«Abran, sevillanos, que ya es la hora»

El periodista Alberto García Reyes ofrece un brillante pregón como antesala de la Semana Santa de Sevilla, con literatura de altura y un pasaje acompañado de la guitarra de Paco Jarana

Alberto García Reyes, pregonero de la Semana Santa 2017, durante su alocución en el  Maestranza
Alberto García Reyes, pregonero de la Semana Santa 2017, durante su alocución en el Maestranza

El periodista Alberto García Reyes ofrece un brillante pregón como antesala de la Semana Santa de Sevilla, con literatura de altura y un pasaje acompañado de la guitarra de Paco Jarana

«Pregonazo» de principio a fin, con literatura de altura, de los que marcan época y quedan en los anales de la Semana Santa. El periodista Alberto García Reyes concilió ayer en el Teatro de la Maestranza de Sevilla a crítica –parte de la cual le esperaba con los cuchillos afilados igual que otra parte traía de serie el guante de seda– y público, uniendo lo popular con lo culto, lo mundano –partió de sus vivencias particulares, como adelantó las jornadas previas– con lo divino, la sevillanía con la universalidad. García Reyes unificó pareceres con un pregón que lo sitúa a la altura de los más recordados. «Déjame sitio, chiquilla», arrancó. Muchos de sus versos están ya destinados al sentir popular, a que la calle los haga suyos, al estilo del «¿Estáis puestos?» de Antonio Burgos o el «A la gloria, sevillanos» que patentó Carlos Herrera, pregonero también que se rindió a la calidad de la puesta en escena del periodista de Abc. «Inigualable Alberto García Reyes. No tengo palabras. Estoy disfrutando como un chiquillo. Joé con el Pregón», señaló. «Mis dos palabras postreras serán Sevilla y amén». Así terminó el pregón y con esa letanía comenzaron oficiosamente la Semana Santa muchos sevillanos. Un pregón en verso y prosa marcado por el compás y la autenticidad de las vivencias propias.

También suscitó el halago de la crítica y del propio pregonero el delegado de Fiestas Mayores, Juan Carlos Cabrera, subrayando que Sevilla es «mariana» y con una defensa de las hermandades y el apoyo expreso a las bandas de música, tras el reciente suceso que impidió que La Centuria de la Macarena ensayase en calle después de la denuncia de una vecina. La intervención de Cabrera fue la novena tendencia nacional de Twitter. También fue noticia el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, por un problema de protocolo debido, según informó «El Llamador» de Canal Sur Radio, a la intención de colocar la bandera de España sobre el escenario, a lo que la organización habría respondido que se trataba de un acto organizado por el Consejo de Hermandades y no por una institución pública.

«La bola de cera que crece como reloj que marca el paso del tiempo», con sus «lágrimas de cera», señaló García Reyes en uno de los primeros pasajes de su pregón, dividido en 13 estampas o vivencias y que acabó con el público en pie, tocando palmas por sevillanas. Los «ole» fueron constantes durante su alocución. Calaron romances como el dedicado a la Macarena, a la Amargura o el pasaje por soleares acompañado a la guitarra por Paco Jarana, marido de Eva la Yerbabuena, un momento insólito –lo más cercano sería el acompañamiento de la Banda Municipal– en la historia de los pregones de la Semana Santa. Jarana tocó «Soleá dame la Mano» o «Virgen del Valle», en uno de los pasajes más bellos de la mañana. «La Esperanza es el anzuelo que pesca nuestra amargura», declamaba García Reyes. Un pregón, el de García Reyes, a corazón descubierto, con la lágrima siempre contenida por la emoción y los recuerdos que sirvieron, no obstante, al pregonero para, lejos de achicarse, crecerse ante la cita. Como los buenos toreros de la vecina plaza de la Maestranza, de los que también se acordó en un pasaje, citando al Faraón de Camas. Para muchos, el mejor momento del pregón fue esa combinación a porta gayola entre las cofradías y la tauromaquia, que arrancó una fuerte ovación. «Eres la mejor divisa,/ garantía de revuelo/ la más casta y más precisa,/ la que mejor improvisa/ los quites con un pañuelo./ Eres la niña más pura/ y no te vale un novillo./ Tu destino es un miura/ que escarba la sepultura/ del Señor del Baratillo».

Recordó García Reyes a su familia en el primer pasaje del pregón, dedicado a su hermandad del Tiro de Línea, citando a personas como Paz Vélez, el padre González Abato, el padre Botella o Angelita. No faltó un elegante recuerdo para el desaparecido Fernando Carrasco, compañero y amigo, y «su libreta morada en San Bernardo». El arranque poético, por todo lo alto: «Él muere en el Salvador y yo me muero en San Gil». No faltó el homenaje a las raíces también con el Cautivo, y a la estirpe –la «herencia», dijo el pregonero–, con sus hijos en las Siete Palabras. El pasaje de la Piedad del Baratillo, «la Virgen niña más Madre», con un tributo a todas las madres. También tuvo el pregón un atisbo de crítica. El delegado Cabrera, en su presentación, defendió que «no sobra nadie» en relación al exceso de pasos en las calles. García Reyes, elegantemente, recordó el pasaje del gitano que le enseñó «el sentido de la medida»: «Señor, no me mató el hambre y me va a matar la comida», dijo. «Cuidado con los excesos que en las cofradías también se dan y sigamos el mensaje de humildad que nos da el Señor de la Salud», dijo. El del Gran Poder, «Señor que viste de malva», fue uno de los pasajes más íntimos, con la experiencia del pregonero junto a una persona de visión reducida, su amigo Manolo Lara –«Aprendí que el Señor jamás es un visto y no visto. Se ve con el al-ma»–, que culminó en un callejón y señalando García Reyes a su amigo: «Quillo, aquí no se ve ‘ná’». «No verás tú», le contestó el «ciego». En definitiva, hora y media de pregón, prácticamente de memoria, con numerosas interrupciones por los aplausos, que finalizó con la Virgen de la Esperanza y glosando la historia de Sevilla: «Eres mi adentro y mi afuera,/ eres mi cómo y mi quién,/ tierra final y primera/ que enterrará con desdén/ el alma de mi quimera,/ mi origen, mi último tren,/ lo que perdí, quien me espera,/ reloj parado en mi andén,/ donde nací y donde muera,/ mi principio y mi huesera,/ mis alas y mi sostén,/ mi destierro y mi bandera,/ mi amada y mi carcelera,/ mi Calvario y mi Belén,/ y ante Dios, cuando Dios quiera,/ mis dos palabras postreras/ serán Sevilla y amén». Quería García Reyes, en su querencia flamenca, ver al público, un teatro a media luz, siguiendo las enseñanzas del Lebrijano. «Hay que ver la cara del público para saber cómo cantar». Y se marchó sembrando la luz de la Semana Grande, pregonando que «Cristo vive y nos ama». Faltan seis días para la Semana Santa. «Abran, sevillanos, que ya es la hora».