán para alimentar al ganado, que obtendrá nutrientes suficientes en forma de calorías para realizar un trabajo determinado (servir de fuente de energía para transportar un carro, por ejemplo). En última instancia, ese mismo animal será parte del menú de un ser humano que se aprovechará de su dotación energética para salir de caza. El círculo es inagotable.

De modo muy sencillo, podemos decir que parte de la evolución del ser humano ha consistido en una inagotable carrera por «cultivar» cada vez más energía. Homo sapiens empezó usufructuando la energía que le regalaba la naturaleza, apropiándose de la energía de otros congéneres utilizados como esclavos o domesticando animales de carga para realizar tareas de altos requerimientos energéticos.

Paralelamente, comenzó a servirse de su ingenio para producir y controlar energía de manera artificial. Todo comenzó con el uso primero del fuego con el que no solo se tenía dominio sobre la energía calorífica que impedía morir congelado, sino que se mejoraba considerablemente la capacidad de transferencia energética de los alimentos: cocinados sabían mejor, duraban más, aportaban más seguridad y eficacia.

La estrecha relación del hombre con la energía ha perdurado desde entonces, bañando nuestra historia de luces y de sombras. Hoy en día la energía mueve el mundo: si no supiéramos cómo producirla, almacenarla, transportarla y utilizarla de manera controlada no habría modo de calentar nuestras casas en invierno, de iluminar las calles a media noche, de comunicarnos a distancia, de cocinar, de divertirnos mediante el uso de la televisión, el cine, los videojuegos...

Hoy no podemos vivir sin realizar cada segundo un acto que requiere un consumo energético de manera directa o indirecta. Pero no habríamos sobrevivido sin fuentes externas de energía porque el cuerpo, por sí solo, es realmente ineficiente.

¿Cuánta basura hay flotando en el espacio?

Mucha más de la que quisiéramos. Según fuentes de las distintas agencias espaciales implicadas en la exploración del cosmos hay más de 20.000 objetos perdidos en órbita. Pero si pensamos en objetos más pequeños o en partículas milimétricas (desprendidas de fragmentos de herramientas o artefactos enviados al espacio) la cantidad puede superar el medio millón. Cualquiera de esos fragmentos podría poner en peligro una misión espacial si colisionara con la nave.

¿Podría un ser humano correr sobre el agua?

Para lograr tal proeza, que realizan algunos animales como los basiliscos, es necesaria una conjunción de fenómenos físicos. Sobre todo, velocidad y una gran superficie de contacto con el líquido. Esos pequeños reptiles pueden correr por el agua porque viajan muy deprisa y además tienen unas piernas largas que generan palanca a suficiente potencia como para dar un paso antes de que las pequeñas fuerzas de tensión superficial del agua se desvanezcan. Un ser humano podría imitarlos si corriera a 120 kilómetros por hora con músculos en las piernas 15 veces más potentes de los que tenemos.