De repente, todos pedristas

Dijo Segismundo Moret: «Antes se esperaba la sopa boba a la puerta de los conventos. Ahora se esperan los puestos a la puerta de los ministerios». En alrededor de seis millares cifran los entendidos los puestos de trabajo que quedan vacantes en cada cambio de gobierno. Así lo describía Julio Camba hace un siglo, rememorando los ordenados turnos del sagastocanovismo: «La máquina del Estado funcionaba en España por un sistema muy parecido al de los tranvías de cremallera. Subía un coche al Poder lleno de ministros y altos dignatarios que agitaban en el aire sus sombreros dando vivas estentóreos y, automáticamente, bajaba el coche de los cesantes, todos tristes y cariacontecidos al pensar en la ineludible necesidad de volver a casita. Luego ascendía el coche de los cesantes y los ministros iniciaban el descenso, abandonando las cimas soleadas del Poder con el sombrero calado hasta los ojos». Mil trescientos altos cargos, grosso modo, debe nombrar Pedro Sánchez en unas cuantas semanas con su correspondiente múltiplo de asesores, de los cuales alrededor de un cuarto procederán de Andalucía, si es que se respetan las tradicionales cuotas territoriales del PSOE. Con Carmen Calvo y Chusa Montero a la cabeza, o sea, un importante número de cuadros socialistas de aquí, muchos centenares según el más prudente de los cálculos, viajarán hasta Madrid para dar, en palabras de Camba, «vivas estentóreos» por el secretario general al que deben el sueldo y vendrán los fines de semana a contarle a sus conmilitones cuan muelle puede resultar la vida sin los férreos correajes del susanismo autocrático, en la feliz arcadia asamblearia de la nueva izquierda. No sería la primera vez que se invirtiera el orden canónico: alcanzar el poder político, aunque sea un ratito, para consolidar el poder orgánico.