Sociedad

Mañanitas de sol, tardes tormentosas

Como nada está atado y bien atado, no hay problemas en cambiar los refranes. Así fue el miércoles para mí. Mañana agradable, de esas que te dan la calma. Realizo varias gestiones y todas se resuelven. Esto te deja en buen estado mental, porque no hay nada más molesto que los asuntos que vas a resolver se queden pendientes para nueva fecha, sobre todo cuando son temas de menor consideración. Vamos, que no es sacar los presupuestos adelante. La tarde empezó mal. Releyendo los periódicos veo algo que me produce gran pena: la Policía y la Guardia Civil tienen que capturar a caballos abandonados. De siempre, hasta en los buenos tiempos, era tradicional abandonar a su suerte a perros y gatos. El mayor número de abandonos se producía en las vacaciones de Semana Santa y, sobre todo, las de verano. Muchos de estos pobres animales habían sido regalos a los pequeños de las casas, que habían llegado a las mismas con el patrocinio de Papa Noel o los Reyes Magos. Bien por hartazgo del juguete, que como tal se obsequiaban, y sobre todo por no saber dónde dejarlos, un buen número de canes y de felinos eran abandonados a su suerte. A muchos seres humanos, cuando se les rasca un poco enseñan el canalla que llevan dentro. Después de ese sabor agrio que te deja lo anterior, abro una carta de mi compañía de seguro, de la que todavía no daré el nombre (hay que hablar antes de romper la baraja). La misiva, como esperaba, era para informarme de la llegada del recibo anual del seguro del coche. En primer lugar me sorprende que el precio ha subido y mirando más a fondo el contenido veo que el número de cuenta no pertenece a la mía, ni la ciudad, ni por lógica la sucursal. Llamo para informarme, ya conocen «marque el uno para...». Así hasta el diez. Al fin oigo una voz al otro lado, después de contarle mi historia, más el número de póliza y el del carnet de identidad me dice que me pasa al departamento adecuado. Y vuelta a empezar. El un principio amable empleado encuentra el argumento: «Mire usted, aparte del coche en estado de renovación, tiene otro domiciliado en Madrid». La contestación es fácil, no en Madrid, en Boadilla del Monte, la oficina del banco estaba en esa población, no en la calle Claudio Coello. Además, llevan doce años cobrando los recibos en la sucursal de Sevilla. «No se preocupe que lo arreglamos enseguida», me dice. Pregunta fundamental: «¿Doy por hecho que la subida del importe es también un error?». «No, eso está correcto, se ha producido un reajuste de precios», me responde. Nueva pregunta: «En base a la mejoría económica se ha conseguido una venta récord de coches que habrá beneficiado a la compañía, no tengo ningún parte de accidentes, llevo cuarenta años como cliente, ¿por qué la subida?». Entonces me llena de tontos argumentos enseñados en alguna reunión para estos casos, por lo que doy por terminada la conversación. Nos llenamos la boca de proclamar la falta de confianza en los políticos, cierto, pero nos olvidamos de cómo nos toman el pelo aseguradoras, bancos, compañías eléctricas...