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Dulce Navidad

  • La avenida de la Constitución de Sevilla iluminada con motivo de la Navidad
    La avenida de la Constitución de Sevilla iluminada con motivo de la Navidad

Tiempo de lectura 2 min.

25 de diciembre de 2017. 21:04h

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Cuando la tempestad arrecia, hay que buscar con prisas y listeza un puerto seguro. Además estamos en plena Navidad, esas fechas que afortunadamente siguen marcando a través de los siglos una especie de convención universal de los buenos sentimientos, donde nos vemos obligados a olvidar y, por qué no, a pedir perdón, que en 365 días hay mucho tiempo y hasta las buenas personas en ese recorrido cometemos actos de los que no estamos orgullosos. Hay años que, haciendo un recorrido prácticamente igual, no te enganchas. Es como si estuvieras en un gran concierto, pero no sientes los pequeños y constantes latigazos interiores que te proporcionan un conjunto de excitación y felicidad. Este año tenía que reconocer que había tenido un buen pasar. Me había sentido con la vida encendida. Lo había pasado bastante bien, familiarmente, gracias Dios mío, magnífico y algunos viajecitos –que cada vez son más cercanos, las grandes distancias por trabajo, incluso por ocio, ya las tengo amortizadas–. La Semana Santa, que para mí es algo de gran importancia en el resumen del año, perfecta. La Feria, que con el tiempo ha pasado a un segundo plano, mucho más que agradable. Después de varios años, volví al Rocío el lunes, con la Señora recién recogida. Me llenó el alma de grandes recuerdos. El cuerpo volvió a sentir los pellizcos de las buenas reuniones, el latigazo de vivir unas deseadísimas sevillanas. El Corpus, deslumbrante. El sol y el calor hacían que el verano se nos echara encima a principios de junio. Qué buen momento para empezar el recorrido por tus santuarios preferidos antes que los llenos comiencen a aportar incomodidades a tus lugares idealizados: Algarve, Cádiz, Puerto de Santa María y mi adorado y siempre añorado y deseado Zahara de los Atunes y alrededores. Cuando ya había tomado la decisión de jubilarme –71 años y 52 de trabajos avalaban mi decisión, pero, como siempre, mi gran privilegio ha sido que nunca he tenido que pedir, siempre se me ha ofrecido–, recibí la llamada de Tomás Summers, un grande de la televisión, que me hizo una proposición totalmente honesta... Mañana, segundo capítulo.

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