Teatro

Danza

Batsheva y la danza extracorporal

La compañía del coreógrafo Ohad Naharin vuelve al Mercat de les Flors con la espectacular «Venezuela»

El montaje está dividido en dos partes, la primera y la segunda con bailarines totalmente diferentes pero con la misma coreografía. Sin embargo, es imposible leerla igual consiguiendo un auténtico truco de magia
El montaje está dividido en dos partes, la primera y la segunda con bailarines totalmente diferentes pero con la misma coreografía. Sin embargo, es imposible leerla igual consiguiendo un auténtico truco de magialarazon

Emilio Zarzuela llegó a casa con dos bolsas llenas de cocos. Las lanzó sobre su cama y llamó a su mujer para que viera el descubrimiento que había hecho.

Emilio Zarzuela llegó a casa con dos bolsas llenas de cocos. Las lanzó sobre su cama y llamó a su mujer para que viera el descubrimiento que había hecho. «¡Mira, mira esto, no te parece increíble!», exclamó mientras su mujer miraba perpleja aquelos 18 cocos. Nunca había visto tanto juntos. Le parecía increíble, sí, pero no estaba convencida de que fuera por los mismos motivos que su marido. «Son perros, perros pequeños y peludos. Habías visto algo así en toda tu vida. ¡Iban a cortarlos por la mitad pero se lo he impedido! No te asustes. No estoy loco, no nos los quedaremos todos. He pensado que podríamos regalarlos a nuestros amigos. Estarán encantados de tener un perrito tan mono. Míralos, no te entran unas ganas locas de abrazarlos», afirmó Emilio Zarzuela feliz como un niño. con el rostro colorado y la respiración hiper acelerada.

Ida Comín, su mujer, se puso a llorar. «¿Qué te ocurre?», le preguntó preocupado su marido. «No tenemos amigos. Iban todos en un autobús camino de una iglesia cuando se les ha caído encima un pedazo de luna que se ha despegado después de que el maldito gigante de dientes largos le haya dado un bocado». Emilio, acongojado, no podía creer lo que estaba oyendo y se dejó caer sobre la cama. Acarició a sus 18 cocos con extrema tristeza. «¿Andrei y Sara también?», preguntó. «Sólo se ha salvado Pedro Salinas, que estaba en la luna cuando el gigante la mordió y lo ha visto todo muy de cerca. Está destrozado. No creo que vuelva a ser el mismo», contestó Ida.

Los dos se abrazaron con fuerza. Emilio empezó a gritar «¡barco, barco!» y a mover los brazos con violentos aspavientos. Ida se puso un casco y empezó a golpear suavemente su cabeza en la pared, en una zona donde ponía, «¡Auuh!» con ocho uus y mucho dolor. En ese momento, les vino una idea a la cabeza. ¿Y si escondían el número tres y la letra n? No, era una mala idea, decidieron, y corrieron al cuarto de su hijo recién nacido. Miraron en la cuna. Allí sólo había un plátano. «¡Te quiero, amor», dijo Emilio. «Te quiero, Emilio Zarzuela», contestó Ida. Eso era lo único que necesitaban. Todo lo demás era cosa de locos. Los dos se besaron hasta quedarse dormidos.

Danza llena de humanismo

El Mercat de les Flors acoge del 21 al 24 de febrero «Venezuela», el regreso a Barcelona del coreógrafo Ohad Naharin y su Batsheva Dance Company. La icónica compañía israelita, considerada una de las más aclamadas de la danza contemporánea, llega con todas las entradas vendidas y un espectáculo que promete grandes sensaciones. Que nadie piense que esta es una coreografía sobre la dictadura de Maduro, sino que es una reflexión de cómo le cuerpo es capaz de ser descrito por todo lo que tiene alrededor, o sea de cómo es posible crear una danza extracorporal. «Naharin da nombre a los espectáculos como la gente da nombre a sus hijos, guiado por razones variadas o sencillamente por cómo suena», señaló ayer Luc Jacobs, director de ensayos de la compañia.

En este caso, el «Ve» del nombre significa «y» en hebreo, lo que introduce la idea dual que mueve todo el montaje. 18 bailarines suben al escenario en una pieza dividida en dos partes. La primera, más oscura y con el acompañamiento de canto gregoriano, nos presenta a nueve artistas que llevan todos sus movimientos a un rápido contrario. La segunda, con una iluminación diferente y una banda sonora moderna, con hip hop y rock, repite por completo la misma coreografía pero con otros bailarines. La imposibilidad de ver esa misma coreografía con tantos cambios es sorprendente. «Naharin hace magia, es un alquimista que transforma la conjunción de los elementos entre sí para ir más allá y tener un encuentro con el público en el que compartir humanidad», asegura Jacobs.

Esta idea del cuerpo más allá de sus límites, como una parte de un lenguaje mayor, consigue comunicar al público una especie de aleluya trascendente. En este sentido, Naharin es el coreógrafo metafísico, de la danza extra corporal, capaz de doblar uno mismo en todo lo demás. Quien tenga entrada tiene suerte.